Bogotá
D.C.
18
de mayo de 2004
Señor
Coronel
Rangel
Asunto
Aportes
a la investigación del caso no. 655321.
Respetado
coronel:
A
continuación transcribo algunos apartados del diario del profesor Manrique,
encontrado en el cajón de la mesa de noche de su apartamento en Bogotá, el día diecisiete
de mayo de 2004 a las veintitrés horas con catorce minutos. Me parecen pedazos
importantes porque podrían aclarar un poco el móvil del asesinato, así como intentar
dilucidar la identidad de el/los perpetradores del mismo. Al final de la
presente encontrará mi hipótesis. Lo siguiente es información clasificada:
Lunes,
6 de febrero de 1984
Seis
de la mañana. No me sonó la alarma pero mi compañero de cuarto, Jefferson, me
despertó quitándome las cobijas y diciendo a grito herido: «levántate, huevón.
No vayas a empezar el semestre llegando tarde», mientras me alcanzaba una taza
de café caliente recién traída de la greca del pasillo del tercer piso de las
residencias estudiantiles. Pensé en la clase de siete y la pereza me empezó a
hablar con voz de mala conciencia: igual hoy es el primer día, nunca dicen nada
importante en la primera clase. Quería seguir en mi cama por lo menos un par de
horas más, hasta que vi que se abría la puerta y contra ella se apoyó Angélica
en una blusa vinotinto, jean de bota ancha y sandalias de tacón. A través de
sus negros lentes semi-redondos de marco grueso pude ver los ojos color miel
que brillaban con ayuda del sol de la mañana. «Santi, ¿vamos a desayunar antes
de clase o ya comiste?» me dijo, a lo que Jefferson le respondió: «Este haragán
apenas se despertó, o bueno, lo desperté yo, o si no ahí seguiría durmiendo». Qué
vergüenza con ella, no puedo negar que odié un poco a mi compañero por ese
comentario, pero en lugar de reprocharle algo lo ignoré, le pedí a Angélica que
me diera cinco minutos mientras me vestía.
La cafetería estaba atestada de estudiantes. Mientras hacíamos
la fila para llegar al mostrador y pedir el desayuno, algunas personas nos
repartieron volantes para un cine-club que recién inauguraban ese semestre en
algún auditorio del edificio de Ciencias Humanas. ‘El Anti hollywoodense’ se
complacía en presentar ‘A bout de Souffle’ de Jean-Luc Godard, será este
viernes y al finalizar nos darán vino para celebrar su primera función. Espero
que Angélica me diga que sí.
A la hora del almuerzo me encontré con Arturo Ortega. Me contó
que ya este semestre comienza sus prácticas en psicología organizacional.
Probablemente le pagarán según él, así que ya tendrá con qué invitar a salir a
Jennifer, aunque eso depende de la empresa que acceda a contratarlo, por ahora
está en veremos. Me presentó a un compañero que conoció jugando ajedrez en el
Jardín de Freud, su nombre es Simón González. Me cayó muy bien, aunque la verdad
no sabía nada de las cosas que hablábamos entre Arturo y yo, sólo asentía o
negaba con la cabeza para llevarnos la idea y supongo que para sentirse
incluido en la conversación. Es su primer semestre acá en Bogotá, viene
desplazado de Nariño por los paramilitares. Allá era estudiante de universidad
pública, por lo que los paras ya le habían montado inteligencia pensando que
hacía parte de un grupo subversivo, y por eso se ensañaron con su casa, le
prendieron fuego y cuando la familia percibió el olor a quemado les tocó salir
corriendo con lo que pudieron agarrar. Llegaron a Bogotá hace menos de un mes.
Simón está buscando que la universidad le pueda dar una cama en las
residencias.
Lo percibí bastante interesado en la universidad y me dio tanto
gusto que fuera así, últimamente los estudiantes nuevos no quieren conocer ni
el campus, ni las historias de sus compañeros, nada, sólo vienen a clase y se van.
Simón, en cambio, sí nos preguntó muchas cosas a nosotros, algunas hasta muy
personales. Me causó mucha curiosidad que preguntara insistentemente dónde
quedaba el edificio de Química, pues él es estudiante de Sociología, así que
nada que ver una cosa con la otra; sin embargo, lo llevamos.
Ahora en la noche destapamos un aguardiente que Simón nos compró
como muestra de gratitud por haberlo acompañado en su primer día, por haberle
mostrado el campus y por hacerlo sentir bien en una gran ciudad desconocida
para él. Éstas son las últimas líneas de este día porque la borrachera que
cargo se empieza a hermanar con Morfeo, así que la cama me espera... y mañana otra
clase de siete.
Viernes,
10 de febrero de 1984
Estuvimos
en la sesión de bienvenida del cine-club ‘El Anti hollywoodense’. Arturo llevó
a Jennifer, yo fui con Angélica, y Jefferson fue solo a conocer a las
primíparas, a ver quién le paraba bolas. Al final de la proyección tomamos el
vino que nos prometieron en el volante del lunes, y el ambiente estuvo bastante
animado, pusieron salsa y Angélica me quiso enseñar a bailar. Si no hubiera
tenido unos tragos encima me habría negado, pero la valentía –y el deseo- que
despertó el vino me hizo soltarme un poco y poder dar unos pasos al lado de esa
rubia que me tenía loco desde hacía un par de semestres atrás. La salsa y la
mona me hicieron sentir en la novela de Andrés Caicedo, yo la veía moverse al
ritmo de la música, con esa sonrisa que a su vez me hacía sonreír a mí como un
bobo, y repetía en mi mente: ‘Soy rubia. Rubísima. Soy tan rubia que me
dicen: ‘mona, no es sino que aletee ese pelo sobre mi cara y verá que me libra
de esta sombra que me acosa’’. Aunque
admito que ya ese libro no me gusta tanto como en 1978 que llegó a mis manos,
un año después que su autor se suicidara en Cali.
Al caminar de regreso a las residencias estudiantiles, Angélica
me dijo que tendría que tomar clases de salsa, pero con ella, y le prometí que
sería la única de la que me dejaría enseñar. Y se rio dejando ver sus dientes delanteros
de conejo, tan bellos que no pude evitar tomarla de la nuca y dulcemente
acercarla a mi boca para estrellarnos en un beso suave y prístino. Era el
primero que nos dábamos. Ella me miró y dijo: «Tonto», y me asusté porque pensé
que había sido imprudente, o que no le había gustado, hasta que complementó con
un «te estabas demorando demasiado», y nos echamos a reír, y luego era ella la
que tomaba la iniciativa y me acercaba a sus labios con su mano puesta en mi cabello.
Duramos besándonos unos diez minutos hasta que Jefferson apareció de la mano de
una joven con el cabello negro, liso y larguísimo, hasta la cintura, y nos
gritó: «Ya era hora, carajo. Rompan toda esa tensión acumulada».
Nos despedimos, ella se fue a las residencias femeninas y cuando
yo me acercaba a la puerta de las residencias masculinas, vi a Simón sentado en
las escaleras junto a Arturo, quién daba largos sorbos a una botella de whisky
barato. Había estado llorando, lo noté cuando él abrió los ojos y los vi
vidriosos y un poco rojos, adiviné lo que estaba pasando. Me dijo que me había
visto desde su cuarto besándome con Angélica, pero que él no había corrido con
tanta suerte: Jennifer le había confesado que estaba saliendo con un muchacho
de ingeniería, que entre ella y Arturo no había más que un lazo de amistad que
sería inquebrantable, porque no tenía interés romántico alguno en él. Simón me
miró y me advirtió: «No busque que entre en detalles, está ebrio, dolido y
violento», y me enseñó su rostro hacia la luz de la farola donde tenía una
pequeña herida sangrante debajo del ojo, producto de un puño.
Estuvimos hasta las dos de la madrugada hasta que Arturo ya no
podía más de la borrachera, y nos tocó subirlo con Simón, prepararle un tinto
bien cargado y casi que hacérselo tomar a la fuerza. Después de eso, lo
acostamos en su cuarto y se durmió instantáneamente. Cuando salimos, invité a
Simón un cigarrillo, y mientras fumábamos en el frío amanecer bogotano, me
contó que Arturo tenía ideas algo subversivas, que era un comunista, y se rio. Habían
estado hablando de política, y en un punto de la discusión, Ortega se calentó y
le dijo a Simón que era un facho, de ahí la herida debajo de su ojo. Me
advirtió que tuviera cuidado con él, lo que me pareció bastante impertinente de
su parte porque he sido amigo de Arturo durante tres años, y él lleva apenas
una semana hablando con nosotros.
Martes,
13 de marzo de 1984
Todo
marcha perfectamente bien: el semestre, mi relación con Angélica, la relación
de Jefferson con su ‘Pocahontas’ –como él la llama- y mi situación familiar,
porque por fin me arreglé con mis papás. Estuvieron aquí el domingo
visitándome, me trajeron dinero y algunas cosas de comer. ¡Cómo extraño la
comida casera! Arturo poco a poco va superando la decepción que le produjo
Jennifer, y Simón se ha venido incorporando más a nuestro grupo. Ahora forma
parte de un grupo de estudios en Química, por eso es que quería que le
mostráramos ese edificio, dice que él siempre ha tenido interés por la ciencia,
pero que al ingresar a la universidad sintió que su misión de cambiar al país
no estaría entre los átomos, las fórmulas y los números, sino en las ciencias
sociales. Aun así, no desaprovechó la oportunidad de trabajar su gusto en el
laboratorio, con las reuniones de química para aficionados. Además, últimamente
se le está despertando el radicalismo, nosotros le decimos por molestar que
sólo bastó un mes en Sociología para que ya la ideología le hubiera absorbido la
identidad.
Yo
siempre he estado alejado de los grupos radicales de la universidad; sin
embargo, me gusta hablar con ellos en los prados, sentarme a oír sus ideas,
debatir con argumentos y objetividad, aunque en ocasiones –si lo siento
adecuado- expreso mis opiniones personales. A algunos les molesta que les
cuestione la violencia como método, pero otros aceptan que es un error y por
eso trabajan desde la intelectualidad, desde los grupos de estudio. Simón está
buscando uno para unirse. Arturo no es militante de ninguno, pero simpatiza con
los ideales de ‘El Eme’, así que conoce a algunas personas dentro de ese
movimiento. Ninguno de sus conocidos es defensor de la violencia ni de las
armas, yo he cruzado palabras con algunos de ellos y son estudiantes y
profesores que viven con libros bajo el brazo, con sacos de lana y mochilas
arhuacas, los típicos mamertos salidos de una caricatura. Es gente muy
inteligente que ha leído la historia del país desde distintos puntos de vista,
y por eso es que cada vez que hablamos me dejan una nueva reflexión y varios
títulos que voy a ojear con curiosidad a la biblioteca. Arturo quedó de presentar
a Simón ante esos muchachos para que hablen entre ellos y quizás lo puedan
aceptar en el grupo.
Miércoles,
28 de marzo de 1984
Simón ha sido aceptado en el grupo de estudios de ‘El Eme’, nos
lo contó cuando lo vimos en el jardín de Freud compartiendo unos aguardientes
con un muchacho alto, flaco, de lentes circulares y boina, y una incipiente
barba de chivo con más parches que pelo en sí. Él era el responsable de decidir
quién entraba y quién no, y la historia del desplazamiento de Simón lo cautivó,
además de haber observado en él unas ganas inmensas de cambiar el país
mezcladas con el pueril idealismo de los estudiantes de primer semestre: era el
elemento perfecto. Nos sentamos con el flaco Landinez en el césped para seguir
tomando mientras escuchábamos a Rubén Blades y cantábamos bastante desafinados
pero con sentimiento. «Lo que este tipo canta es la realidad de los pueblos
latinoamericanos, nos invita a despertar, compañeros», dijo el flaco. Simón,
enérgica y lambonamente respondió: «Sí, señor, así es la vaina». Yo sólo asentí
y bebí para no tener que responder nada. «Acá el compañero ya tomó la decisión
de unirse a nuestro grupo de estudios, lo veo ávido de conocimiento. Su primera
tarea es leerse ‘Las venas
abiertas de América Latina’, del gran
Eduardo Galeano, para que se vaya despertando del sueño en el que nos tienen
los gobiernos opresores de todo el continente» soltó Landinez y nos miró a
todos con ojos expectantes, a ver quién sería el primero en aplaudir o vitorear
su oratoria. Nadie dijo nada.
Un
rato después, él comenzó a bombardearnos con un montón de nombres que ya ni
recuerdo, pero que González anotó en una libreta: que éste, que aquel, que
fulanito, que zutanito, que todos ellos eran estudiantes comprometidos,
sensibles a la realidad política, que ellos se sentían inconformes con la
injusticia, que la universidad y el movimiento estudiantil les debían mucho,
etc., y Simón, como fiel escribano, anotaba cada detalle con atención. En algún
punto soltó un nombre que yo conocía, era un gran profesor que nos había
dictado la materia de ‘Psicoanálisis, cultura y política’ el semestre anterior.
José Iván Castillo, qué increíble maestro, nos hizo cuestionarnos la realidad
política y social del mundo, del ser y su interacción con los otros, no sabía
que tenía afinidad con ‘El Eme’, mucho menos que impartía sus lecciones también
al grupo de estudio. Eso fue lo que le expliqué a Simón apenas abrió sus
grandes ojos que buscaban referencias de aquel hombre, pareció bastante
interesado en su figura sobre todo.
«Es
un profesor de estatura media, con barba poblada y canosa, cabello medio corto
y desordenado que intenta formar bucles. No está gordo pero tiene un poco de
panza, viste siempre con chalecos de lana puestos sobre camisas, sus anteojos
son de carey y cuando piensa se pone a peinar sus bigotes con los dedos índice
y pulgar, del centro hacia afuera», le dije yo. Después de eso, seguimos
tomando un poco más y Simón se fue a llamar a su mamá que estaba en Nariño.
Jueves,
19 de abril de 1984
El día de ‘El Eme’. Me levanté a las nueve de la mañana porque
la clase fue cancelada. Los profesores y en general toda la universidad saben
que este día siempre hay algún tropel conmemorativo a la fundación del
Movimiento. Sin perder este detalle, quise buscar a Simón para felicitarlo de
alguna forma, ya que sería el primero de quién sabe cuántos años en los que él
debería celebrar la fecha junto a su grupo de estudio y demás simpatizantes en
mayor o menor grado de ellos. Arturo era afín a su ideología, pero yo nunca lo
felicitaba ya que no era militante. Fui hasta la greca para servirme mi café y
el de Simón, luego, aún en pijama y sin peinarme, lo busqué en su cuarto, pero
su cama estaba tendida, la ropa recogida, el suelo barrido y limpio. Nadie me
supo dar razones de él, ni siquiera lo vieron salir, por lo que creo fue muy
temprano en la mañana. Me vestí rápidamente y salí a desayunar, supuse que él
estaría allí.
Me encontré a Jefferson, quien estaba explicándole a Pocahontas
unas cuantas cosas acerca de cómo son los distintos tipos de discursos que
Lacan había tipificado. «Carajo, Jefferson, está muy temprano para que enredes
así a la niña. Hombre, no hay derecho», le dije mientras me acercaba a su mesa,
esbozándoles una sonrisa. Pocahontas me saludó con un beso en la mejilla, y
Jefferson me dio un abrazo mientras me decía: «Lacan, viejito, para recordar al
maestro», y Pocahontas le pegó un codazo en las costillas mientras le reprendió:
«No digas eso, oye. Dijeron que había desaparecido, no que había muerto». En
ese momento mi semblante cambió, entendí que por ‘maestro’ no se referían a
Lacan sino a algún profesor de la universidad.
Cuando
me senté -y ante mi desconcierto que se me notaba en la cara, supongo-, Jefferson
comenzó a explicarme que desde hacía una semana no se había vuelto a ver al
profesor Castillo por el campus, ni por el edificio de la Facultad. Se rumoraba
que había desaparecido porque una profesora de psicología social, muy cercana a
él, lo había intentado contactar no sólo por teléfono, sino yendo a su propio
apartamento una noche, y duró como media hora timbrando en su puerta hasta que
una vecina salió y le dijo que desde hacía unos días él no había ido a su
domicilio. En seguida recordé que el flaco Landinez lo había mencionado en su discurso
aquella tarde en el jardín de Freud, al calor de unos aguardientes. «Mierda,
eso fue por su filiación al Eme», dije yo, y ellos que aparentemente ya lo
sabían no hicieron otra cosa que asentir y darme la razón en silencio.
En la tarde, a eso de las dos, después de almuerzo, se formaron
los encapuchados en la Plaza Ché, dieron su discurso conmemorativo, gritaron
algunas consignas, exhortaron a los estudiantes a defender sus derechos y a la
Universidad Pública como institución a nivel nacional, repudiaron la opresión,
la injusticia y la persecución política, y finalizaron con la noticia de la
desaparición del profesor Castillo. «El Ejército colombiano ha secuestrado
vilmente a un miembro de nuestra Alma Máter, un docente muy valioso para la
institución: el compañero José Iván Castillo, del departamento de Psicoanálisis
y Cultura. No podemos permitir que este crimen de lesa humanidad pase
desapercibido, no dejemos que su desaparición quede en indiferencia y olvido.
Los invito, comunidad universitaria, a que nos hagamos oír en las calles de la
capital. ¡Adelante!», y la alocución finalizó con las ‘papas bomba’ a todo dar
en medio de aplausos y silbidos de júbilo.
La
multitud se dividió en dos: unos fueron con rumbo a la portería de la calle
Veintiséis y otros con rumbo a la calle Cuarenta y cinco. A lo lejos, al otro
lado de las calles, se veía a la fuerza pública formada, preparada para la
acción, y dio comienzo el tropel. Nosotros nos quedamos unos pasos más atrás de
espectadores.
A eso de las seis y media de la tarde todo acabó, quedaron los
escombros de piedras, ladrillos y palos por todo el camino arbolado que lleva a
la Plaza Ché. Tenía ganas de un tinto y una empanada y me fui con mis amigos a
la cafetería. Al llegar, nos encontramos un montón de gente indignada, gritando
y rodeando algo, o a alguien. Preguntamos qué pasaba allí, y un estudiante nos
contestó: «cogieron a un hijueputa tira». Nos acercamos más a ver de quién se
trataba y me quedé de una pieza cuando vi que Simón González se encontraba en
el suelo sangrando y golpeado fuertemente quién sabe por cuántos, mientras
Arturo Ortega trataba de calmar a la multitud y asegurarles que Simón no era
ningún tira, que era un estudiante nuevo, venía desplazado de Nariño por los
paras, no había manera en la que él fuera un policía o un militar infiltrado,
ya llevaba siendo amigo de él más que de nosotros desde febrero, a comienzos de
semestre. Vivía en el segundo piso de las residencias estudiantiles y asistía a
clases puntualmente, además, se encontraba en dos grupos de estudio.
«Ése fue el que vendió al profe Castillo», «este chino hacía
parte del grupo del Eme, los estudió de pies a cabeza y fue a ‘sapear’ todo»,
decían por ahí distintas personas. Yo no lo podía creer, a pesar que no fuera
un amigo cercano sabía que no podía ser porque Arturo no metía las manos al
fuego por nadie pero por él lo estaba haciendo y frente a una horda enfurecida
de estudiantes, además. De repente, los recuerdos de Simón tomando nota de
todos los nombres que decía el flaco Landinez y su interés por el profesor
Castillo me vinieron a la mente y, claro, mi profunda estupidez al describirle
de forma detallada al profe. Maldita sea, metí la pata. ¿Sería verdad que él
era un tira y todo este tiempo nos había estado sacando información?
Una estudiante que revisaba con cuidado la mochila de Simón gritó de repente: « ¡Miren! Esta es la cámara con la que estaba fotografiando a los compañeros y en su libreta tiene anotados todos los lugares donde se reunían con el grupo de estudios, incluso tiene la descripción física de Castillo». Carajo, sí la embarré, soy un imbécil por haberle dicho eso a alguien que en realidad no conocía bien, pero pensé que se trataba de puro interés académico, quizás para hacerle preguntas o yo qué sé. Vi que Arturo se volteó y miró a Simón, y éste no le dijo nada. La decepción se le notaba en los ojos a Ortega, quien no supo qué decir y simplemente se hizo a un lado caminando cabizbajo.

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