sábado, 30 de marzo de 2019

Temor a las siete

Tenía miedo de entrar. La sola idea de tener que sincerarme conmigo y con el mundo me aterraba, así que cada vez que tenía la determinación de pararme de la cama e ir a paso firme, esta duraba un par de segundos hasta que me sumía de nuevo en el letargo. Nunca había sido así: a veces era por pereza, otras por pura negligencia, pero siempre terminaba yendo y salía renovado, distinto. Hace una semana salí con el mechón de cabello sobre la frente, hace tres días con el flequillo hacia la izquierda, y ayer con el peinado hacia atrás, dejando a la vista las incipientes entradas que trae la adultez temprana. Había días en los que me miraba al espejo y me encontraba bello, bien afeitado, con las patillas arregladas, el rostro jovial y juvenil. Había otros en los que odiaba aquella imagen y prefería pasar de largo para no reparar en un sinnumero de defectos que me dolían menos en conjunto que cuando los examinaba al detalle, por separado.

Esa mañana, después de veinte minutos de escuchar las primeras noticias en la radio y divagar con la ayuda de las figuras del techo de mi habitación, que dependiendo del estado de somnolencia o vigilia solían bailar y formar figuras entre sí, sentí que no podía engañarme más y debía enfrentar el hecho de entrar de nuevo. Pero no pude hacerlo al primer intento. Debí pasar primero a la cocina y prepararme un tinto en mi taza especial para café, de lo contrario sería un sacrilegio para con el grano. La significación que le damos a los objetos, el endiosamiento de lo concreto, la puesta en el pedestal de la materia: si no era en esa taza no sería en ninguna otra, así estaba escrito en el libro de mi ritual matutino. Cada sorbo me sacaba más del ensueño y me atornillaba al suelo de lo real. ¿Por qué tenía que ser así?, ¿por qué todos los días?

La purificación era necesaria, la expiación de mis pensamientos a punta de agua y jabón, el desdibujamiento de mi ser, pero ¿en realidad era mi ser? Podría ser mi verdadero ser el nuevo ser que se obtiene a partir de borrar el que uno cree que es el ser. El ser que ven los demás. Uno es por los demás, ¿no?, es decir que uno solo es lo que los demás le dicen a uno que es, lo que uno recoge de los otros. La construcción de la realidad se da a partir de todos pero también de nadie, porque cada quien aporta con una mano y borra con la otra. Carajo, me volvieron los soliloquios. ¿Entonces qué borra el agua y cómo salgo a enfrentar la realidad: con el ser que soy siempre que salgo o con el que vuelvo en la noche a la casa? Lo único seguro era que debía eliminar uno ya porque se me hacía tarde, «sincerarme conmigo y con el mundo», como bien lo puse en la primera línea. De ahí el miedo: de no saber cuál de los dos era el que debía caer por el sifón y perderse en el vacío de las aguas negras. Así que me acabé en dos sorbos lo que quedaba de café , me paré frente a la puerta, tomé aire, me quité la ropa y entré sin titubear. Iba a ser alguien nuevo otra vez, como cada mañana cuando salía de la ducha. 

Auto-ficción sobre el 16 de mayo de 1984 - Parte II final

  Martes, 01 de mayo de 1984      Día del trabajo pero día en que no se trabaja. Me levanté a eso de las ocho de la mañana y salí a recorrer...