lunes, 8 de marzo de 2021

Auto-ficción sobre el 16 de mayo de 1984 - Parte I

Bogotá D.C.

18 de mayo de 2004

Señor

Coronel Rangel

Asunto

Aportes a la investigación del caso no. 655321.

 

Respetado coronel:

A continuación transcribo algunos apartados del diario del profesor Manrique, encontrado en el cajón de la mesa de noche de su apartamento en Bogotá, el día diecisiete de mayo de 2004 a las veintitrés horas con catorce minutos. Me parecen pedazos importantes porque podrían aclarar un poco el móvil del asesinato, así como intentar dilucidar la identidad de el/los perpetradores del mismo. Al final de la presente encontrará mi hipótesis. Lo siguiente es información clasificada:

 

Lunes, 6 de febrero de 1984

Seis de la mañana. No me sonó la alarma pero mi compañero de cuarto, Jefferson, me despertó quitándome las cobijas y diciendo a grito herido: «levántate, huevón. No vayas a empezar el semestre llegando tarde», mientras me alcanzaba una taza de café caliente recién traída de la greca del pasillo del tercer piso de las residencias estudiantiles. Pensé en la clase de siete y la pereza me empezó a hablar con voz de mala conciencia: igual hoy es el primer día, nunca dicen nada importante en la primera clase. Quería seguir en mi cama por lo menos un par de horas más, hasta que vi que se abría la puerta y contra ella se apoyó Angélica en una blusa vinotinto, jean de bota ancha y sandalias de tacón. A través de sus negros lentes semi-redondos de marco grueso pude ver los ojos color miel que brillaban con ayuda del sol de la mañana. «Santi, ¿vamos a desayunar antes de clase o ya comiste?» me dijo, a lo que Jefferson le respondió: «Este haragán apenas se despertó, o bueno, lo desperté yo, o si no ahí seguiría durmiendo». Qué vergüenza con ella, no puedo negar que odié un poco a mi compañero por ese comentario, pero en lugar de reprocharle algo lo ignoré, le pedí a Angélica que me diera cinco minutos mientras me vestía.

     La cafetería estaba atestada de estudiantes. Mientras hacíamos la fila para llegar al mostrador y pedir el desayuno, algunas personas nos repartieron volantes para un cine-club que recién inauguraban ese semestre en algún auditorio del edificio de Ciencias Humanas. ‘El Anti hollywoodense’ se complacía en presentar ‘A bout de Souffle’ de Jean-Luc Godard, será este viernes y al finalizar nos darán vino para celebrar su primera función. Espero que Angélica me diga que sí.

     A la hora del almuerzo me encontré con Arturo Ortega. Me contó que ya este semestre comienza sus prácticas en psicología organizacional. Probablemente le pagarán según él, así que ya tendrá con qué invitar a salir a Jennifer, aunque eso depende de la empresa que acceda a contratarlo, por ahora está en veremos. Me presentó a un compañero que conoció jugando ajedrez en el Jardín de Freud, su nombre es Simón González. Me cayó muy bien, aunque la verdad no sabía nada de las cosas que hablábamos entre Arturo y yo, sólo asentía o negaba con la cabeza para llevarnos la idea y supongo que para sentirse incluido en la conversación. Es su primer semestre acá en Bogotá, viene desplazado de Nariño por los paramilitares. Allá era estudiante de universidad pública, por lo que los paras ya le habían montado inteligencia pensando que hacía parte de un grupo subversivo, y por eso se ensañaron con su casa, le prendieron fuego y cuando la familia percibió el olor a quemado les tocó salir corriendo con lo que pudieron agarrar. Llegaron a Bogotá hace menos de un mes. Simón está buscando que la universidad le pueda dar una cama en las residencias.

     Lo percibí bastante interesado en la universidad y me dio tanto gusto que fuera así, últimamente los estudiantes nuevos no quieren conocer ni el campus, ni las historias de sus compañeros, nada, sólo vienen a clase y se van. Simón, en cambio, sí nos preguntó muchas cosas a nosotros, algunas hasta muy personales. Me causó mucha curiosidad que preguntara insistentemente dónde quedaba el edificio de Química, pues él es estudiante de Sociología, así que nada que ver una cosa con la otra; sin embargo, lo llevamos.

     Ahora en la noche destapamos un aguardiente que Simón nos compró como muestra de gratitud por haberlo acompañado en su primer día, por haberle mostrado el campus y por hacerlo sentir bien en una gran ciudad desconocida para él. Éstas son las últimas líneas de este día porque la borrachera que cargo se empieza a hermanar con Morfeo, así que la cama me espera... y mañana otra clase de siete.

Viernes, 10 de febrero de 1984

     Estuvimos en la sesión de bienvenida del cine-club ‘El Anti hollywoodense’. Arturo llevó a Jennifer, yo fui con Angélica, y Jefferson fue solo a conocer a las primíparas, a ver quién le paraba bolas. Al final de la proyección tomamos el vino que nos prometieron en el volante del lunes, y el ambiente estuvo bastante animado, pusieron salsa y Angélica me quiso enseñar a bailar. Si no hubiera tenido unos tragos encima me habría negado, pero la valentía –y el deseo- que despertó el vino me hizo soltarme un poco y poder dar unos pasos al lado de esa rubia que me tenía loco desde hacía un par de semestres atrás. La salsa y la mona me hicieron sentir en la novela de Andrés Caicedo, yo la veía moverse al ritmo de la música, con esa sonrisa que a su vez me hacía sonreír a mí como un bobo, y repetía en mi mente: ‘Soy rubia. Rubísima. Soy tan rubia que me dicen: ‘mona, no es sino que aletee ese pelo sobre mi cara y verá que me libra de esta sombra que me acosa’’. Aunque admito que ya ese libro no me gusta tanto como en 1978 que llegó a mis manos, un año después que su autor se suicidara en Cali.

     Al caminar de regreso a las residencias estudiantiles, Angélica me dijo que tendría que tomar clases de salsa, pero con ella, y le prometí que sería la única de la que me dejaría enseñar. Y se rio dejando ver sus dientes delanteros de conejo, tan bellos que no pude evitar tomarla de la nuca y dulcemente acercarla a mi boca para estrellarnos en un beso suave y prístino. Era el primero que nos dábamos. Ella me miró y dijo: «Tonto», y me asusté porque pensé que había sido imprudente, o que no le había gustado, hasta que complementó con un «te estabas demorando demasiado», y nos echamos a reír, y luego era ella la que tomaba la iniciativa y me acercaba a sus labios con su mano puesta en mi cabello. Duramos besándonos unos diez minutos hasta que Jefferson apareció de la mano de una joven con el cabello negro, liso y larguísimo, hasta la cintura, y nos gritó: «Ya era hora, carajo. Rompan toda esa tensión acumulada».

     Nos despedimos, ella se fue a las residencias femeninas y cuando yo me acercaba a la puerta de las residencias masculinas, vi a Simón sentado en las escaleras junto a Arturo, quién daba largos sorbos a una botella de whisky barato. Había estado llorando, lo noté cuando él abrió los ojos y los vi vidriosos y un poco rojos, adiviné lo que estaba pasando. Me dijo que me había visto desde su cuarto besándome con Angélica, pero que él no había corrido con tanta suerte: Jennifer le había confesado que estaba saliendo con un muchacho de ingeniería, que entre ella y Arturo no había más que un lazo de amistad que sería inquebrantable, porque no tenía interés romántico alguno en él. Simón me miró y me advirtió: «No busque que entre en detalles, está ebrio, dolido y violento», y me enseñó su rostro hacia la luz de la farola donde tenía una pequeña herida sangrante debajo del ojo, producto de un puño.

     Estuvimos hasta las dos de la madrugada hasta que Arturo ya no podía más de la borrachera, y nos tocó subirlo con Simón, prepararle un tinto bien cargado y casi que hacérselo tomar a la fuerza. Después de eso, lo acostamos en su cuarto y se durmió instantáneamente. Cuando salimos, invité a Simón un cigarrillo, y mientras fumábamos en el frío amanecer bogotano, me contó que Arturo tenía ideas algo subversivas, que era un comunista, y se rio. Habían estado hablando de política, y en un punto de la discusión, Ortega se calentó y le dijo a Simón que era un facho, de ahí la herida debajo de su ojo. Me advirtió que tuviera cuidado con él, lo que me pareció bastante impertinente de su parte porque he sido amigo de Arturo durante tres años, y él lleva apenas una semana hablando con nosotros.

Martes, 13 de marzo de 1984

Todo marcha perfectamente bien: el semestre, mi relación con Angélica, la relación de Jefferson con su ‘Pocahontas’ –como él la llama- y mi situación familiar, porque por fin me arreglé con mis papás. Estuvieron aquí el domingo visitándome, me trajeron dinero y algunas cosas de comer. ¡Cómo extraño la comida casera! Arturo poco a poco va superando la decepción que le produjo Jennifer, y Simón se ha venido incorporando más a nuestro grupo. Ahora forma parte de un grupo de estudios en Química, por eso es que quería que le mostráramos ese edificio, dice que él siempre ha tenido interés por la ciencia, pero que al ingresar a la universidad sintió que su misión de cambiar al país no estaría entre los átomos, las fórmulas y los números, sino en las ciencias sociales. Aun así, no desaprovechó la oportunidad de trabajar su gusto en el laboratorio, con las reuniones de química para aficionados. Además, últimamente se le está despertando el radicalismo, nosotros le decimos por molestar que sólo bastó un mes en Sociología para que ya la ideología le hubiera absorbido la identidad.

Yo siempre he estado alejado de los grupos radicales de la universidad; sin embargo, me gusta hablar con ellos en los prados, sentarme a oír sus ideas, debatir con argumentos y objetividad, aunque en ocasiones –si lo siento adecuado- expreso mis opiniones personales. A algunos les molesta que les cuestione la violencia como método, pero otros aceptan que es un error y por eso trabajan desde la intelectualidad, desde los grupos de estudio. Simón está buscando uno para unirse. Arturo no es militante de ninguno, pero simpatiza con los ideales de ‘El Eme’, así que conoce a algunas personas dentro de ese movimiento. Ninguno de sus conocidos es defensor de la violencia ni de las armas, yo he cruzado palabras con algunos de ellos y son estudiantes y profesores que viven con libros bajo el brazo, con sacos de lana y mochilas arhuacas, los típicos mamertos salidos de una caricatura. Es gente muy inteligente que ha leído la historia del país desde distintos puntos de vista, y por eso es que cada vez que hablamos me dejan una nueva reflexión y varios títulos que voy a ojear con curiosidad a la biblioteca. Arturo quedó de presentar a Simón ante esos muchachos para que hablen entre ellos y quizás lo puedan aceptar en el grupo.

Miércoles, 28 de marzo de 1984

     Simón ha sido aceptado en el grupo de estudios de ‘El Eme’, nos lo contó cuando lo vimos en el jardín de Freud compartiendo unos aguardientes con un muchacho alto, flaco, de lentes circulares y boina, y una incipiente barba de chivo con más parches que pelo en sí. Él era el responsable de decidir quién entraba y quién no, y la historia del desplazamiento de Simón lo cautivó, además de haber observado en él unas ganas inmensas de cambiar el país mezcladas con el pueril idealismo de los estudiantes de primer semestre: era el elemento perfecto. Nos sentamos con el flaco Landinez en el césped para seguir tomando mientras escuchábamos a Rubén Blades y cantábamos bastante desafinados pero con sentimiento. «Lo que este tipo canta es la realidad de los pueblos latinoamericanos, nos invita a despertar, compañeros», dijo el flaco. Simón, enérgica y lambonamente respondió: «Sí, señor, así es la vaina». Yo sólo asentí y bebí para no tener que responder nada. «Acá el compañero ya tomó la decisión de unirse a nuestro grupo de estudios, lo veo ávido de conocimiento. Su primera tarea es leerse ‘Las venas abiertas de América Latina’, del gran Eduardo Galeano, para que se vaya despertando del sueño en el que nos tienen los gobiernos opresores de todo el continente» soltó Landinez y nos miró a todos con ojos expectantes, a ver quién sería el primero en aplaudir o vitorear su oratoria. Nadie dijo nada.

Un rato después, él comenzó a bombardearnos con un montón de nombres que ya ni recuerdo, pero que González anotó en una libreta: que éste, que aquel, que fulanito, que zutanito, que todos ellos eran estudiantes comprometidos, sensibles a la realidad política, que ellos se sentían inconformes con la injusticia, que la universidad y el movimiento estudiantil les debían mucho, etc., y Simón, como fiel escribano, anotaba cada detalle con atención. En algún punto soltó un nombre que yo conocía, era un gran profesor que nos había dictado la materia de ‘Psicoanálisis, cultura y política’ el semestre anterior. José Iván Castillo, qué increíble maestro, nos hizo cuestionarnos la realidad política y social del mundo, del ser y su interacción con los otros, no sabía que tenía afinidad con ‘El Eme’, mucho menos que impartía sus lecciones también al grupo de estudio. Eso fue lo que le expliqué a Simón apenas abrió sus grandes ojos que buscaban referencias de aquel hombre, pareció bastante interesado en su figura sobre todo.

«Es un profesor de estatura media, con barba poblada y canosa, cabello medio corto y desordenado que intenta formar bucles. No está gordo pero tiene un poco de panza, viste siempre con chalecos de lana puestos sobre camisas, sus anteojos son de carey y cuando piensa se pone a peinar sus bigotes con los dedos índice y pulgar, del centro hacia afuera», le dije yo. Después de eso, seguimos tomando un poco más y Simón se fue a llamar a su mamá que estaba en Nariño.

Jueves, 19 de abril de 1984

     El día de ‘El Eme’. Me levanté a las nueve de la mañana porque la clase fue cancelada. Los profesores y en general toda la universidad saben que este día siempre hay algún tropel conmemorativo a la fundación del Movimiento. Sin perder este detalle, quise buscar a Simón para felicitarlo de alguna forma, ya que sería el primero de quién sabe cuántos años en los que él debería celebrar la fecha junto a su grupo de estudio y demás simpatizantes en mayor o menor grado de ellos. Arturo era afín a su ideología, pero yo nunca lo felicitaba ya que no era militante. Fui hasta la greca para servirme mi café y el de Simón, luego, aún en pijama y sin peinarme, lo busqué en su cuarto, pero su cama estaba tendida, la ropa recogida, el suelo barrido y limpio. Nadie me supo dar razones de él, ni siquiera lo vieron salir, por lo que creo fue muy temprano en la mañana. Me vestí rápidamente y salí a desayunar, supuse que él estaría allí.

     Me encontré a Jefferson, quien estaba explicándole a Pocahontas unas cuantas cosas acerca de cómo son los distintos tipos de discursos que Lacan había tipificado. «Carajo, Jefferson, está muy temprano para que enredes así a la niña. Hombre, no hay derecho», le dije mientras me acercaba a su mesa, esbozándoles una sonrisa. Pocahontas me saludó con un beso en la mejilla, y Jefferson me dio un abrazo mientras me decía: «Lacan, viejito, para recordar al maestro», y Pocahontas le pegó un codazo en las costillas mientras le reprendió: «No digas eso, oye. Dijeron que había desaparecido, no que había muerto». En ese momento mi semblante cambió, entendí que por ‘maestro’ no se referían a Lacan sino a algún profesor de la universidad.

Cuando me senté -y ante mi desconcierto que se me notaba en la cara, supongo-, Jefferson comenzó a explicarme que desde hacía una semana no se había vuelto a ver al profesor Castillo por el campus, ni por el edificio de la Facultad. Se rumoraba que había desaparecido porque una profesora de psicología social, muy cercana a él, lo había intentado contactar no sólo por teléfono, sino yendo a su propio apartamento una noche, y duró como media hora timbrando en su puerta hasta que una vecina salió y le dijo que desde hacía unos días él no había ido a su domicilio. En seguida recordé que el flaco Landinez lo había mencionado en su discurso aquella tarde en el jardín de Freud, al calor de unos aguardientes. «Mierda, eso fue por su filiación al Eme», dije yo, y ellos que aparentemente ya lo sabían no hicieron otra cosa que asentir y darme la razón en silencio.

     En la tarde, a eso de las dos, después de almuerzo, se formaron los encapuchados en la Plaza Ché, dieron su discurso conmemorativo, gritaron algunas consignas, exhortaron a los estudiantes a defender sus derechos y a la Universidad Pública como institución a nivel nacional, repudiaron la opresión, la injusticia y la persecución política, y finalizaron con la noticia de la desaparición del profesor Castillo. «El Ejército colombiano ha secuestrado vilmente a un miembro de nuestra Alma Máter, un docente muy valioso para la institución: el compañero José Iván Castillo, del departamento de Psicoanálisis y Cultura. No podemos permitir que este crimen de lesa humanidad pase desapercibido, no dejemos que su desaparición quede en indiferencia y olvido. Los invito, comunidad universitaria, a que nos hagamos oír en las calles de la capital. ¡Adelante!», y la alocución finalizó con las ‘papas bomba’ a todo dar en medio de aplausos y silbidos de júbilo.

La multitud se dividió en dos: unos fueron con rumbo a la portería de la calle Veintiséis y otros con rumbo a la calle Cuarenta y cinco. A lo lejos, al otro lado de las calles, se veía a la fuerza pública formada, preparada para la acción, y dio comienzo el tropel. Nosotros nos quedamos unos pasos más atrás de espectadores.

     A eso de las seis y media de la tarde todo acabó, quedaron los escombros de piedras, ladrillos y palos por todo el camino arbolado que lleva a la Plaza Ché. Tenía ganas de un tinto y una empanada y me fui con mis amigos a la cafetería. Al llegar, nos encontramos un montón de gente indignada, gritando y rodeando algo, o a alguien. Preguntamos qué pasaba allí, y un estudiante nos contestó: «cogieron a un hijueputa tira». Nos acercamos más a ver de quién se trataba y me quedé de una pieza cuando vi que Simón González se encontraba en el suelo sangrando y golpeado fuertemente quién sabe por cuántos, mientras Arturo Ortega trataba de calmar a la multitud y asegurarles que Simón no era ningún tira, que era un estudiante nuevo, venía desplazado de Nariño por los paras, no había manera en la que él fuera un policía o un militar infiltrado, ya llevaba siendo amigo de él más que de nosotros desde febrero, a comienzos de semestre. Vivía en el segundo piso de las residencias estudiantiles y asistía a clases puntualmente, además, se encontraba en dos grupos de estudio.

     «Ése fue el que vendió al profe Castillo», «este chino hacía parte del grupo del Eme, los estudió de pies a cabeza y fue a ‘sapear’ todo», decían por ahí distintas personas. Yo no lo podía creer, a pesar que no fuera un amigo cercano sabía que no podía ser porque Arturo no metía las manos al fuego por nadie pero por él lo estaba haciendo y frente a una horda enfurecida de estudiantes, además. De repente, los recuerdos de Simón tomando nota de todos los nombres que decía el flaco Landinez y su interés por el profesor Castillo me vinieron a la mente y, claro, mi profunda estupidez al describirle de forma detallada al profe. Maldita sea, metí la pata. ¿Sería verdad que él era un tira y todo este tiempo nos había estado sacando información?

     Una estudiante que revisaba con cuidado la mochila de Simón gritó de repente: « ¡Miren! Esta es la cámara con la que estaba fotografiando a los compañeros y en su libreta tiene anotados todos los lugares donde se reunían con el grupo de estudios, incluso tiene la descripción física de Castillo». Carajo, sí la embarré, soy un imbécil por haberle dicho eso a alguien que en realidad no conocía bien, pero pensé que se trataba de puro interés académico, quizás para hacerle preguntas o yo qué sé. Vi que Arturo se volteó y miró a Simón, y éste no le dijo nada. La decepción se le notaba en los ojos a Ortega, quien no supo qué decir y simplemente se hizo a un lado caminando cabizbajo.


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