Nicolás y Los
Fumadores, la banda bogotana que me hizo volver los ojos a Colombia para apreciar el rock local.
Bogotá D.C., año 2018. Después
del festival Estéreo Picnic, mi Twitter estaba invadido con un nombre: Mac
DeMarco. No había asistido a su concierto porque no lo conocía, pero ante la
inundación virtual decidí buscar al hombre en cuestión y me topé con canciones que,
entre psicodélicas y oníricas como My Kind Of Woman, Passing Out Pieces y Ode
To Viceroy, me engancharon a la primera escucha. Me emocionaba identificarme
con un artista tan vigente, porque entre The Beatles y yo hay una cantidad de
años, enmarcados en tres o más generaciones. Y así mismo con los Stones,
Zeppelin, Sabbath, en fin, todo lo que escuchaba. Lo más moderno y actual que
me gustaba eran The Strokes, Arctic Monkeys y Tame Impala. Pare de contar. Así
que descubrir a Mac DeMarco fue recibir una bocanada de aire fresco, renovado,
que aún hoy, a mitad del 2020, me acompaña a cada cigarrillo.
Después de escuchar su álbum
2 y Salad Days, apareció en la sección de recomendados un video titulado «Nicolás y Los Fumadores – Como pez en el hielo (álbum completo)». Su portada
era igualmente onírica, alucinada, y su nombre me atrajo de inmediato: Los
Fumadores. Había, entonces, otra referencia al acto de fumar y a los
cigarrillos, que más que un vicio es un estilo de vida para mí. Esto no podía ser más sino
el destino. Apenas comencé a oírlo, sentí conexión instantánea con sus
guitarras y reconocí ese estilo tan Mac DeMarco que me fascinaba. Desde la
presentación del disco -Primer Llamado-, empezó el viaje delirante en el que
sigo metido con esta maravillosa banda, pero en ese momento escuchaba con
atención para saber el instante en que me dejarían de gustar, para así poder seguir
poniendo más canciones de DeMarco. Pero ese momento nunca llegó.
Paseo Submarino me dejó sin
palabras, sin aliento. Una canción romántica que me gustaría dedicar, con el
toque psicodélico y limpio de la guitarra de Nicolás Correa, la voz hipnótica y
ensoñadora de Santiago «el Profe» García, acompañados por el bajo de Pipex y el
ritmo de Juan Carlos Sánchez. «Y quizás
podamos fumar […] te prometo que habrán cigarrillos […] te aseguro que vamos a
fumar». Me Quiero Ir, tan melancólica
como yo, me aseguró la estadía en el disco. Yo pensaba «esta gente debe ser
argentina, todas las bandas buenas de rock latino vienen de Argentina», y de
inmediato añoré que vinieran al país. Ya me imaginaba en primera fila, cantando
sus canciones como su más fiel seguidor. Así hasta que llegó Bailando Triste con su famoso verso «pagué veinte lucas,
¡veinte lucas!» y me sorprendió que, supuestamente en Argentina, dijeran «lucas» también, aunque no era del todo extraño: en Chile fue donde surgió el
término, y de ahí a Argentina hay un paso.
Seguía encantado con el sonido
que estaba escuchando, me identificaba con sus letras y quería más y más. Cada
canción era un nuevo descubrimiento, un nuevo éxtasis, una fumada más al
cigarrillo. Me estaba enganchando a su música. De repente, en Brisa dicen «ya llegamos a Melgar». Un momento,
paren todo. ¿Me están diciendo que estos tipos son de acá
de Colombia? Imposible, esto está muy bueno para ser colombiano, no lo creo. Abrí
la pestaña descriptiva de YouTube y me encontré, al final de la lista de
canciones y los nombres de los miembros, con:
«Grabado en
Estudiolago, Bogotá; y en la vereda San Jorge, Zipaquirá.
©Los Fumadores 2018»
Una inmensa
alegría me llenó el alma, sentía cómo me estremecía por dentro al saber que, la
banda que en ese momento me tenía alucinado, era de mi propio país, y no sólo
eso, ¡de mi propia ciudad! Era increíble que una música tan buena, de semejante
calidad en melodía, de semejante calidad en letra, fuera de acá. En Bruce y
Margaret mencionan «… y me dejó el
TransMilenio». No lo podía creer, estaba atónito. De inmediato, los busqué
y los seguí en todas las redes, esperando el primer toque, el primer evento
donde se presentaran, para engrosar las filas de sus seguidores. Al finalizar
el disco, me declaré fan absoluto. Ya no había vuelta atrás: era ahora un
fumador más.
Los videos que había
de ellos en la red, los vi todos de corrido esa misma noche. Al ver el poco
–pero completamente devoto– público que en esos años tenían, me sentí en un
momento histórico, y mi beatlemanía saltó a la vista, haciendo un símil de lo
que estaba pasando en Bogotá con Los Fumadores, con lo que casi sesenta años
atrás pasaba en Liverpool y en Inglaterra en general: una banda llenaba bares y
pequeños venues en las noches, con acérrimos seguidores que cantaban sus
canciones a todo pulmón, y el nombre de la banda, que corría de voz a voz, se iba haciendo más grande con cada presentación. Pero me faltaba estar ahí para
verlo con mis propios ojos.
Un día, en Facebook, me llegó la notificación de un evento que podría interesarme, basado
en mis últimas actividades en el mismo. Se llamaba «Vulgar Bogotá 2018», en
Boogaloop, y entre sus toques programados estaban Nicolás y Los Fumadores. Había
un link para comprar las boletas en preventa y no lo pensé dos veces, ingresé y
pagué virtualmente y al correo me llegó la confirmación de la compra: era el segundo de todos los tiquetes que tenían a la venta. Estaba tan emocionado, no podía creer que iba a ver en vivo por
primera vez a esa banda que desde mayo me hacía sentir tantas cosas y me había
abierto los ojos a nuevas experiencias, y hasta ese diciembre se volverían tangibles
ante mis sentidos. Me dediqué a buscar compañía para no bailar solo después de
haber pagado veinte lucas, mostrándoles las canciones de ellos a mis amigos, a
las mujeres con las que salía, a compañeros de la universidad con los que
ocasionalmente compartía algunos ratos, a mi primo, pero nada. Si a algunos les
gustaban las canciones, no tenían plata para ir; a los otros no les gustó para
nada ni la música, ni las letras ni el nombre de la banda, entonces descartados
totalmente.
Llegó el 20 de
diciembre del 2018, día del evento, y no encontré a nadie para que fuera
conmigo. Era la primera vez que salía enteramente solo a algo –aparte de ir a
caminar por ahí ocasionalmente–, pero no dejé que eso se interpusiera con la
felicidad, la ansiedad y la emoción que tenía, así que me arreglé y a las seis
de la tarde salí hacia Chapinero, hacia Boogaloop. Me bajé en la sesenta y siete
con trece, y al caminar unas cuadras encontré una cigarrería esquinera, repleta
de gente de mi edad, comprando cerveza, cigarrillos y comida. Supuse que ahí era
el lugar, aunque no veía dónde era la entrada. Me acerqué a la tienda, compré
dos Póker y una cajetilla de Marlboro rojo, y me senté en una banca frente al
edificio del Sena. De repente, vi que de una puerta pequeña salían cuatro
muchachos con sus instrumentos en la espalda y se sentaron en unas escaleras:
eran ellos, Los Fumadores, así que estaba en el lugar correcto. Las personas
comenzaban a llegar y vi cómo varios de ellos estaban solos también, un alivio
porque no sería el único sin compañía. Destapé una cerveza, la cajetilla de
cigarrillos y di comienzo a mi noche. En esas, un muchacho
se me acerca y me pregunta:
—Parce, qué pena,
¿dónde compró la pola?
—Ahí —le dije
señalando hacia la cigarrería— donde está todo ese montón de gente.
Fue a la tienda,
compró una Póker y regresó a donde yo estaba, pero se quedó de pie a unos dos
metros, mientras miraba a su alrededor. Después de un rato, y a medida que
llegaba gente a formarse en una fila para entrar, se dirigió a mí y me dijo:
—¿Vino solo al
toque?
—Sí, mis amigos no
conocen estas bandas, o si las escucharon alguna vez, no les gustaron—.
Respondí.
—¡Yo igual! Le
dije a una nena con la que estaba saliendo y me dijo que no los conocía,
entonces que no le interesaba. Pero aun así vine.
—Claro, para mí
tampoco fue impedimento. Yo vengo por Los Fumadores. Y usted?
—Yo vengo por
ellos, por The Kitsch, por Árbol de Ojos y por Código Rojo— me respondió.
—Uy, por todos. Yo
la verdad sólo conozco a Los Fumadores, pero voy a quedarme a verlos a todos.
—Hágale, son
buenos. ¿Entramos?
Nos formamos,
entregamos las boletas, y entramos a Boogaloop por esa pequeña puerta sobre la
carrera trece, y como en Alicia en el País de las Maravillas, pasamos a un lugar
mucho más grande que lo que la fachada nos hacía imaginar. Al entrar, escuché
una canción de Tame Impala, con la que un DJ ambientaba mientras comenzaban las
bandas a explotar el lugar con sus sonidos. Pedimos un whisky con cereza cada
uno, coctel al que comúnmente llaman «El Padrino» y hablando de todo un poco,
escuchando la música y esperando el toque, comenzó el show. Esa noche conocí a
The Kitsch, cuyo sonido de garaje y surf rock me dejó atónito, además de la
actitud de la banda en escena: todo un espectáculo digno de presenciar muchas
veces en la vida. Cuando los escuché, sentí una energía como de los años 60’s, muy
californiana y playera, y me parecieron el soundtrack perfecto para una
película de Quentin Tarantino. Me encantaron y al día de hoy sigo escuchándolos
y yendo a sus toques.
Era el turno de
Nicolás y Los Fumadores. Me fui a la primera fila y canté todas las canciones
desde el fondo de mi alma, comenzando con Triste Otra Vez –con la que
abrieron– hasta Bailando Triste, donde en sus compases finales, Juan Carlos
Sánchez, el baterista, agradecía por un 2018 lleno de éxitos cosechados por la
banda, a raíz del lanzamiento de su primer álbum, y el reconocimiento cada vez
mayor que tenían no sólo en Bogotá, sino en el país. Esa noche fue mágica. Eran
tan buenos tocando en vivo, hasta llegaban a sonar mejor que en el estudio, con
solos y arreglos más elaborados de Nicolás Correa, el guitarrista, y cambios de
voces de Santiago «el Profe» García. Definitivamente eran tan talentosos como
imaginaba y había quedado marcado por esa experiencia. Hoy puedo decir que esa noche
conocí a mis Beatles, a los cuatro de Bogotá. La conexión que sentí con la
banda, con su puesta en escena, con la personalidad de cada uno y con el público, fue única.
Ver a todos corear junto a uno las mismas líricas, reír con alguna parte jocosa
y gritar a todo pulmón –lo que nos quede a los fumadores– los momentos más
efervescentes de las canciones es algo indescriptible, inigualable y que vale totalmente
la pena repetir.
Me fui feliz de
ahí. Feliz de haber estado en un concierto de ellos, feliz de comprobar que
eran verdaderos artistas, feliz de sentir el doble de lo que ya sentía al
escuchar sus canciones mientras caminaba o mientras iba en Transmilenio, feliz
de saber que por fin, ¡por fin! había una banda bogotana de gente de mi edad,
de gente que pasaba por lo mismo que yo, que describía episodios de mi vida
cotidiana sin habérselos contado, que sonaban como yo quería. Ya no tenía que
soñar con haber sido un joven inglés en los años 60’s para saber lo que era ver
a una banda desde sus orígenes, hasta convertirse en lo más grande de ese país
y del mundo. Ahora tenía, a escasos metros, a esas personas que podía admirar,
seguir y disfrutar en cada presentación que hicieran, y verlos crecer hasta
llenar escenarios grandes, como lo hicieron en el 2019 en el Festival Estéreo
Picnic –donde también estuve en primera fila para verlos–, mismo donde justamente un año atrás había estado Mac DeMarco, su gran referente.
A partir de esa
noche de diciembre en el 2018, me convertí en un portavoz de ellos,
mostrándoles a cuantas personas conociera, su música. Mandé a hacer una
camiseta negra con el logo del pez y el nombre «Nicolás y Los Fumadores» en letra blanca, y la usaba en cada toque de
ellos y en el mismo Estéreo Picnic, donde Juanita Ortega, fotógrafa y amiga de
la banda, me tomó una foto para mostrárselas. Aún no sé si lo hizo o no, pero
esa fue la premisa con la que me abordó ese día. Cada toque, cada evento, cada
vez que se presentan, asisto sin falta, con mi camiseta ya icónica. En el 2019,
tuve una novia a la que le mostré su música y me acompañó siempre que pudo a
los conciertos. Ahora es una fan más desde la distancia y el olvido.

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