Pocas cosas en la vida me gustan más que fumar. Mi historia con el cigarrillo podría remontarse al comienzo de mi historia misma. Desde pequeño me gustó el olor que salía de esos pequeños tubitos humeantes y quemados que la gente se metía a la boca, y que se consumían al tiempo que el licor en los vasos de cristal. Sumado a esto, me parecía digno de un acto de magia ver que los fumadores expulsaran humo, algunos con refinada técnica, otros con torpeza cuando no afán. Mi padre olía a los tubos humeantes, mi padre sabía expulsar el humo por cada fosa de la nariz cuando yo, emocionado, le decía «papi, haz como un dragón». Esa es una imagen que conservo viva en mi memoria, fresca como un óleo en un taller de artista. Fue un fumador consumado, asiduo al mundo de Marlboro where the flavour is; claro que en el ocaso de su hábito se había cambiado a los Mustang, -que por ese entonces era una marca nacional de cigarrillos, hoy desaparecida- porque eran más baratos.
Siempre que veía a alguien entregado al tabaco en alguna esquina, en algún centro comercial, en las afueras de algún restaurante me llegaba el olor y yo me deleitaba como quien está en una pradera oliendo cada flor que se le aparece en el camino. Además, veía en el fumar y en los fumadores un dejo de sofisticación, de elegancia, y me sentía atraído por estas presencias. En mi casa siempre me dijeron que no fumara, que era malo para la salud, que mi papá había caído en eso porque se había dejado tentar por las malas amistades, pero era demasiado tarde: sin yo haber probado el primer cigarrillo de mi vida ya estaba embelesado por su olor y su ser, me faltaba conocer el sabor.
Mi padre comenzó como yo, o más bien, yo comencé como él: en la adolescencia y con los amigos del colegio. Aunque en realidad mi primer contacto fue en la terraza de mi primer apartamento. Tendría yo diez años cuando mi afición por quemar cosas con una lupa me llevó una soleada mañana de sábado a recoger hojas secas para verlas arder bajo el lente. Tras unos minutos quemándolas, decidí probar con nuevos objetos, y saqué una vela, luego una caja de leche, luego un sobre de mentas, en fin, hasta que en una matera vacía había una colilla de cigarrillo. Yo la tomé, y antes que nada la olí: el perfume de tabaco que me encantaba. Examinándola mejor me di cuenta que no era sólo el filtro, sino que aún quedaba un poco de papel blanco con la triturada planta dentro. En ese momento tuve una epifanía, la vida me hablaba, me decía que esa era la oportunidad que siempre había esperado para probarlo y saber si mi gusto validaba la experiencia completa, o si me quedaría sólo con el deleite de su olor, renunciando así para siempre a ser uno más de los profetas del humo. Al quemar el extremo, se quedó encendido y el humo comenzó a danzar con el viento, frente a mí -cosa extraña, ya que para encender un cigarrillo y mantenerlo prendido hay que aspirar un poco, 'carburarlo' que llaman-. La serie de coincidencias me hicieron ver que era el momento ideal: no podía dejarlo pasar, y me lo llevé a la boca, aspiré y... una picazón en la garganta me provocó un ataque de tos y el humo salía en estertores. «¿Cómo alguien podía gustar de semejante tortura? Y para colmo, varias veces al día», pensé.
Esa tarde le pregunté a mi papá que por qué fumaba si eso daba una tos terrible, según decía una revista, hmm hmm. Me contestó que por pura adicción, que ya lo hacía automáticamente, que más que gusto era una necesidad adquirida por su insensatez de haberse decidido a probarlo, y me instó a jamás hacerlo. Sentí sabio ese consejo después de haber probado en carne propia las molestas sensaciones y pensé que debería conformarme con la estética ajena de los cigarrillos y con los olores que me llegaran. Pero eso, como cualquier patada de ahogado, sería vano.
A la edad de dieciséis, estando en grado once, teníamos que asistir a los famosos pre-Icfes todos los sábados, de ocho de la mañana a medio día. En las tardes ya éramos seres libres y digamos que autónomos, y fue en ese año que comencé a coquetear con la vida casi adulta de poder salir solo o con amigos sin que hubiera algún papá acompañándonos. Las calles eran nuestras y nos paseábamos a nuestro antojo, tomábamos tinto creyéndonos señores, jugábamos fútbol en cualquier parque hasta que se nos iba el sol y se nos hinchaba el pecho cuando llegábamos a la casa de algún amigo y nos daban una cerveza. ¡Qué lindo era ser grande en un mundo de adolescentes!, que por supuesto no era el mundo real. En una de esas tardes, me bajé con un amigo en la autopista porque iríamos a explorar unos parques al norte de Bogotá, y cuando le íbamos a hacer la parada al bus, un compañero de nosotros que había estado ese día en pre-Icfes se bajó con nosotros. Empezamos a charlar los tres mientras él caminaba hacia su casa, y se detuvo en una chaza a comprar un Kool, un cigarrillo mentolado. Nos miró y dijo:
—¿Quieren uno?
—Sí —respondió mi amigo. Yo sólo dije: —bueno.
Lo prendió, se despidió fumando y se fue. Yo sabía que era mentolado porque alguna vez mi papá se quejó que en el domicilio de la cigarrería le habían enviado unos por error, y esos cigarrillos eran completamente blancos, no tenían el filtro anaranjado con las pinticas. Mi amigo se acercó a una chaza distinta, pidió fuego pero no tenía ni idea de cómo prenderlo y ya lo iba a quemar por el filtro, hasta que yo le dije que no. Él estaba nervioso, el encendedor llevaba un vaivén en su mano temblorosa y el dueño de la chaza lo notó, rió un poco y apartó la vista de nosotros. Yo tomé el cigarrillo, le di vuelta -y por el lado correcto-, lo puse entre mis labios y lo encendí. Aspiré el humo pero contuve la tos, aunque no fue la misma sensación de la primera vez en mi terraza, porque esta vez el humo no pegaba en la garganta, sino que deslizaba suavemente por ella, hasta que el mentol hacía cosquillas en el pecho y tocaba expulsar el humo. Mi amigo me miró y me creyó un experto en el asunto, cuando la realidad distaba mucho de esa premisa, pero por esa situación me gané su confianza, y cada vez que él quería volver a fumar, esperaba a que estuviera solo conmigo para entregarnos al humo en junta amistad.
Un día nos cansamos de los mentolados -los fumábamos porque eran más suaves y además no dejaban olor en la ropa- y quise probar de nuevo el tan mentado Marlboro rojo que furtivamente había tosido a mis diez años. Al probarlo, sentí que la tos recorría el cuerpo, pero mucho más tenue que la primera vez. Asumí que ese efecto de blindaje en la garganta se debía a los tantos y tantos Kool que ya habían pasado por mi boca hasta ese entonces. Su sabor era totalmente diferente a los cigarrillos con menta: era más fuerte, raspaba y dejaba un sabor que, como no era extraño, me gustaba. A partir de ahí, me volví asiduo fumador de Marlboro, pero el precio a pagar sería empezar a llevar conmigo un pequeño frasco de colonia y de gel antibacterial, para eliminar todo rastro de olor de la ropa, el cabello, el cuello y los dedos. Así fue hasta que en mi primer año de universidad me decidí a catar todos los cigarrillos que existieran en el mercado, y fue así como pasé por el Lucky Strike clásico (pero también su gama de mentolados), el famoso Pielroja paisa sin filtro -o 'peche', una deformación de 'rompepecho', como era conocido en la época de mi papá-, el extinto Mustang, cigarrillo colombiano que aún hoy es nombrado así entre los fumadores, a pesar de que ahora se llama Rothmans, llegando a fumar hasta los cigarrillos más baratos, cuyo sabor horrible no colmaba la experiencia enriquecedora del tabaco, pero sí las ansias, como los L&M, los Pall Mall, los Belmont y los Caribe. Aún siento el sabor acartonado cuando escribo sus nombres. Un amigo ex-fumador decía que «esos cigarrillos saben a aserrín de jaula de hámster», y a lo mejor sí, pero cuando el dinero escaseaba en noches en que el licor y los gastos diarios de transporte y comida no dejaban lugar para el placer y vicio, eran casi una bendición del cielo.
Así, y hasta ahora, se me ha ido la vida entre pucho y pucho, entre humo que se lleva el viento, entre días y noches de soledad o cálida compañía, en momentos felices, tristes, de angustiosa espera, de total calma, de quietud o de agitación. Es la compañía perfecta. Decía Sigmund Freud: «Fumar es indispensable si no se tiene a quién besar». Y Joaquín Sabina: «Escribir sin fumar es inhumano. Vivir sin fumar es inhumano». A cuántos artistas no ha acompañado a lo largo de la historia: escritores, músicos, poetas, pintores, cineastas. No es casualidad que hay una magia, un pacto secreto entre el tabaco y la inspiración. De repente, se está en el banco de un parque, contemplando la nada, y se saca un cigarrillo del bolsillo, y la mente comienza a maquinar grandes historias que, si bien algunas han sido contadas, otras se han apagado tan pronto se aplasta la colilla con la suela del zapato. Un paseo nocturno exhalando humo puede ser el nacimiento de una idea que cambie el mundo para siempre. Me he perdido incontables veces en disquisiciones tanto inútiles como verdaderamente apremiantes, y la llama de la inspiración se pierde ante la última calada. Es un ritual, es un signo, una marca indeleble de la personalidad: «¡Ay, qué pesar de Julio que se murió! y con lo bueno que era. Me acuerdo tanto de que siempre, después de almuerzo, se sentaba en su mecedora a seguirle los pasos a la gente que iba y venía por la calle, mientras tomaba un tinto y se fumaba un puchito. Pielroja, claro, eran sus favoritos. Los llevaba a donde fuera.». Cuántas conversaciones, amistades o hasta romances no han iniciado con un «disculpe, ¿tiene un cigarrillo que me regale?», «¿me podría prestar fuego, por favor?». En las fiestas y reuniones sociales, familiares o de trabajo presenta una excusa perfecta para abandonar conversaciones fútiles o poco estimulantes, y se encuentra uno ante su soledad en un balcón silencioso, acariciando cada momento y cada soplo de vida -o muerte-. Podría seguir discurriendo sobre diversos aspectos del tabaco, pero si el texto se extiende terminaría por aburrirlos a ustedes, lectores.
Fumadores, fumadoras: estamos en extinción, les digo. Ya no estamos en los gloriosos sesentas ni setentas, donde se podía fumar en un restaurante, en un cine, incluso en un avión, y no habían malas miradas, o falsas y malintencionadas toses que disfrazan un 'lárguese a fumar a otro lado', solapado y tartufo. El rito muere lentamente, y con él los chamanes dueños del humo que aliviana el alma, que adormece los sentidos pero explota la mente. La censura, los buenos hábitos y la que yo llamo 'sociedad Fit' nos están castrando el placer mismo. Basta ver cómo mezquinamente han eliminado la publicidad de las marcas de tabaco de los automóviles de Fórmula 1. La Scuderia Ferrari Marlboro, ¿llegará a ser Ferrari Prozac?, o la West McLaren-Mercedes, ¿será Xanax McLaren-Mercedes? Porque, claro, son medicamentos, drogas igualmente legales, pero que se pasean a sus anchas entre los norteamericanos más que nadie, y quizás haciendo daños mucho peores. La sociedad y su frenético ritmo de vida las hacen necesarias para mantenerse adormecido y no ver al horror de frente cada vez que salimos a la calle. En fin.
No animo a nadie a que lo pruebe, nunca he ofrecido un cigarrillo a quien no me lo pide, simplemente este es un texto salido de la experiencia, el placer, y, por qué no, el amor a algo que me ha acompañado casi una tercera parte de lo que llevo de vida. Si algún lector/a se identifica, bienvenidos sean a este club de exhaladores de humo, dejemos que nos embriague la inspiración y el placer de unos cuantos cigarros, acompañados de música, literatura, y buenos tragos. Y si en buena o mala hora me muero uno de estos días, háganme el favor de llevarme un cigarrillo a la tumba, para que me recuerden diciendo: «Marlboro rojo, su favorito».
domingo, 18 de octubre de 2020
Retrato sincero de un fumador
domingo, 28 de junio de 2020
Oda a «Los Fumadores»
Nicolás y Los
Fumadores, la banda bogotana que me hizo volver los ojos a Colombia para apreciar el rock local.
Bogotá D.C., año 2018. Después
del festival Estéreo Picnic, mi Twitter estaba invadido con un nombre: Mac
DeMarco. No había asistido a su concierto porque no lo conocía, pero ante la
inundación virtual decidí buscar al hombre en cuestión y me topé con canciones que,
entre psicodélicas y oníricas como My Kind Of Woman, Passing Out Pieces y Ode
To Viceroy, me engancharon a la primera escucha. Me emocionaba identificarme
con un artista tan vigente, porque entre The Beatles y yo hay una cantidad de
años, enmarcados en tres o más generaciones. Y así mismo con los Stones,
Zeppelin, Sabbath, en fin, todo lo que escuchaba. Lo más moderno y actual que
me gustaba eran The Strokes, Arctic Monkeys y Tame Impala. Pare de contar. Así
que descubrir a Mac DeMarco fue recibir una bocanada de aire fresco, renovado,
que aún hoy, a mitad del 2020, me acompaña a cada cigarrillo.
Después de escuchar su álbum
2 y Salad Days, apareció en la sección de recomendados un video titulado «Nicolás y Los Fumadores – Como pez en el hielo (álbum completo)». Su portada
era igualmente onírica, alucinada, y su nombre me atrajo de inmediato: Los
Fumadores. Había, entonces, otra referencia al acto de fumar y a los
cigarrillos, que más que un vicio es un estilo de vida para mí. Esto no podía ser más sino
el destino. Apenas comencé a oírlo, sentí conexión instantánea con sus
guitarras y reconocí ese estilo tan Mac DeMarco que me fascinaba. Desde la
presentación del disco -Primer Llamado-, empezó el viaje delirante en el que
sigo metido con esta maravillosa banda, pero en ese momento escuchaba con
atención para saber el instante en que me dejarían de gustar, para así poder seguir
poniendo más canciones de DeMarco. Pero ese momento nunca llegó.
Paseo Submarino me dejó sin
palabras, sin aliento. Una canción romántica que me gustaría dedicar, con el
toque psicodélico y limpio de la guitarra de Nicolás Correa, la voz hipnótica y
ensoñadora de Santiago «el Profe» García, acompañados por el bajo de Pipex y el
ritmo de Juan Carlos Sánchez. «Y quizás
podamos fumar […] te prometo que habrán cigarrillos […] te aseguro que vamos a
fumar». Me Quiero Ir, tan melancólica
como yo, me aseguró la estadía en el disco. Yo pensaba «esta gente debe ser
argentina, todas las bandas buenas de rock latino vienen de Argentina», y de
inmediato añoré que vinieran al país. Ya me imaginaba en primera fila, cantando
sus canciones como su más fiel seguidor. Así hasta que llegó Bailando Triste con su famoso verso «pagué veinte lucas,
¡veinte lucas!» y me sorprendió que, supuestamente en Argentina, dijeran «lucas» también, aunque no era del todo extraño: en Chile fue donde surgió el
término, y de ahí a Argentina hay un paso.
Seguía encantado con el sonido
que estaba escuchando, me identificaba con sus letras y quería más y más. Cada
canción era un nuevo descubrimiento, un nuevo éxtasis, una fumada más al
cigarrillo. Me estaba enganchando a su música. De repente, en Brisa dicen «ya llegamos a Melgar». Un momento,
paren todo. ¿Me están diciendo que estos tipos son de acá
de Colombia? Imposible, esto está muy bueno para ser colombiano, no lo creo. Abrí
la pestaña descriptiva de YouTube y me encontré, al final de la lista de
canciones y los nombres de los miembros, con:
«Grabado en
Estudiolago, Bogotá; y en la vereda San Jorge, Zipaquirá.
©Los Fumadores 2018»
Una inmensa
alegría me llenó el alma, sentía cómo me estremecía por dentro al saber que, la
banda que en ese momento me tenía alucinado, era de mi propio país, y no sólo
eso, ¡de mi propia ciudad! Era increíble que una música tan buena, de semejante
calidad en melodía, de semejante calidad en letra, fuera de acá. En Bruce y
Margaret mencionan «… y me dejó el
TransMilenio». No lo podía creer, estaba atónito. De inmediato, los busqué
y los seguí en todas las redes, esperando el primer toque, el primer evento
donde se presentaran, para engrosar las filas de sus seguidores. Al finalizar
el disco, me declaré fan absoluto. Ya no había vuelta atrás: era ahora un
fumador más.
Los videos que había
de ellos en la red, los vi todos de corrido esa misma noche. Al ver el poco
–pero completamente devoto– público que en esos años tenían, me sentí en un
momento histórico, y mi beatlemanía saltó a la vista, haciendo un símil de lo
que estaba pasando en Bogotá con Los Fumadores, con lo que casi sesenta años
atrás pasaba en Liverpool y en Inglaterra en general: una banda llenaba bares y
pequeños venues en las noches, con acérrimos seguidores que cantaban sus
canciones a todo pulmón, y el nombre de la banda, que corría de voz a voz, se iba haciendo más grande con cada presentación. Pero me faltaba estar ahí para
verlo con mis propios ojos.
Un día, en Facebook, me llegó la notificación de un evento que podría interesarme, basado
en mis últimas actividades en el mismo. Se llamaba «Vulgar Bogotá 2018», en
Boogaloop, y entre sus toques programados estaban Nicolás y Los Fumadores. Había
un link para comprar las boletas en preventa y no lo pensé dos veces, ingresé y
pagué virtualmente y al correo me llegó la confirmación de la compra: era el segundo de todos los tiquetes que tenían a la venta. Estaba tan emocionado, no podía creer que iba a ver en vivo por
primera vez a esa banda que desde mayo me hacía sentir tantas cosas y me había
abierto los ojos a nuevas experiencias, y hasta ese diciembre se volverían tangibles
ante mis sentidos. Me dediqué a buscar compañía para no bailar solo después de
haber pagado veinte lucas, mostrándoles las canciones de ellos a mis amigos, a
las mujeres con las que salía, a compañeros de la universidad con los que
ocasionalmente compartía algunos ratos, a mi primo, pero nada. Si a algunos les
gustaban las canciones, no tenían plata para ir; a los otros no les gustó para
nada ni la música, ni las letras ni el nombre de la banda, entonces descartados
totalmente.
Llegó el 20 de
diciembre del 2018, día del evento, y no encontré a nadie para que fuera
conmigo. Era la primera vez que salía enteramente solo a algo –aparte de ir a
caminar por ahí ocasionalmente–, pero no dejé que eso se interpusiera con la
felicidad, la ansiedad y la emoción que tenía, así que me arreglé y a las seis
de la tarde salí hacia Chapinero, hacia Boogaloop. Me bajé en la sesenta y siete
con trece, y al caminar unas cuadras encontré una cigarrería esquinera, repleta
de gente de mi edad, comprando cerveza, cigarrillos y comida. Supuse que ahí era
el lugar, aunque no veía dónde era la entrada. Me acerqué a la tienda, compré
dos Póker y una cajetilla de Marlboro rojo, y me senté en una banca frente al
edificio del Sena. De repente, vi que de una puerta pequeña salían cuatro
muchachos con sus instrumentos en la espalda y se sentaron en unas escaleras:
eran ellos, Los Fumadores, así que estaba en el lugar correcto. Las personas
comenzaban a llegar y vi cómo varios de ellos estaban solos también, un alivio
porque no sería el único sin compañía. Destapé una cerveza, la cajetilla de
cigarrillos y di comienzo a mi noche. En esas, un muchacho
se me acerca y me pregunta:
—Parce, qué pena,
¿dónde compró la pola?
—Ahí —le dije
señalando hacia la cigarrería— donde está todo ese montón de gente.
Fue a la tienda,
compró una Póker y regresó a donde yo estaba, pero se quedó de pie a unos dos
metros, mientras miraba a su alrededor. Después de un rato, y a medida que
llegaba gente a formarse en una fila para entrar, se dirigió a mí y me dijo:
—¿Vino solo al
toque?
—Sí, mis amigos no
conocen estas bandas, o si las escucharon alguna vez, no les gustaron—.
Respondí.
—¡Yo igual! Le
dije a una nena con la que estaba saliendo y me dijo que no los conocía,
entonces que no le interesaba. Pero aun así vine.
—Claro, para mí
tampoco fue impedimento. Yo vengo por Los Fumadores. Y usted?
—Yo vengo por
ellos, por The Kitsch, por Árbol de Ojos y por Código Rojo— me respondió.
—Uy, por todos. Yo
la verdad sólo conozco a Los Fumadores, pero voy a quedarme a verlos a todos.
—Hágale, son
buenos. ¿Entramos?
Nos formamos,
entregamos las boletas, y entramos a Boogaloop por esa pequeña puerta sobre la
carrera trece, y como en Alicia en el País de las Maravillas, pasamos a un lugar
mucho más grande que lo que la fachada nos hacía imaginar. Al entrar, escuché
una canción de Tame Impala, con la que un DJ ambientaba mientras comenzaban las
bandas a explotar el lugar con sus sonidos. Pedimos un whisky con cereza cada
uno, coctel al que comúnmente llaman «El Padrino» y hablando de todo un poco,
escuchando la música y esperando el toque, comenzó el show. Esa noche conocí a
The Kitsch, cuyo sonido de garaje y surf rock me dejó atónito, además de la
actitud de la banda en escena: todo un espectáculo digno de presenciar muchas
veces en la vida. Cuando los escuché, sentí una energía como de los años 60’s, muy
californiana y playera, y me parecieron el soundtrack perfecto para una
película de Quentin Tarantino. Me encantaron y al día de hoy sigo escuchándolos
y yendo a sus toques.
Era el turno de
Nicolás y Los Fumadores. Me fui a la primera fila y canté todas las canciones
desde el fondo de mi alma, comenzando con Triste Otra Vez –con la que
abrieron– hasta Bailando Triste, donde en sus compases finales, Juan Carlos
Sánchez, el baterista, agradecía por un 2018 lleno de éxitos cosechados por la
banda, a raíz del lanzamiento de su primer álbum, y el reconocimiento cada vez
mayor que tenían no sólo en Bogotá, sino en el país. Esa noche fue mágica. Eran
tan buenos tocando en vivo, hasta llegaban a sonar mejor que en el estudio, con
solos y arreglos más elaborados de Nicolás Correa, el guitarrista, y cambios de
voces de Santiago «el Profe» García. Definitivamente eran tan talentosos como
imaginaba y había quedado marcado por esa experiencia. Hoy puedo decir que esa noche
conocí a mis Beatles, a los cuatro de Bogotá. La conexión que sentí con la
banda, con su puesta en escena, con la personalidad de cada uno y con el público, fue única.
Ver a todos corear junto a uno las mismas líricas, reír con alguna parte jocosa
y gritar a todo pulmón –lo que nos quede a los fumadores– los momentos más
efervescentes de las canciones es algo indescriptible, inigualable y que vale totalmente
la pena repetir.
Me fui feliz de
ahí. Feliz de haber estado en un concierto de ellos, feliz de comprobar que
eran verdaderos artistas, feliz de sentir el doble de lo que ya sentía al
escuchar sus canciones mientras caminaba o mientras iba en Transmilenio, feliz
de saber que por fin, ¡por fin! había una banda bogotana de gente de mi edad,
de gente que pasaba por lo mismo que yo, que describía episodios de mi vida
cotidiana sin habérselos contado, que sonaban como yo quería. Ya no tenía que
soñar con haber sido un joven inglés en los años 60’s para saber lo que era ver
a una banda desde sus orígenes, hasta convertirse en lo más grande de ese país
y del mundo. Ahora tenía, a escasos metros, a esas personas que podía admirar,
seguir y disfrutar en cada presentación que hicieran, y verlos crecer hasta
llenar escenarios grandes, como lo hicieron en el 2019 en el Festival Estéreo
Picnic –donde también estuve en primera fila para verlos–, mismo donde justamente un año atrás había estado Mac DeMarco, su gran referente.
A partir de esa
noche de diciembre en el 2018, me convertí en un portavoz de ellos,
mostrándoles a cuantas personas conociera, su música. Mandé a hacer una
camiseta negra con el logo del pez y el nombre «Nicolás y Los Fumadores» en letra blanca, y la usaba en cada toque de
ellos y en el mismo Estéreo Picnic, donde Juanita Ortega, fotógrafa y amiga de
la banda, me tomó una foto para mostrárselas. Aún no sé si lo hizo o no, pero
esa fue la premisa con la que me abordó ese día. Cada toque, cada evento, cada
vez que se presentan, asisto sin falta, con mi camiseta ya icónica. En el 2019,
tuve una novia a la que le mostré su música y me acompañó siempre que pudo a
los conciertos. Ahora es una fan más desde la distancia y el olvido.
sábado, 30 de mayo de 2020
Letra de 'La Gloria', de Nicolás y Los Fumadores
No sé cómo puedo yo esperar
que algo tan perfecto nos dure
toda la vida,
si un segundo de esto ya es
la eternidad,
ya es el cielo en la Tierra,
la Gloria.
No nos vayamos a estrellar
No nos vayamos a estrellar
No sé si será mucho pedir
que durmamos en cucharita
toda la vida,
quedarme en tu cuarto hasta la
eternidad.
Eres el cielo en la Tierra,
la Gloria.
No nos vayamos a estrellar
No nos vayamos a estrellar
(Hablado): Santifícame, sálvame
confórtame, consiénteme
esúchame, escóndeme
no permitas que me lleve el putas
y hazme llegar a ti.
que algo tan perfecto nos dure
toda la vida,
si un segundo de esto ya es
la eternidad,
ya es el cielo en la Tierra,
la Gloria.
No nos vayamos a estrellar
No nos vayamos a estrellar
No sé si será mucho pedir
que durmamos en cucharita
toda la vida,
quedarme en tu cuarto hasta la
eternidad.
Eres el cielo en la Tierra,
la Gloria.
No nos vayamos a estrellar
No nos vayamos a estrellar
(Hablado): Santifícame, sálvame
confórtame, consiénteme
esúchame, escóndeme
no permitas que me lleve el putas
y hazme llegar a ti.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Auto-ficción sobre el 16 de mayo de 1984 - Parte II final
Martes, 01 de mayo de 1984 Día del trabajo pero día en que no se trabaja. Me levanté a eso de las ocho de la mañana y salí a recorrer...
-
Nicolás y Los Fumadores, la banda bogotana que me hizo volver los ojos a Colombia para apreciar el rock local. Bogotá D.C., año 2018. De...
-
Bogotá D.C. 18 de mayo de 2004 Señor Coronel Rangel Asunto Aportes a la investigación del caso no. 655321. Respetado coronel: A continuaci...


