Martes, 01 de mayo de 1984
Día del trabajo pero día en que no se trabaja. Me levanté a eso de las ocho de la mañana y salí a recorrer la Ciudad Universitaria aún con niebla de la madrugada que comenzaba a disiparse. Sobre el auditorio León de Greiff estaban los cuatro tradicionales pendones amarillos y rojos con los rostros de Marx, Engels y otras figuras. En algunas calles se veía a la gente externa a la universidad que usaba el campus para trotar y ejercitarse. Me compré un tinto y un cigarrillo y me senté en los escalones frente a la biblioteca, pensando en Simón y cómo había sido desalojado a las malas por todos los estudiantes enfurecidos que habían encontrado su libreta y su cámara. No podía creer lo estúpido que yo había sido al haberle descrito físicamente al profesor Castillo y con tanto detalle. Eso me hacía sentir culpable de su desaparición de cierto modo, era un error que no me perdonaría jamás.
El día que Simón –a estas alturas ya ni creo que ese sea su verdadero nombre- fue descubierto como infiltrado no lo dejaron siquiera regresar a su habitación en las residencias estudiantiles. Cuando yo pasé por ahí la vi tal cual la había dejado esa mañana: limpia y arreglada. Al abrir su clóset estaba totalmente vacío, no dejó nada, lo que me hizo pensar que por supuesto él ya sabía que ese día debía irse de ahí. Nunca fue muy cercano a mí tanto como a Arturo Ortega, sin embargo, me sentí usado, traicionado, y por un momento pensé si había hablado cosas de mí a sus superiores. Aunque él sabía que yo no tenía ninguna filiación política particular, mucho menos militancia. En cambio Ortega y su simpatía por El Eme... Carajo.
Miércoles,
16 de mayo de 1984
Fui a desayunar a la cafetería y en el camino de diez minutos que
hay desde mi habitación hasta allá vi muchos graffitis en los muros que
hablaban de la desaparición y tortura de un compañero estudiante, un tal Cucho
Mariño. «Hoy volverá a haber tropel», pensé. En la Perola, frente a la
cafetería, estaban reunidos más de cien estudiantes quienes hablaban de cómo se
organizarían para la pedrea de la tarde, otros a un lado pintaban una bandera
con el nombre de Mariño y agregaban que no olvidarían su crimen. Era evidente:
un nuevo enfrentamiento con la policía. Pensé en Simón.
En la tarde fui con Angélica, Jefferson, Pocahontas y Arturo a la portería de la Veintiséis para observar todo desde la comodidad del césped mientras nos tomábamos unas cervezas, porque las clases habían sido canceladas ese día. Me prendí un cigarrillo y no alcancé a darle ni dos caladas cuando se escuchó un bombazo durísimo hacia la calle y vi cómo la reja de la portería se desplomaba en medio de una humareda y policías caídos. Todos nos pusimos de pie de un salto, y mientras la policía reorganizaba su bloque de uniformados les vimos la ira en el rostro. Inmediatamente después y sin pensarlo, comenzaron a ingresar a la universidad en motocicletas de a dos policías: uno que conducía y otro que iba atrás cogiendo a los estudiantes que se les atravesaran en el camino, disparando a mansalva sin preocuparse por quien tenían delante. Fue una escena aterradora.
Cuando miré a Angélica, ella tenía lágrimas de miedo y horror en sus ojos, y mis amigos estaban paralizados del miedo. Yo en ese momento no lo pensé, tomé a Angélica de la mano y echamos a correr lo más lejos posible de la puerta caída de la Veintiséis, sin rumbo, sólo esperando alejarnos. Cuando pasamos por las residencias femeninas, ella me pidió que me escondiera con ella allá arriba, y subimos. Las mujeres adentro del edificio corrían de un lado a otro, desesperadas, sin saber qué hacer, a dónde ir. Yo me encerré con Angélica en su habitación del cuarto piso. Se escuchaban disparos por doquier, gritos de la gente y el sonido de los motores de los vehículos policiales. Nunca nos hubiéramos imaginado semejante situación, todo estaba terriblemente mal. Me asomé discretamente por la ventana y vi cómo en los caminos y en las calles de la Ciudad Universitaria se esparcían los cuerpos, algunos malheridos y otros muertos, de estudiantes y profesores que iban siendo arrasados al paso demoledor de las motos de la policía.
Nos
golpearon en la puerta. Con mucha cautela, la abrí lentamente para ver por una
rendija quién era y se trataba de una estudiante muy asustada que nos decía:
«¡Váyanse! El Ejército se está metiendo a la residencia y se están llevando
gente. ¡Corran!». Salimos al pasillo y en efecto, por un ventanal que daba
hacia la calle Veintiséis vi cómo todo un bloque del Ejército bajaba de un
camión y entraban al trote a la universidad. Estábamos jodidos: los militares y
la policía en el mismo lugar y con los ánimos convulsos y violentos eran una
pésima combinación. Corrí a las escaleras y al asomarme hacia abajo, vi cómo
unos soldados ya estaban alcanzando el segundo piso. Se escucharon ráfagas de
metralleta y muchos gritos. Estábamos rodeados, era cuestión de tiempo para que
alcanzaran el cuarto piso y nos dispararan o nos capturaran. El desespero era
tal que algunas estudiantes comenzaron a arrojarse por los ventanales hacia el
césped, la mayoría se partían las piernas al caer, otras echaban a correr en
medio de una dolorosa cojera, y algunas otras ni se levantaban del suelo. Fue
algo macabro. Angélica me tomó del brazo y dijo: «Nosotros ni locos»,
refiriéndose a saltar por las ventanas, así que se me ocurrió ir a escondernos
en el cuarto del aseo. Cerramos la puerta y pusimos todo lo que pudimos contra
ella: escobas, traperos, baldes con agua, sillas, incluso una mesa pequeña. El
cuarto estaba totalmente oscuro y no me animé a averiguar dónde estaba el
interruptor, ya que si los militares veían luz en el cuarto sabrían que
estábamos allí.
Los
disparos sonaban cada vez más duro hasta que escuchamos uno que nos reveló la
angustia: ya estaban en el cuarto piso. El sonido de las botas pisando fuerte
se acercaba a nosotros, pero siguieron de largo, hacia el final del pasillo
donde todas las mujeres estaban agolpadas, huyéndole cada centímetro posible a
las escaleras por donde el Ejército estaba subiendo. Una ráfaga tronó por todo
el edificio y gritos ahogados tras de sí. De repente, escuché cómo intentaban
forzar la puerta del cuarto de aseo donde nos escondíamos. Angélica abrió la
boca aterrorizada y yo le puse mi mano encima para que no pudiera gritar, la
abracé con fuerza y la acerqué a mí. Ella de los nervios comenzó a morderme la
mano y en ese momento el dolor era algo que pasaba a formar parte de otro
plano, lo importante era no ser encontrados y sobrevivir.
Tras
varios intentos, la puerta se abrió de golpe y todo lo que habíamos puesto para
trancarla salió a volar. Un soldado se asomó adentro del cuarto y gritó: «Aquí
hay una parejita», y él tomó a Angélica y se la llevó mientras sollozaba y me
miraba como un animalito que sabe que va al matadero. Después, otro soldado
entró al cuarto y me tomó por el brazo. Vi cómo sus ojos se agrandaron y sentí
una punzada en el pecho: era Simón. Lo reconocí, me reconoció, ninguno
pronunció palabra. Cuando me sacó de ahí, eché un vistazo a la pared del final
del pasillo, donde todas las mujeres se encontraban tumbadas en el suelo, algunas
llorando, y en el muro manchas escarlata de sangre. Había soldados que iban y
tomaban a alguna y se la llevaban, a otras les daban toques con las botas para
comprobar si estaban vivas o muertas. Simón me llevó escaleras abajo y mientras
iba mirando a mi alrededor para tratar de ver dónde tenían a Angélica, pero ni
rastro de ella, todo cuanto pude observar eran cuerpos, no sabía si vivos o
muertos, y mucha sangre en el suelo, en las paredes y en algunas puertas de los
cuartos, muchos vidrios rotos y caos.
El recorrido fue silencioso, ni Simón ni yo hablábamos, se sentía una gran tensión. En un punto cerca del estadio, Simón me miró a los ojos y me dijo: «Corra, váyase de aquí, no diga que yo lo dejé de ir» y se dio vuelta con rumbo a las residencias de nuevo. Salí corriendo hacia el barrio Pablo VI y llegué después hasta el parque Simón Bolívar y me perdí entre sus árboles. Me senté en el tronco de un árbol caído a limpiarme el sudor de la cara y encendí un cigarrillo. Mientras fumaba con aparente apacibilidad, sentí lágrimas resbalándose por mis mejillas. Era increíble haber salido vivo de semejante campo de batalla. Miré dentro de mi mochila y aún tenía un saco de lana que me puse encima para disimular mi aspecto y poder tratar de engañar a quienes me hubieran visto en la universidad y así no ser capturado. Pensaba en Angélica y en mis amigos, a quienes dejé de ver justo en el momento en que todo explotó. Ya estaba oscureciendo y no podía ir a la universidad, tuve que pasar la noche en ese parque, con frío, hambre y sobre todo miedo.
Jueves,
17 de mayo de 1984
No dormí nada, no comí nada. Apenas el sol comenzó a asomarse
por los cerros orientales me dirigí a la universidad a buscar a mis amigos y a
Angélica. Apuré mi paso para aprovechar la neblina y la poca luz de la mañana
para no dejarme ver e ingresé por la portería vehicular. No había portero
porque la caseta de vigilancia estaba calcinada, y dos soldados que hacían la
guardia estaban descansando bajo un árbol. El sigilo y la rapidez fueron mis aliados
y me permitieron entrar. La Ciudad Blanca estaba desierta no sólo porque no
había gente, sino porque los jardines se encontraban chamuscados, agrietados,
áridos. No reconocía aquel lugar de alegrías y saberes, de libros y placeres,
de amistades y amores, de tranquilidad absoluta, mi universidad ya no era la
misma de un día atrás, sentí temor por primera vez en mi vida de estar en el
campus.
Pasando por el edificio de Medicina vi una pared que parecía
pintada de sangre de arriba a abajo con brochazos gruesos y, al acercarme cada
vez más, descubrí un gran hoyo cavado en el jardín con un montón de cuerpos
adentro, algunos blancos de cal. En el fondo distinguí los rostros de
Pocahontas y Jefferson, ¡mataron a mis amigos! No tuve tiempo de llorarlos
porque enseguida escuché pasos y voces que decían cosas ininteligibles, así que
me escondí tras un muro. Pasaron unos soldados llevando algunos muchachos y los
pusieron con la frente contra el muro rojo. Más atrás, otro militar gritaba
contento: «¡Esperen! Acá les traigo a uno del Eme», y arrastró a un joven que
no tardé en identificar como a Arturo Ortega, aunque por otro lado estaba
distintísimo: con los párpados morados e hinchados de la golpiza que le habían
dado, con sangre en los labios y con la ropa medio roída y rasgada de tantas
arrastradas a las que lo habían sometido. «Entonces el líder revolucionario va
primero» y lo pusieron también con la frente contra la pared. Mientras lo
giraban, él me vio y sonrió débilmente, luego cerró los ojos y sonaron tres
disparos secos.
Sábado, 15 de mayo de 2004
Volveré a la Universidad Nacional de Colombia, regresaré a mi
Alma Máter. Apenas me comunicaron hace dos días por correo electrónico que
querían tenerme en una conferencia en Bogotá para conmemorar los veinte años de
la masacre, empaqué lo primero que se me ocurrió y salí ansioso y expectante al
aeropuerto Heathrow de Londres. Eso sí, me aseguré de traer una copia de mi
libro para leer algunos pasajes y revelar nuevos datos de las investigaciones
que he estado realizando. Al final de la ponencia lo estarán vendiendo allí
mismo a la salida del auditorio. Mi sueño de toda la vida cumplido: publicar un
libro, aunque las historias que me llevaron a escribirlo me persiguen hasta el
día de hoy y me llenan de profunda tristeza y nostalgia. Sin embargo, estoy
lleno de valor y decidido a revelar los resultados que he encontrado tras años
de búsqueda de la verdad sobre ese día, así como los nombres de los
responsables tras los fatídicos acontecimientos, en honor a Angélica donde
quiera que esté, en memoria a Jefferson, Pocahontas y Arturo, y a todos los
compañeros y profesores desaparecidos y asesinados ese día.
Como
acaba de leer, coronel Rangel, a partir de la sucesión de los hechos narrados
en el diario, mi hipótesis es que el profesor Manrique fue asesinado por
miembros del Ejército Nacional. Sabemos que el profesor ha estado exiliado en
Inglaterra desde el año 1984 cuando ocurrió la masacre, y a partir de ahí no ha
escatimado esfuerzos en investigar quiénes fueron los responsables de los
asesinatos y las desapariciones de sus amigos y, en general, de los demás
estudiantes, además de buscar arduamente dar con el paradero de la mujer
Angélica. Desde esa fecha, el profesor Manrique no parecía ser amenaza alguna a
los altos mandos de la fuerza pública ya que no tenía muchos datos sobre lo
ocurrido. No obstante, cuando presentó su libro en la conferencia, mencionó con
nombre propio al coronel Echandía y el alias de ‘Simón’ para el soldado
infiltrado y, asimismo, responsabilizó a otros militares de las ejecuciones, de
quienes recuerda los apellidos en sus uniformes.
No
creo que sea simple casualidad que él aparezca muerto justamente un día después
de provocar revuelo nacional y mediático al hacer la revelación de esos nombres
tan contundentes en el escalafón de las fuerzas militares. Mi coronel dispondrá
de esta información como le parezca. Hasta aquí el informe de la investigación
del caso no. 655321 del dieciocho de mayo de 2004.
Escrito
por: Sebastián Mejía F.
07
de marzo de 2021

