Pocas cosas en la vida me gustan más que fumar. Mi historia con el cigarrillo podría remontarse al comienzo de mi historia misma. Desde pequeño me gustó el olor que salía de esos pequeños tubitos humeantes y quemados que la gente se metía a la boca, y que se consumían al tiempo que el licor en los vasos de cristal. Sumado a esto, me parecía digno de un acto de magia ver que los fumadores expulsaran humo, algunos con refinada técnica, otros con torpeza cuando no afán. Mi padre olía a los tubos humeantes, mi padre sabía expulsar el humo por cada fosa de la nariz cuando yo, emocionado, le decía «papi, haz como un dragón». Esa es una imagen que conservo viva en mi memoria, fresca como un óleo en un taller de artista. Fue un fumador consumado, asiduo al mundo de Marlboro where the flavour is; claro que en el ocaso de su hábito se había cambiado a los Mustang, -que por ese entonces era una marca nacional de cigarrillos, hoy desaparecida- porque eran más baratos.
Siempre que veía a alguien entregado al tabaco en alguna esquina, en algún centro comercial, en las afueras de algún restaurante me llegaba el olor y yo me deleitaba como quien está en una pradera oliendo cada flor que se le aparece en el camino. Además, veía en el fumar y en los fumadores un dejo de sofisticación, de elegancia, y me sentía atraído por estas presencias. En mi casa siempre me dijeron que no fumara, que era malo para la salud, que mi papá había caído en eso porque se había dejado tentar por las malas amistades, pero era demasiado tarde: sin yo haber probado el primer cigarrillo de mi vida ya estaba embelesado por su olor y su ser, me faltaba conocer el sabor.
Mi padre comenzó como yo, o más bien, yo comencé como él: en la adolescencia y con los amigos del colegio. Aunque en realidad mi primer contacto fue en la terraza de mi primer apartamento. Tendría yo diez años cuando mi afición por quemar cosas con una lupa me llevó una soleada mañana de sábado a recoger hojas secas para verlas arder bajo el lente. Tras unos minutos quemándolas, decidí probar con nuevos objetos, y saqué una vela, luego una caja de leche, luego un sobre de mentas, en fin, hasta que en una matera vacía había una colilla de cigarrillo. Yo la tomé, y antes que nada la olí: el perfume de tabaco que me encantaba. Examinándola mejor me di cuenta que no era sólo el filtro, sino que aún quedaba un poco de papel blanco con la triturada planta dentro. En ese momento tuve una epifanía, la vida me hablaba, me decía que esa era la oportunidad que siempre había esperado para probarlo y saber si mi gusto validaba la experiencia completa, o si me quedaría sólo con el deleite de su olor, renunciando así para siempre a ser uno más de los profetas del humo. Al quemar el extremo, se quedó encendido y el humo comenzó a danzar con el viento, frente a mí -cosa extraña, ya que para encender un cigarrillo y mantenerlo prendido hay que aspirar un poco, 'carburarlo' que llaman-. La serie de coincidencias me hicieron ver que era el momento ideal: no podía dejarlo pasar, y me lo llevé a la boca, aspiré y... una picazón en la garganta me provocó un ataque de tos y el humo salía en estertores. «¿Cómo alguien podía gustar de semejante tortura? Y para colmo, varias veces al día», pensé.
Esa tarde le pregunté a mi papá que por qué fumaba si eso daba una tos terrible, según decía una revista, hmm hmm. Me contestó que por pura adicción, que ya lo hacía automáticamente, que más que gusto era una necesidad adquirida por su insensatez de haberse decidido a probarlo, y me instó a jamás hacerlo. Sentí sabio ese consejo después de haber probado en carne propia las molestas sensaciones y pensé que debería conformarme con la estética ajena de los cigarrillos y con los olores que me llegaran. Pero eso, como cualquier patada de ahogado, sería vano.
A la edad de dieciséis, estando en grado once, teníamos que asistir a los famosos pre-Icfes todos los sábados, de ocho de la mañana a medio día. En las tardes ya éramos seres libres y digamos que autónomos, y fue en ese año que comencé a coquetear con la vida casi adulta de poder salir solo o con amigos sin que hubiera algún papá acompañándonos. Las calles eran nuestras y nos paseábamos a nuestro antojo, tomábamos tinto creyéndonos señores, jugábamos fútbol en cualquier parque hasta que se nos iba el sol y se nos hinchaba el pecho cuando llegábamos a la casa de algún amigo y nos daban una cerveza. ¡Qué lindo era ser grande en un mundo de adolescentes!, que por supuesto no era el mundo real. En una de esas tardes, me bajé con un amigo en la autopista porque iríamos a explorar unos parques al norte de Bogotá, y cuando le íbamos a hacer la parada al bus, un compañero de nosotros que había estado ese día en pre-Icfes se bajó con nosotros. Empezamos a charlar los tres mientras él caminaba hacia su casa, y se detuvo en una chaza a comprar un Kool, un cigarrillo mentolado. Nos miró y dijo:
—¿Quieren uno?
—Sí —respondió mi amigo. Yo sólo dije: —bueno.
Lo prendió, se despidió fumando y se fue. Yo sabía que era mentolado porque alguna vez mi papá se quejó que en el domicilio de la cigarrería le habían enviado unos por error, y esos cigarrillos eran completamente blancos, no tenían el filtro anaranjado con las pinticas. Mi amigo se acercó a una chaza distinta, pidió fuego pero no tenía ni idea de cómo prenderlo y ya lo iba a quemar por el filtro, hasta que yo le dije que no. Él estaba nervioso, el encendedor llevaba un vaivén en su mano temblorosa y el dueño de la chaza lo notó, rió un poco y apartó la vista de nosotros. Yo tomé el cigarrillo, le di vuelta -y por el lado correcto-, lo puse entre mis labios y lo encendí. Aspiré el humo pero contuve la tos, aunque no fue la misma sensación de la primera vez en mi terraza, porque esta vez el humo no pegaba en la garganta, sino que deslizaba suavemente por ella, hasta que el mentol hacía cosquillas en el pecho y tocaba expulsar el humo. Mi amigo me miró y me creyó un experto en el asunto, cuando la realidad distaba mucho de esa premisa, pero por esa situación me gané su confianza, y cada vez que él quería volver a fumar, esperaba a que estuviera solo conmigo para entregarnos al humo en junta amistad.
Un día nos cansamos de los mentolados -los fumábamos porque eran más suaves y además no dejaban olor en la ropa- y quise probar de nuevo el tan mentado Marlboro rojo que furtivamente había tosido a mis diez años. Al probarlo, sentí que la tos recorría el cuerpo, pero mucho más tenue que la primera vez. Asumí que ese efecto de blindaje en la garganta se debía a los tantos y tantos Kool que ya habían pasado por mi boca hasta ese entonces. Su sabor era totalmente diferente a los cigarrillos con menta: era más fuerte, raspaba y dejaba un sabor que, como no era extraño, me gustaba. A partir de ahí, me volví asiduo fumador de Marlboro, pero el precio a pagar sería empezar a llevar conmigo un pequeño frasco de colonia y de gel antibacterial, para eliminar todo rastro de olor de la ropa, el cabello, el cuello y los dedos. Así fue hasta que en mi primer año de universidad me decidí a catar todos los cigarrillos que existieran en el mercado, y fue así como pasé por el Lucky Strike clásico (pero también su gama de mentolados), el famoso Pielroja paisa sin filtro -o 'peche', una deformación de 'rompepecho', como era conocido en la época de mi papá-, el extinto Mustang, cigarrillo colombiano que aún hoy es nombrado así entre los fumadores, a pesar de que ahora se llama Rothmans, llegando a fumar hasta los cigarrillos más baratos, cuyo sabor horrible no colmaba la experiencia enriquecedora del tabaco, pero sí las ansias, como los L&M, los Pall Mall, los Belmont y los Caribe. Aún siento el sabor acartonado cuando escribo sus nombres. Un amigo ex-fumador decía que «esos cigarrillos saben a aserrín de jaula de hámster», y a lo mejor sí, pero cuando el dinero escaseaba en noches en que el licor y los gastos diarios de transporte y comida no dejaban lugar para el placer y vicio, eran casi una bendición del cielo.
Así, y hasta ahora, se me ha ido la vida entre pucho y pucho, entre humo que se lleva el viento, entre días y noches de soledad o cálida compañía, en momentos felices, tristes, de angustiosa espera, de total calma, de quietud o de agitación. Es la compañía perfecta. Decía Sigmund Freud: «Fumar es indispensable si no se tiene a quién besar». Y Joaquín Sabina: «Escribir sin fumar es inhumano. Vivir sin fumar es inhumano». A cuántos artistas no ha acompañado a lo largo de la historia: escritores, músicos, poetas, pintores, cineastas. No es casualidad que hay una magia, un pacto secreto entre el tabaco y la inspiración. De repente, se está en el banco de un parque, contemplando la nada, y se saca un cigarrillo del bolsillo, y la mente comienza a maquinar grandes historias que, si bien algunas han sido contadas, otras se han apagado tan pronto se aplasta la colilla con la suela del zapato. Un paseo nocturno exhalando humo puede ser el nacimiento de una idea que cambie el mundo para siempre. Me he perdido incontables veces en disquisiciones tanto inútiles como verdaderamente apremiantes, y la llama de la inspiración se pierde ante la última calada. Es un ritual, es un signo, una marca indeleble de la personalidad: «¡Ay, qué pesar de Julio que se murió! y con lo bueno que era. Me acuerdo tanto de que siempre, después de almuerzo, se sentaba en su mecedora a seguirle los pasos a la gente que iba y venía por la calle, mientras tomaba un tinto y se fumaba un puchito. Pielroja, claro, eran sus favoritos. Los llevaba a donde fuera.». Cuántas conversaciones, amistades o hasta romances no han iniciado con un «disculpe, ¿tiene un cigarrillo que me regale?», «¿me podría prestar fuego, por favor?». En las fiestas y reuniones sociales, familiares o de trabajo presenta una excusa perfecta para abandonar conversaciones fútiles o poco estimulantes, y se encuentra uno ante su soledad en un balcón silencioso, acariciando cada momento y cada soplo de vida -o muerte-. Podría seguir discurriendo sobre diversos aspectos del tabaco, pero si el texto se extiende terminaría por aburrirlos a ustedes, lectores.
Fumadores, fumadoras: estamos en extinción, les digo. Ya no estamos en los gloriosos sesentas ni setentas, donde se podía fumar en un restaurante, en un cine, incluso en un avión, y no habían malas miradas, o falsas y malintencionadas toses que disfrazan un 'lárguese a fumar a otro lado', solapado y tartufo. El rito muere lentamente, y con él los chamanes dueños del humo que aliviana el alma, que adormece los sentidos pero explota la mente. La censura, los buenos hábitos y la que yo llamo 'sociedad Fit' nos están castrando el placer mismo. Basta ver cómo mezquinamente han eliminado la publicidad de las marcas de tabaco de los automóviles de Fórmula 1. La Scuderia Ferrari Marlboro, ¿llegará a ser Ferrari Prozac?, o la West McLaren-Mercedes, ¿será Xanax McLaren-Mercedes? Porque, claro, son medicamentos, drogas igualmente legales, pero que se pasean a sus anchas entre los norteamericanos más que nadie, y quizás haciendo daños mucho peores. La sociedad y su frenético ritmo de vida las hacen necesarias para mantenerse adormecido y no ver al horror de frente cada vez que salimos a la calle. En fin.
No animo a nadie a que lo pruebe, nunca he ofrecido un cigarrillo a quien no me lo pide, simplemente este es un texto salido de la experiencia, el placer, y, por qué no, el amor a algo que me ha acompañado casi una tercera parte de lo que llevo de vida. Si algún lector/a se identifica, bienvenidos sean a este club de exhaladores de humo, dejemos que nos embriague la inspiración y el placer de unos cuantos cigarros, acompañados de música, literatura, y buenos tragos. Y si en buena o mala hora me muero uno de estos días, háganme el favor de llevarme un cigarrillo a la tumba, para que me recuerden diciendo: «Marlboro rojo, su favorito».
domingo, 18 de octubre de 2020
Retrato sincero de un fumador
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