1:01 a.m. Para mí, la música ha significado mucho, más de lo que imaginan, más de lo que yo puedo saber. Es un arte en todo el sentido de la palabra. Para el escritor colombiano Fernando Vallejo es el arte mayor, por encima de la literatura y del cine, respectivamente. Es un medio por el cual miles de narrativas toman forma, convergen en un camino, y son debidamente distribuidas a los individuos. Cada uno le da el significado que quiera, que requiera o que simplemente se le presente y, a través de los sentidos, abstraemos sus propiedades, como nos dice la filosofía. Es un acto de destilación sentimental, de profunda excavación del fondo y la forma. Entre los surcos de un vinilo se tejen miles de historias, anécdotas, anhelos, actos inconclusos y fantasías, quizás, paralelas. Y del vinilo, al cassette, al CD, al electromagnético, abstracto e intangible MP3, hasta que la música se nos vuelve humo, niebla que no podemos ver o palpar, pero que aun así hace su trabajo de tocarnos las fibras más sensibles del alma y de la carne, estremecernos, y hacernos estallar en júbilo o lágrimas, todo depende de qué canción de The Beatles esté escuchando en el momento. Pero dejemos el fanatismo y el proselitismo musical a un lado. Mi romance con la música es lo que suscita este encuentro de alborada.
Año 2002. Es el primer recuerdo o acto consciente que tengo sobre la música. Tengo 5 años y estoy aún en Jardín o en kinder, como quieran llamarle. Probablemente era un sábado, ya que mi papá estaba en casa por la mañana, y yo estaba en un sillón de la sala, mientras él estaba en el sofá. De repente, se pone de pie, se acerca hacia un estante y saca un CD, enciende el equipo de sonido, una bandeja sale al encuentro del disco, y mientras lo lee hay un sonido bastante futurista para mí. Ese sonido calla y luego suenan unas poderosas trompetas, como las del Apocalipsis. Luego escucho una transmisión que me hace sentir en una nave espacial a punto de despegar, y hay un 'five, four, three, two, one' que me lo confirman, y comienza el viaje. En ese tiempo, sólo sabía un inglés bastante elemental pero que me alcanzó para entender eso. La batería lleva el ritmo y de repente suena un sintetizador que mezcla el ambiente con un frío espacial, digno de una película de astronautas. Una voz con afinados agudos canta, y algo en mí se encendió, como si dentro mío tuviera dispuestos muchos leños para una fogata y esa canción hubiera sido la chispa que permitió al hombre descubrir el fuego. La voz del hombre me va alejando cada vez más de la Tierra y estoy más próximo a otras galaxias que a mi propia casa, hasta que llegó un solo de guitarra, muy ochentero por cierto, que me bloqueó por completo. Todo se detuvo y ya no viajaba más por el espacio: ese momento fue un encuentro espacio/tiempo lleno de éxtasis: el clímax de la canción. Lentamente, fui descendiendo hasta aterrizar de nuevo en la alfombra de mi sala, y muy entusiasmado pregunté a mi padre sobre el género y el artista, a lo que él respondió: es Rock, la banda se llama Europe.
A partir de este evento, comencé a poner ese CD por mi cuenta, día tras día, y todo el álbum completo. Pasé del poderoso 'The Final Countdown' y 'Rock The Night' a baladas románticas como 'Carrie', todo en el mismo disco. Era fantástico. Cada sonido me abría una perspectiva diferente, una historia nueva, un estado y un sentimiento único. También, analizaba más detalles que simplemente ponerme a escuchar la música: me detenía a mirar la portada y veía esa infinidad de discos saliendo de la Tierra hacia el espacio y para mí era claro: el universo entero tenía que conocer esta maravilla de música y sentir lo que yo sentí. Abría el librillo y veía a los integrantes de la banda, todos con sus chaquetas de cuero, sus felinas melenas y sus miradas desafiantes a la cámara. Ellos sabían lo que eran y a lo que iban: rockeros dispuestos a comerse el mundo.