lunes, 15 de marzo de 2021

Auto-ficción sobre el 16 de mayo de 1984 - Parte II final

 Martes, 01 de mayo de 1984

    Día del trabajo pero día en que no se trabaja. Me levanté a eso de las ocho de la mañana y salí a recorrer la Ciudad Universitaria aún con niebla de la madrugada que comenzaba a disiparse. Sobre el auditorio León de Greiff estaban los cuatro tradicionales pendones amarillos y rojos con los rostros de Marx, Engels y otras figuras. En algunas calles se veía a la gente externa a la universidad que usaba el campus para trotar y ejercitarse. Me compré un tinto y un cigarrillo y me senté en los escalones frente a la biblioteca, pensando en Simón y cómo había sido desalojado a las malas por todos los estudiantes enfurecidos que habían encontrado su libreta y su cámara. No podía creer lo estúpido que yo había sido al haberle descrito físicamente al profesor Castillo y con tanto detalle. Eso me hacía sentir culpable de su desaparición de cierto modo, era un error que no me perdonaría jamás.

    El día que Simón –a estas alturas ya ni creo que ese sea su verdadero nombre- fue descubierto como infiltrado no lo dejaron siquiera regresar a su habitación en las residencias estudiantiles. Cuando yo pasé por ahí la vi tal cual la había dejado esa mañana: limpia y arreglada. Al abrir su clóset estaba totalmente vacío, no dejó nada, lo que me hizo pensar que por supuesto él ya sabía que ese día debía irse de ahí. Nunca fue muy cercano a mí tanto como a Arturo Ortega, sin embargo, me sentí usado, traicionado, y por un momento pensé si había hablado cosas de mí a sus superiores. Aunque él sabía que yo no tenía ninguna filiación política particular, mucho menos militancia. En cambio Ortega y su simpatía por El Eme... Carajo.

Miércoles, 16 de mayo de 1984

     Fui a desayunar a la cafetería y en el camino de diez minutos que hay desde mi habitación hasta allá vi muchos graffitis en los muros que hablaban de la desaparición y tortura de un compañero estudiante, un tal Cucho Mariño. «Hoy volverá a haber tropel», pensé. En la Perola, frente a la cafetería, estaban reunidos más de cien estudiantes quienes hablaban de cómo se organizarían para la pedrea de la tarde, otros a un lado pintaban una bandera con el nombre de Mariño y agregaban que no olvidarían su crimen. Era evidente: un nuevo enfrentamiento con la policía. Pensé en Simón.

     En la tarde fui con Angélica, Jefferson, Pocahontas y Arturo a la portería de la Veintiséis para observar todo desde la comodidad del césped mientras nos tomábamos unas cervezas, porque las clases habían sido canceladas ese día. Me prendí un cigarrillo y no alcancé a darle ni dos caladas cuando se escuchó un bombazo durísimo hacia la calle y vi cómo la reja de la portería se desplomaba en medio de una humareda y policías caídos. Todos nos pusimos de pie de un salto, y mientras la policía reorganizaba su bloque de uniformados les vimos la ira en el rostro. Inmediatamente después y sin pensarlo, comenzaron a ingresar a la universidad en motocicletas de a dos policías: uno que conducía y otro que iba atrás cogiendo a los estudiantes que se les atravesaran en el camino, disparando a mansalva sin preocuparse por quien tenían delante. Fue una escena aterradora.

    Cuando miré a Angélica, ella tenía lágrimas de miedo y horror en sus ojos, y mis amigos estaban paralizados del miedo. Yo en ese momento no lo pensé, tomé a Angélica de la mano y echamos a correr lo más lejos posible de la puerta caída de la Veintiséis, sin rumbo, sólo esperando alejarnos. Cuando pasamos por las residencias femeninas, ella me pidió que me escondiera con ella allá arriba, y subimos. Las mujeres adentro del edificio corrían de un lado a otro, desesperadas, sin saber qué hacer, a dónde ir. Yo me encerré con Angélica en su habitación del cuarto piso. Se escuchaban disparos por doquier, gritos de la gente y el sonido de los motores de los vehículos policiales. Nunca nos hubiéramos imaginado semejante situación, todo estaba terriblemente mal. Me asomé discretamente por la ventana y vi cómo en los caminos y en las calles de la Ciudad Universitaria se esparcían los cuerpos, algunos malheridos y otros muertos, de estudiantes y profesores que iban siendo arrasados al paso demoledor de las motos de la policía.

Nos golpearon en la puerta. Con mucha cautela, la abrí lentamente para ver por una rendija quién era y se trataba de una estudiante muy asustada que nos decía: «¡Váyanse! El Ejército se está metiendo a la residencia y se están llevando gente. ¡Corran!». Salimos al pasillo y en efecto, por un ventanal que daba hacia la calle Veintiséis vi cómo todo un bloque del Ejército bajaba de un camión y entraban al trote a la universidad. Estábamos jodidos: los militares y la policía en el mismo lugar y con los ánimos convulsos y violentos eran una pésima combinación. Corrí a las escaleras y al asomarme hacia abajo, vi cómo unos soldados ya estaban alcanzando el segundo piso. Se escucharon ráfagas de metralleta y muchos gritos. Estábamos rodeados, era cuestión de tiempo para que alcanzaran el cuarto piso y nos dispararan o nos capturaran. El desespero era tal que algunas estudiantes comenzaron a arrojarse por los ventanales hacia el césped, la mayoría se partían las piernas al caer, otras echaban a correr en medio de una dolorosa cojera, y algunas otras ni se levantaban del suelo. Fue algo macabro. Angélica me tomó del brazo y dijo: «Nosotros ni locos», refiriéndose a saltar por las ventanas, así que se me ocurrió ir a escondernos en el cuarto del aseo. Cerramos la puerta y pusimos todo lo que pudimos contra ella: escobas, traperos, baldes con agua, sillas, incluso una mesa pequeña. El cuarto estaba totalmente oscuro y no me animé a averiguar dónde estaba el interruptor, ya que si los militares veían luz en el cuarto sabrían que estábamos allí.

Los disparos sonaban cada vez más duro hasta que escuchamos uno que nos reveló la angustia: ya estaban en el cuarto piso. El sonido de las botas pisando fuerte se acercaba a nosotros, pero siguieron de largo, hacia el final del pasillo donde todas las mujeres estaban agolpadas, huyéndole cada centímetro posible a las escaleras por donde el Ejército estaba subiendo. Una ráfaga tronó por todo el edificio y gritos ahogados tras de sí. De repente, escuché cómo intentaban forzar la puerta del cuarto de aseo donde nos escondíamos. Angélica abrió la boca aterrorizada y yo le puse mi mano encima para que no pudiera gritar, la abracé con fuerza y la acerqué a mí. Ella de los nervios comenzó a morderme la mano y en ese momento el dolor era algo que pasaba a formar parte de otro plano, lo importante era no ser encontrados y sobrevivir.

Tras varios intentos, la puerta se abrió de golpe y todo lo que habíamos puesto para trancarla salió a volar. Un soldado se asomó adentro del cuarto y gritó: «Aquí hay una parejita», y él tomó a Angélica y se la llevó mientras sollozaba y me miraba como un animalito que sabe que va al matadero. Después, otro soldado entró al cuarto y me tomó por el brazo. Vi cómo sus ojos se agrandaron y sentí una punzada en el pecho: era Simón. Lo reconocí, me reconoció, ninguno pronunció palabra. Cuando me sacó de ahí, eché un vistazo a la pared del final del pasillo, donde todas las mujeres se encontraban tumbadas en el suelo, algunas llorando, y en el muro manchas escarlata de sangre. Había soldados que iban y tomaban a alguna y se la llevaban, a otras les daban toques con las botas para comprobar si estaban vivas o muertas. Simón me llevó escaleras abajo y mientras iba mirando a mi alrededor para tratar de ver dónde tenían a Angélica, pero ni rastro de ella, todo cuanto pude observar eran cuerpos, no sabía si vivos o muertos, y mucha sangre en el suelo, en las paredes y en algunas puertas de los cuartos, muchos vidrios rotos y caos.

    El recorrido fue silencioso, ni Simón ni yo hablábamos, se sentía una gran tensión. En un punto cerca del estadio, Simón me miró a los ojos y me dijo: «Corra, váyase de aquí, no diga que yo lo dejé de ir» y se dio vuelta con rumbo a las residencias de nuevo. Salí corriendo hacia el barrio Pablo VI y llegué después hasta el parque Simón Bolívar y me perdí entre sus árboles. Me senté en el tronco de un árbol caído a limpiarme el sudor de la cara y encendí un cigarrillo. Mientras fumaba con aparente apacibilidad, sentí lágrimas resbalándose por mis mejillas. Era increíble haber salido vivo de semejante campo de batalla. Miré dentro de mi mochila y aún tenía un saco de lana que me puse encima para disimular mi aspecto y poder tratar de engañar a quienes me hubieran visto en la universidad y así no ser capturado. Pensaba en Angélica y en mis amigos, a quienes dejé de ver justo en el momento en que todo explotó. Ya estaba oscureciendo y no podía ir a la universidad, tuve que pasar la noche en ese parque, con frío, hambre y sobre todo miedo.



Jueves, 17 de mayo de 1984

     No dormí nada, no comí nada. Apenas el sol comenzó a asomarse por los cerros orientales me dirigí a la universidad a buscar a mis amigos y a Angélica. Apuré mi paso para aprovechar la neblina y la poca luz de la mañana para no dejarme ver e ingresé por la portería vehicular. No había portero porque la caseta de vigilancia estaba calcinada, y dos soldados que hacían la guardia estaban descansando bajo un árbol. El sigilo y la rapidez fueron mis aliados y me permitieron entrar. La Ciudad Blanca estaba desierta no sólo porque no había gente, sino porque los jardines se encontraban chamuscados, agrietados, áridos. No reconocía aquel lugar de alegrías y saberes, de libros y placeres, de amistades y amores, de tranquilidad absoluta, mi universidad ya no era la misma de un día atrás, sentí temor por primera vez en mi vida de estar en el campus.

     Pasando por el edificio de Medicina vi una pared que parecía pintada de sangre de arriba a abajo con brochazos gruesos y, al acercarme cada vez más, descubrí un gran hoyo cavado en el jardín con un montón de cuerpos adentro, algunos blancos de cal. En el fondo distinguí los rostros de Pocahontas y Jefferson, ¡mataron a mis amigos! No tuve tiempo de llorarlos porque enseguida escuché pasos y voces que decían cosas ininteligibles, así que me escondí tras un muro. Pasaron unos soldados llevando algunos muchachos y los pusieron con la frente contra el muro rojo. Más atrás, otro militar gritaba contento: «¡Esperen! Acá les traigo a uno del Eme», y arrastró a un joven que no tardé en identificar como a Arturo Ortega, aunque por otro lado estaba distintísimo: con los párpados morados e hinchados de la golpiza que le habían dado, con sangre en los labios y con la ropa medio roída y rasgada de tantas arrastradas a las que lo habían sometido. «Entonces el líder revolucionario va primero» y lo pusieron también con la frente contra la pared. Mientras lo giraban, él me vio y sonrió débilmente, luego cerró los ojos y sonaron tres disparos secos.

Sábado, 15 de mayo de 2004

     Volveré a la Universidad Nacional de Colombia, regresaré a mi Alma Máter. Apenas me comunicaron hace dos días por correo electrónico que querían tenerme en una conferencia en Bogotá para conmemorar los veinte años de la masacre, empaqué lo primero que se me ocurrió y salí ansioso y expectante al aeropuerto Heathrow de Londres. Eso sí, me aseguré de traer una copia de mi libro para leer algunos pasajes y revelar nuevos datos de las investigaciones que he estado realizando. Al final de la ponencia lo estarán vendiendo allí mismo a la salida del auditorio. Mi sueño de toda la vida cumplido: publicar un libro, aunque las historias que me llevaron a escribirlo me persiguen hasta el día de hoy y me llenan de profunda tristeza y nostalgia. Sin embargo, estoy lleno de valor y decidido a revelar los resultados que he encontrado tras años de búsqueda de la verdad sobre ese día, así como los nombres de los responsables tras los fatídicos acontecimientos, en honor a Angélica donde quiera que esté, en memoria a Jefferson, Pocahontas y Arturo, y a todos los compañeros y profesores desaparecidos y asesinados ese día.

 

Como acaba de leer, coronel Rangel, a partir de la sucesión de los hechos narrados en el diario, mi hipótesis es que el profesor Manrique fue asesinado por miembros del Ejército Nacional. Sabemos que el profesor ha estado exiliado en Inglaterra desde el año 1984 cuando ocurrió la masacre, y a partir de ahí no ha escatimado esfuerzos en investigar quiénes fueron los responsables de los asesinatos y las desapariciones de sus amigos y, en general, de los demás estudiantes, además de buscar arduamente dar con el paradero de la mujer Angélica. Desde esa fecha, el profesor Manrique no parecía ser amenaza alguna a los altos mandos de la fuerza pública ya que no tenía muchos datos sobre lo ocurrido. No obstante, cuando presentó su libro en la conferencia, mencionó con nombre propio al coronel Echandía y el alias de ‘Simón’ para el soldado infiltrado y, asimismo, responsabilizó a otros militares de las ejecuciones, de quienes recuerda los apellidos en sus uniformes.

No creo que sea simple casualidad que él aparezca muerto justamente un día después de provocar revuelo nacional y mediático al hacer la revelación de esos nombres tan contundentes en el escalafón de las fuerzas militares. Mi coronel dispondrá de esta información como le parezca. Hasta aquí el informe de la investigación del caso no. 655321 del dieciocho de mayo de 2004.    


Escrito por: Sebastián Mejía F.

07 de marzo de 2021

lunes, 8 de marzo de 2021

Auto-ficción sobre el 16 de mayo de 1984 - Parte I

Bogotá D.C.

18 de mayo de 2004

Señor

Coronel Rangel

Asunto

Aportes a la investigación del caso no. 655321.

 

Respetado coronel:

A continuación transcribo algunos apartados del diario del profesor Manrique, encontrado en el cajón de la mesa de noche de su apartamento en Bogotá, el día diecisiete de mayo de 2004 a las veintitrés horas con catorce minutos. Me parecen pedazos importantes porque podrían aclarar un poco el móvil del asesinato, así como intentar dilucidar la identidad de el/los perpetradores del mismo. Al final de la presente encontrará mi hipótesis. Lo siguiente es información clasificada:

 

Lunes, 6 de febrero de 1984

Seis de la mañana. No me sonó la alarma pero mi compañero de cuarto, Jefferson, me despertó quitándome las cobijas y diciendo a grito herido: «levántate, huevón. No vayas a empezar el semestre llegando tarde», mientras me alcanzaba una taza de café caliente recién traída de la greca del pasillo del tercer piso de las residencias estudiantiles. Pensé en la clase de siete y la pereza me empezó a hablar con voz de mala conciencia: igual hoy es el primer día, nunca dicen nada importante en la primera clase. Quería seguir en mi cama por lo menos un par de horas más, hasta que vi que se abría la puerta y contra ella se apoyó Angélica en una blusa vinotinto, jean de bota ancha y sandalias de tacón. A través de sus negros lentes semi-redondos de marco grueso pude ver los ojos color miel que brillaban con ayuda del sol de la mañana. «Santi, ¿vamos a desayunar antes de clase o ya comiste?» me dijo, a lo que Jefferson le respondió: «Este haragán apenas se despertó, o bueno, lo desperté yo, o si no ahí seguiría durmiendo». Qué vergüenza con ella, no puedo negar que odié un poco a mi compañero por ese comentario, pero en lugar de reprocharle algo lo ignoré, le pedí a Angélica que me diera cinco minutos mientras me vestía.

     La cafetería estaba atestada de estudiantes. Mientras hacíamos la fila para llegar al mostrador y pedir el desayuno, algunas personas nos repartieron volantes para un cine-club que recién inauguraban ese semestre en algún auditorio del edificio de Ciencias Humanas. ‘El Anti hollywoodense’ se complacía en presentar ‘A bout de Souffle’ de Jean-Luc Godard, será este viernes y al finalizar nos darán vino para celebrar su primera función. Espero que Angélica me diga que sí.

     A la hora del almuerzo me encontré con Arturo Ortega. Me contó que ya este semestre comienza sus prácticas en psicología organizacional. Probablemente le pagarán según él, así que ya tendrá con qué invitar a salir a Jennifer, aunque eso depende de la empresa que acceda a contratarlo, por ahora está en veremos. Me presentó a un compañero que conoció jugando ajedrez en el Jardín de Freud, su nombre es Simón González. Me cayó muy bien, aunque la verdad no sabía nada de las cosas que hablábamos entre Arturo y yo, sólo asentía o negaba con la cabeza para llevarnos la idea y supongo que para sentirse incluido en la conversación. Es su primer semestre acá en Bogotá, viene desplazado de Nariño por los paramilitares. Allá era estudiante de universidad pública, por lo que los paras ya le habían montado inteligencia pensando que hacía parte de un grupo subversivo, y por eso se ensañaron con su casa, le prendieron fuego y cuando la familia percibió el olor a quemado les tocó salir corriendo con lo que pudieron agarrar. Llegaron a Bogotá hace menos de un mes. Simón está buscando que la universidad le pueda dar una cama en las residencias.

     Lo percibí bastante interesado en la universidad y me dio tanto gusto que fuera así, últimamente los estudiantes nuevos no quieren conocer ni el campus, ni las historias de sus compañeros, nada, sólo vienen a clase y se van. Simón, en cambio, sí nos preguntó muchas cosas a nosotros, algunas hasta muy personales. Me causó mucha curiosidad que preguntara insistentemente dónde quedaba el edificio de Química, pues él es estudiante de Sociología, así que nada que ver una cosa con la otra; sin embargo, lo llevamos.

     Ahora en la noche destapamos un aguardiente que Simón nos compró como muestra de gratitud por haberlo acompañado en su primer día, por haberle mostrado el campus y por hacerlo sentir bien en una gran ciudad desconocida para él. Éstas son las últimas líneas de este día porque la borrachera que cargo se empieza a hermanar con Morfeo, así que la cama me espera... y mañana otra clase de siete.

Viernes, 10 de febrero de 1984

     Estuvimos en la sesión de bienvenida del cine-club ‘El Anti hollywoodense’. Arturo llevó a Jennifer, yo fui con Angélica, y Jefferson fue solo a conocer a las primíparas, a ver quién le paraba bolas. Al final de la proyección tomamos el vino que nos prometieron en el volante del lunes, y el ambiente estuvo bastante animado, pusieron salsa y Angélica me quiso enseñar a bailar. Si no hubiera tenido unos tragos encima me habría negado, pero la valentía –y el deseo- que despertó el vino me hizo soltarme un poco y poder dar unos pasos al lado de esa rubia que me tenía loco desde hacía un par de semestres atrás. La salsa y la mona me hicieron sentir en la novela de Andrés Caicedo, yo la veía moverse al ritmo de la música, con esa sonrisa que a su vez me hacía sonreír a mí como un bobo, y repetía en mi mente: ‘Soy rubia. Rubísima. Soy tan rubia que me dicen: ‘mona, no es sino que aletee ese pelo sobre mi cara y verá que me libra de esta sombra que me acosa’’. Aunque admito que ya ese libro no me gusta tanto como en 1978 que llegó a mis manos, un año después que su autor se suicidara en Cali.

     Al caminar de regreso a las residencias estudiantiles, Angélica me dijo que tendría que tomar clases de salsa, pero con ella, y le prometí que sería la única de la que me dejaría enseñar. Y se rio dejando ver sus dientes delanteros de conejo, tan bellos que no pude evitar tomarla de la nuca y dulcemente acercarla a mi boca para estrellarnos en un beso suave y prístino. Era el primero que nos dábamos. Ella me miró y dijo: «Tonto», y me asusté porque pensé que había sido imprudente, o que no le había gustado, hasta que complementó con un «te estabas demorando demasiado», y nos echamos a reír, y luego era ella la que tomaba la iniciativa y me acercaba a sus labios con su mano puesta en mi cabello. Duramos besándonos unos diez minutos hasta que Jefferson apareció de la mano de una joven con el cabello negro, liso y larguísimo, hasta la cintura, y nos gritó: «Ya era hora, carajo. Rompan toda esa tensión acumulada».

     Nos despedimos, ella se fue a las residencias femeninas y cuando yo me acercaba a la puerta de las residencias masculinas, vi a Simón sentado en las escaleras junto a Arturo, quién daba largos sorbos a una botella de whisky barato. Había estado llorando, lo noté cuando él abrió los ojos y los vi vidriosos y un poco rojos, adiviné lo que estaba pasando. Me dijo que me había visto desde su cuarto besándome con Angélica, pero que él no había corrido con tanta suerte: Jennifer le había confesado que estaba saliendo con un muchacho de ingeniería, que entre ella y Arturo no había más que un lazo de amistad que sería inquebrantable, porque no tenía interés romántico alguno en él. Simón me miró y me advirtió: «No busque que entre en detalles, está ebrio, dolido y violento», y me enseñó su rostro hacia la luz de la farola donde tenía una pequeña herida sangrante debajo del ojo, producto de un puño.

     Estuvimos hasta las dos de la madrugada hasta que Arturo ya no podía más de la borrachera, y nos tocó subirlo con Simón, prepararle un tinto bien cargado y casi que hacérselo tomar a la fuerza. Después de eso, lo acostamos en su cuarto y se durmió instantáneamente. Cuando salimos, invité a Simón un cigarrillo, y mientras fumábamos en el frío amanecer bogotano, me contó que Arturo tenía ideas algo subversivas, que era un comunista, y se rio. Habían estado hablando de política, y en un punto de la discusión, Ortega se calentó y le dijo a Simón que era un facho, de ahí la herida debajo de su ojo. Me advirtió que tuviera cuidado con él, lo que me pareció bastante impertinente de su parte porque he sido amigo de Arturo durante tres años, y él lleva apenas una semana hablando con nosotros.

Martes, 13 de marzo de 1984

Todo marcha perfectamente bien: el semestre, mi relación con Angélica, la relación de Jefferson con su ‘Pocahontas’ –como él la llama- y mi situación familiar, porque por fin me arreglé con mis papás. Estuvieron aquí el domingo visitándome, me trajeron dinero y algunas cosas de comer. ¡Cómo extraño la comida casera! Arturo poco a poco va superando la decepción que le produjo Jennifer, y Simón se ha venido incorporando más a nuestro grupo. Ahora forma parte de un grupo de estudios en Química, por eso es que quería que le mostráramos ese edificio, dice que él siempre ha tenido interés por la ciencia, pero que al ingresar a la universidad sintió que su misión de cambiar al país no estaría entre los átomos, las fórmulas y los números, sino en las ciencias sociales. Aun así, no desaprovechó la oportunidad de trabajar su gusto en el laboratorio, con las reuniones de química para aficionados. Además, últimamente se le está despertando el radicalismo, nosotros le decimos por molestar que sólo bastó un mes en Sociología para que ya la ideología le hubiera absorbido la identidad.

Yo siempre he estado alejado de los grupos radicales de la universidad; sin embargo, me gusta hablar con ellos en los prados, sentarme a oír sus ideas, debatir con argumentos y objetividad, aunque en ocasiones –si lo siento adecuado- expreso mis opiniones personales. A algunos les molesta que les cuestione la violencia como método, pero otros aceptan que es un error y por eso trabajan desde la intelectualidad, desde los grupos de estudio. Simón está buscando uno para unirse. Arturo no es militante de ninguno, pero simpatiza con los ideales de ‘El Eme’, así que conoce a algunas personas dentro de ese movimiento. Ninguno de sus conocidos es defensor de la violencia ni de las armas, yo he cruzado palabras con algunos de ellos y son estudiantes y profesores que viven con libros bajo el brazo, con sacos de lana y mochilas arhuacas, los típicos mamertos salidos de una caricatura. Es gente muy inteligente que ha leído la historia del país desde distintos puntos de vista, y por eso es que cada vez que hablamos me dejan una nueva reflexión y varios títulos que voy a ojear con curiosidad a la biblioteca. Arturo quedó de presentar a Simón ante esos muchachos para que hablen entre ellos y quizás lo puedan aceptar en el grupo.

Miércoles, 28 de marzo de 1984

     Simón ha sido aceptado en el grupo de estudios de ‘El Eme’, nos lo contó cuando lo vimos en el jardín de Freud compartiendo unos aguardientes con un muchacho alto, flaco, de lentes circulares y boina, y una incipiente barba de chivo con más parches que pelo en sí. Él era el responsable de decidir quién entraba y quién no, y la historia del desplazamiento de Simón lo cautivó, además de haber observado en él unas ganas inmensas de cambiar el país mezcladas con el pueril idealismo de los estudiantes de primer semestre: era el elemento perfecto. Nos sentamos con el flaco Landinez en el césped para seguir tomando mientras escuchábamos a Rubén Blades y cantábamos bastante desafinados pero con sentimiento. «Lo que este tipo canta es la realidad de los pueblos latinoamericanos, nos invita a despertar, compañeros», dijo el flaco. Simón, enérgica y lambonamente respondió: «Sí, señor, así es la vaina». Yo sólo asentí y bebí para no tener que responder nada. «Acá el compañero ya tomó la decisión de unirse a nuestro grupo de estudios, lo veo ávido de conocimiento. Su primera tarea es leerse ‘Las venas abiertas de América Latina’, del gran Eduardo Galeano, para que se vaya despertando del sueño en el que nos tienen los gobiernos opresores de todo el continente» soltó Landinez y nos miró a todos con ojos expectantes, a ver quién sería el primero en aplaudir o vitorear su oratoria. Nadie dijo nada.

Un rato después, él comenzó a bombardearnos con un montón de nombres que ya ni recuerdo, pero que González anotó en una libreta: que éste, que aquel, que fulanito, que zutanito, que todos ellos eran estudiantes comprometidos, sensibles a la realidad política, que ellos se sentían inconformes con la injusticia, que la universidad y el movimiento estudiantil les debían mucho, etc., y Simón, como fiel escribano, anotaba cada detalle con atención. En algún punto soltó un nombre que yo conocía, era un gran profesor que nos había dictado la materia de ‘Psicoanálisis, cultura y política’ el semestre anterior. José Iván Castillo, qué increíble maestro, nos hizo cuestionarnos la realidad política y social del mundo, del ser y su interacción con los otros, no sabía que tenía afinidad con ‘El Eme’, mucho menos que impartía sus lecciones también al grupo de estudio. Eso fue lo que le expliqué a Simón apenas abrió sus grandes ojos que buscaban referencias de aquel hombre, pareció bastante interesado en su figura sobre todo.

«Es un profesor de estatura media, con barba poblada y canosa, cabello medio corto y desordenado que intenta formar bucles. No está gordo pero tiene un poco de panza, viste siempre con chalecos de lana puestos sobre camisas, sus anteojos son de carey y cuando piensa se pone a peinar sus bigotes con los dedos índice y pulgar, del centro hacia afuera», le dije yo. Después de eso, seguimos tomando un poco más y Simón se fue a llamar a su mamá que estaba en Nariño.

Jueves, 19 de abril de 1984

     El día de ‘El Eme’. Me levanté a las nueve de la mañana porque la clase fue cancelada. Los profesores y en general toda la universidad saben que este día siempre hay algún tropel conmemorativo a la fundación del Movimiento. Sin perder este detalle, quise buscar a Simón para felicitarlo de alguna forma, ya que sería el primero de quién sabe cuántos años en los que él debería celebrar la fecha junto a su grupo de estudio y demás simpatizantes en mayor o menor grado de ellos. Arturo era afín a su ideología, pero yo nunca lo felicitaba ya que no era militante. Fui hasta la greca para servirme mi café y el de Simón, luego, aún en pijama y sin peinarme, lo busqué en su cuarto, pero su cama estaba tendida, la ropa recogida, el suelo barrido y limpio. Nadie me supo dar razones de él, ni siquiera lo vieron salir, por lo que creo fue muy temprano en la mañana. Me vestí rápidamente y salí a desayunar, supuse que él estaría allí.

     Me encontré a Jefferson, quien estaba explicándole a Pocahontas unas cuantas cosas acerca de cómo son los distintos tipos de discursos que Lacan había tipificado. «Carajo, Jefferson, está muy temprano para que enredes así a la niña. Hombre, no hay derecho», le dije mientras me acercaba a su mesa, esbozándoles una sonrisa. Pocahontas me saludó con un beso en la mejilla, y Jefferson me dio un abrazo mientras me decía: «Lacan, viejito, para recordar al maestro», y Pocahontas le pegó un codazo en las costillas mientras le reprendió: «No digas eso, oye. Dijeron que había desaparecido, no que había muerto». En ese momento mi semblante cambió, entendí que por ‘maestro’ no se referían a Lacan sino a algún profesor de la universidad.

Cuando me senté -y ante mi desconcierto que se me notaba en la cara, supongo-, Jefferson comenzó a explicarme que desde hacía una semana no se había vuelto a ver al profesor Castillo por el campus, ni por el edificio de la Facultad. Se rumoraba que había desaparecido porque una profesora de psicología social, muy cercana a él, lo había intentado contactar no sólo por teléfono, sino yendo a su propio apartamento una noche, y duró como media hora timbrando en su puerta hasta que una vecina salió y le dijo que desde hacía unos días él no había ido a su domicilio. En seguida recordé que el flaco Landinez lo había mencionado en su discurso aquella tarde en el jardín de Freud, al calor de unos aguardientes. «Mierda, eso fue por su filiación al Eme», dije yo, y ellos que aparentemente ya lo sabían no hicieron otra cosa que asentir y darme la razón en silencio.

     En la tarde, a eso de las dos, después de almuerzo, se formaron los encapuchados en la Plaza Ché, dieron su discurso conmemorativo, gritaron algunas consignas, exhortaron a los estudiantes a defender sus derechos y a la Universidad Pública como institución a nivel nacional, repudiaron la opresión, la injusticia y la persecución política, y finalizaron con la noticia de la desaparición del profesor Castillo. «El Ejército colombiano ha secuestrado vilmente a un miembro de nuestra Alma Máter, un docente muy valioso para la institución: el compañero José Iván Castillo, del departamento de Psicoanálisis y Cultura. No podemos permitir que este crimen de lesa humanidad pase desapercibido, no dejemos que su desaparición quede en indiferencia y olvido. Los invito, comunidad universitaria, a que nos hagamos oír en las calles de la capital. ¡Adelante!», y la alocución finalizó con las ‘papas bomba’ a todo dar en medio de aplausos y silbidos de júbilo.

La multitud se dividió en dos: unos fueron con rumbo a la portería de la calle Veintiséis y otros con rumbo a la calle Cuarenta y cinco. A lo lejos, al otro lado de las calles, se veía a la fuerza pública formada, preparada para la acción, y dio comienzo el tropel. Nosotros nos quedamos unos pasos más atrás de espectadores.

     A eso de las seis y media de la tarde todo acabó, quedaron los escombros de piedras, ladrillos y palos por todo el camino arbolado que lleva a la Plaza Ché. Tenía ganas de un tinto y una empanada y me fui con mis amigos a la cafetería. Al llegar, nos encontramos un montón de gente indignada, gritando y rodeando algo, o a alguien. Preguntamos qué pasaba allí, y un estudiante nos contestó: «cogieron a un hijueputa tira». Nos acercamos más a ver de quién se trataba y me quedé de una pieza cuando vi que Simón González se encontraba en el suelo sangrando y golpeado fuertemente quién sabe por cuántos, mientras Arturo Ortega trataba de calmar a la multitud y asegurarles que Simón no era ningún tira, que era un estudiante nuevo, venía desplazado de Nariño por los paras, no había manera en la que él fuera un policía o un militar infiltrado, ya llevaba siendo amigo de él más que de nosotros desde febrero, a comienzos de semestre. Vivía en el segundo piso de las residencias estudiantiles y asistía a clases puntualmente, además, se encontraba en dos grupos de estudio.

     «Ése fue el que vendió al profe Castillo», «este chino hacía parte del grupo del Eme, los estudió de pies a cabeza y fue a ‘sapear’ todo», decían por ahí distintas personas. Yo no lo podía creer, a pesar que no fuera un amigo cercano sabía que no podía ser porque Arturo no metía las manos al fuego por nadie pero por él lo estaba haciendo y frente a una horda enfurecida de estudiantes, además. De repente, los recuerdos de Simón tomando nota de todos los nombres que decía el flaco Landinez y su interés por el profesor Castillo me vinieron a la mente y, claro, mi profunda estupidez al describirle de forma detallada al profe. Maldita sea, metí la pata. ¿Sería verdad que él era un tira y todo este tiempo nos había estado sacando información?

     Una estudiante que revisaba con cuidado la mochila de Simón gritó de repente: « ¡Miren! Esta es la cámara con la que estaba fotografiando a los compañeros y en su libreta tiene anotados todos los lugares donde se reunían con el grupo de estudios, incluso tiene la descripción física de Castillo». Carajo, sí la embarré, soy un imbécil por haberle dicho eso a alguien que en realidad no conocía bien, pero pensé que se trataba de puro interés académico, quizás para hacerle preguntas o yo qué sé. Vi que Arturo se volteó y miró a Simón, y éste no le dijo nada. La decepción se le notaba en los ojos a Ortega, quien no supo qué decir y simplemente se hizo a un lado caminando cabizbajo.


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sábado, 20 de febrero de 2021

Breve descripción

    De repente, la puerta del bar se abrió y entró alguien. Era un joven de estatura media, con el cabello un poco largo que se iba ondulando más a medida que se acercaba a las puntas. Vestía de negro, lo que hacía que su rostro pálido resaltara a pesar de la tenue luz que había adentro. Se sentó a escasos metros de la única persona que había allí, frente a la barra. En el bolsillo de la camisa resaltaba un paquete de cigarrillos, del cual sacó uno, se lo llevó a la boca y al encenderlo el fuego iluminó su cara, dejando ver un par de ojos cafés claros. Pidió un whisky y una canción de los Rolling Stones para acompañar su trago.

    Toda la vida había vivido en Bogotá. Le gustaba recorrerla a pie, meterse por calles que nunca antes había visto, esperando que lo llevaran a algún lugar interesante. Uno de sus lugares favoritos en la ciudad era la Universidad Nacional. Pasaba allí casi todo el día, y cuando no estudiaba la recorría con sus amigos de arriba a abajo, acostándose de cuando en cuando en el césped a descansar, a hablar de todo y de nada, a jugar cartas, y a reír entre sorbos de cerveza.

    Coleccionaba música en formato de vinilo, decía que así las canciones sonaban más fieles a las versiones originalmente grabadas, y la experiencia de escuchar un disco era más completa, más real. Sus grandes pasiones eran la literatura y los Beatles. Aunque en realidad escuchaba de todo: salsa, jazz, música clásica, electrónica y música de los ochentas. Iba mucho a cine, no importando la compañía; sin embargo, en esos espacios le gustaba disfrutar de su entera soledad. Siempre le había huido a ésta, pero desde que las circunstancias empezaron a demandarle tiempo a solas, se fue acostumbrando a no estar más que con sus propios pensamientos, y finalmente descubrió que sin alguien a su lado también podía disfrutar de los planes que le gustaban: desde tomarse un café hasta ir a un concierto.

    Vivía fascinado y enamorado del pasado que nunca vivió, sobre todo con las décadas de los sesentas y setentas, no sólo porque de esos años era su música favorita, sino por el estilo de vida, la cultura y demás. Al vivir en los tiempos actuales no le quedaba más remedio que vivir esos años desde la añoranza y la literatura. 

Auto-ficción sobre el 16 de mayo de 1984 - Parte II final

  Martes, 01 de mayo de 1984      Día del trabajo pero día en que no se trabaja. Me levanté a eso de las ocho de la mañana y salí a recorrer...