lunes, 15 de marzo de 2021

Auto-ficción sobre el 16 de mayo de 1984 - Parte II final

 Martes, 01 de mayo de 1984

    Día del trabajo pero día en que no se trabaja. Me levanté a eso de las ocho de la mañana y salí a recorrer la Ciudad Universitaria aún con niebla de la madrugada que comenzaba a disiparse. Sobre el auditorio León de Greiff estaban los cuatro tradicionales pendones amarillos y rojos con los rostros de Marx, Engels y otras figuras. En algunas calles se veía a la gente externa a la universidad que usaba el campus para trotar y ejercitarse. Me compré un tinto y un cigarrillo y me senté en los escalones frente a la biblioteca, pensando en Simón y cómo había sido desalojado a las malas por todos los estudiantes enfurecidos que habían encontrado su libreta y su cámara. No podía creer lo estúpido que yo había sido al haberle descrito físicamente al profesor Castillo y con tanto detalle. Eso me hacía sentir culpable de su desaparición de cierto modo, era un error que no me perdonaría jamás.

    El día que Simón –a estas alturas ya ni creo que ese sea su verdadero nombre- fue descubierto como infiltrado no lo dejaron siquiera regresar a su habitación en las residencias estudiantiles. Cuando yo pasé por ahí la vi tal cual la había dejado esa mañana: limpia y arreglada. Al abrir su clóset estaba totalmente vacío, no dejó nada, lo que me hizo pensar que por supuesto él ya sabía que ese día debía irse de ahí. Nunca fue muy cercano a mí tanto como a Arturo Ortega, sin embargo, me sentí usado, traicionado, y por un momento pensé si había hablado cosas de mí a sus superiores. Aunque él sabía que yo no tenía ninguna filiación política particular, mucho menos militancia. En cambio Ortega y su simpatía por El Eme... Carajo.

Miércoles, 16 de mayo de 1984

     Fui a desayunar a la cafetería y en el camino de diez minutos que hay desde mi habitación hasta allá vi muchos graffitis en los muros que hablaban de la desaparición y tortura de un compañero estudiante, un tal Cucho Mariño. «Hoy volverá a haber tropel», pensé. En la Perola, frente a la cafetería, estaban reunidos más de cien estudiantes quienes hablaban de cómo se organizarían para la pedrea de la tarde, otros a un lado pintaban una bandera con el nombre de Mariño y agregaban que no olvidarían su crimen. Era evidente: un nuevo enfrentamiento con la policía. Pensé en Simón.

     En la tarde fui con Angélica, Jefferson, Pocahontas y Arturo a la portería de la Veintiséis para observar todo desde la comodidad del césped mientras nos tomábamos unas cervezas, porque las clases habían sido canceladas ese día. Me prendí un cigarrillo y no alcancé a darle ni dos caladas cuando se escuchó un bombazo durísimo hacia la calle y vi cómo la reja de la portería se desplomaba en medio de una humareda y policías caídos. Todos nos pusimos de pie de un salto, y mientras la policía reorganizaba su bloque de uniformados les vimos la ira en el rostro. Inmediatamente después y sin pensarlo, comenzaron a ingresar a la universidad en motocicletas de a dos policías: uno que conducía y otro que iba atrás cogiendo a los estudiantes que se les atravesaran en el camino, disparando a mansalva sin preocuparse por quien tenían delante. Fue una escena aterradora.

    Cuando miré a Angélica, ella tenía lágrimas de miedo y horror en sus ojos, y mis amigos estaban paralizados del miedo. Yo en ese momento no lo pensé, tomé a Angélica de la mano y echamos a correr lo más lejos posible de la puerta caída de la Veintiséis, sin rumbo, sólo esperando alejarnos. Cuando pasamos por las residencias femeninas, ella me pidió que me escondiera con ella allá arriba, y subimos. Las mujeres adentro del edificio corrían de un lado a otro, desesperadas, sin saber qué hacer, a dónde ir. Yo me encerré con Angélica en su habitación del cuarto piso. Se escuchaban disparos por doquier, gritos de la gente y el sonido de los motores de los vehículos policiales. Nunca nos hubiéramos imaginado semejante situación, todo estaba terriblemente mal. Me asomé discretamente por la ventana y vi cómo en los caminos y en las calles de la Ciudad Universitaria se esparcían los cuerpos, algunos malheridos y otros muertos, de estudiantes y profesores que iban siendo arrasados al paso demoledor de las motos de la policía.

Nos golpearon en la puerta. Con mucha cautela, la abrí lentamente para ver por una rendija quién era y se trataba de una estudiante muy asustada que nos decía: «¡Váyanse! El Ejército se está metiendo a la residencia y se están llevando gente. ¡Corran!». Salimos al pasillo y en efecto, por un ventanal que daba hacia la calle Veintiséis vi cómo todo un bloque del Ejército bajaba de un camión y entraban al trote a la universidad. Estábamos jodidos: los militares y la policía en el mismo lugar y con los ánimos convulsos y violentos eran una pésima combinación. Corrí a las escaleras y al asomarme hacia abajo, vi cómo unos soldados ya estaban alcanzando el segundo piso. Se escucharon ráfagas de metralleta y muchos gritos. Estábamos rodeados, era cuestión de tiempo para que alcanzaran el cuarto piso y nos dispararan o nos capturaran. El desespero era tal que algunas estudiantes comenzaron a arrojarse por los ventanales hacia el césped, la mayoría se partían las piernas al caer, otras echaban a correr en medio de una dolorosa cojera, y algunas otras ni se levantaban del suelo. Fue algo macabro. Angélica me tomó del brazo y dijo: «Nosotros ni locos», refiriéndose a saltar por las ventanas, así que se me ocurrió ir a escondernos en el cuarto del aseo. Cerramos la puerta y pusimos todo lo que pudimos contra ella: escobas, traperos, baldes con agua, sillas, incluso una mesa pequeña. El cuarto estaba totalmente oscuro y no me animé a averiguar dónde estaba el interruptor, ya que si los militares veían luz en el cuarto sabrían que estábamos allí.

Los disparos sonaban cada vez más duro hasta que escuchamos uno que nos reveló la angustia: ya estaban en el cuarto piso. El sonido de las botas pisando fuerte se acercaba a nosotros, pero siguieron de largo, hacia el final del pasillo donde todas las mujeres estaban agolpadas, huyéndole cada centímetro posible a las escaleras por donde el Ejército estaba subiendo. Una ráfaga tronó por todo el edificio y gritos ahogados tras de sí. De repente, escuché cómo intentaban forzar la puerta del cuarto de aseo donde nos escondíamos. Angélica abrió la boca aterrorizada y yo le puse mi mano encima para que no pudiera gritar, la abracé con fuerza y la acerqué a mí. Ella de los nervios comenzó a morderme la mano y en ese momento el dolor era algo que pasaba a formar parte de otro plano, lo importante era no ser encontrados y sobrevivir.

Tras varios intentos, la puerta se abrió de golpe y todo lo que habíamos puesto para trancarla salió a volar. Un soldado se asomó adentro del cuarto y gritó: «Aquí hay una parejita», y él tomó a Angélica y se la llevó mientras sollozaba y me miraba como un animalito que sabe que va al matadero. Después, otro soldado entró al cuarto y me tomó por el brazo. Vi cómo sus ojos se agrandaron y sentí una punzada en el pecho: era Simón. Lo reconocí, me reconoció, ninguno pronunció palabra. Cuando me sacó de ahí, eché un vistazo a la pared del final del pasillo, donde todas las mujeres se encontraban tumbadas en el suelo, algunas llorando, y en el muro manchas escarlata de sangre. Había soldados que iban y tomaban a alguna y se la llevaban, a otras les daban toques con las botas para comprobar si estaban vivas o muertas. Simón me llevó escaleras abajo y mientras iba mirando a mi alrededor para tratar de ver dónde tenían a Angélica, pero ni rastro de ella, todo cuanto pude observar eran cuerpos, no sabía si vivos o muertos, y mucha sangre en el suelo, en las paredes y en algunas puertas de los cuartos, muchos vidrios rotos y caos.

    El recorrido fue silencioso, ni Simón ni yo hablábamos, se sentía una gran tensión. En un punto cerca del estadio, Simón me miró a los ojos y me dijo: «Corra, váyase de aquí, no diga que yo lo dejé de ir» y se dio vuelta con rumbo a las residencias de nuevo. Salí corriendo hacia el barrio Pablo VI y llegué después hasta el parque Simón Bolívar y me perdí entre sus árboles. Me senté en el tronco de un árbol caído a limpiarme el sudor de la cara y encendí un cigarrillo. Mientras fumaba con aparente apacibilidad, sentí lágrimas resbalándose por mis mejillas. Era increíble haber salido vivo de semejante campo de batalla. Miré dentro de mi mochila y aún tenía un saco de lana que me puse encima para disimular mi aspecto y poder tratar de engañar a quienes me hubieran visto en la universidad y así no ser capturado. Pensaba en Angélica y en mis amigos, a quienes dejé de ver justo en el momento en que todo explotó. Ya estaba oscureciendo y no podía ir a la universidad, tuve que pasar la noche en ese parque, con frío, hambre y sobre todo miedo.



Jueves, 17 de mayo de 1984

     No dormí nada, no comí nada. Apenas el sol comenzó a asomarse por los cerros orientales me dirigí a la universidad a buscar a mis amigos y a Angélica. Apuré mi paso para aprovechar la neblina y la poca luz de la mañana para no dejarme ver e ingresé por la portería vehicular. No había portero porque la caseta de vigilancia estaba calcinada, y dos soldados que hacían la guardia estaban descansando bajo un árbol. El sigilo y la rapidez fueron mis aliados y me permitieron entrar. La Ciudad Blanca estaba desierta no sólo porque no había gente, sino porque los jardines se encontraban chamuscados, agrietados, áridos. No reconocía aquel lugar de alegrías y saberes, de libros y placeres, de amistades y amores, de tranquilidad absoluta, mi universidad ya no era la misma de un día atrás, sentí temor por primera vez en mi vida de estar en el campus.

     Pasando por el edificio de Medicina vi una pared que parecía pintada de sangre de arriba a abajo con brochazos gruesos y, al acercarme cada vez más, descubrí un gran hoyo cavado en el jardín con un montón de cuerpos adentro, algunos blancos de cal. En el fondo distinguí los rostros de Pocahontas y Jefferson, ¡mataron a mis amigos! No tuve tiempo de llorarlos porque enseguida escuché pasos y voces que decían cosas ininteligibles, así que me escondí tras un muro. Pasaron unos soldados llevando algunos muchachos y los pusieron con la frente contra el muro rojo. Más atrás, otro militar gritaba contento: «¡Esperen! Acá les traigo a uno del Eme», y arrastró a un joven que no tardé en identificar como a Arturo Ortega, aunque por otro lado estaba distintísimo: con los párpados morados e hinchados de la golpiza que le habían dado, con sangre en los labios y con la ropa medio roída y rasgada de tantas arrastradas a las que lo habían sometido. «Entonces el líder revolucionario va primero» y lo pusieron también con la frente contra la pared. Mientras lo giraban, él me vio y sonrió débilmente, luego cerró los ojos y sonaron tres disparos secos.

Sábado, 15 de mayo de 2004

     Volveré a la Universidad Nacional de Colombia, regresaré a mi Alma Máter. Apenas me comunicaron hace dos días por correo electrónico que querían tenerme en una conferencia en Bogotá para conmemorar los veinte años de la masacre, empaqué lo primero que se me ocurrió y salí ansioso y expectante al aeropuerto Heathrow de Londres. Eso sí, me aseguré de traer una copia de mi libro para leer algunos pasajes y revelar nuevos datos de las investigaciones que he estado realizando. Al final de la ponencia lo estarán vendiendo allí mismo a la salida del auditorio. Mi sueño de toda la vida cumplido: publicar un libro, aunque las historias que me llevaron a escribirlo me persiguen hasta el día de hoy y me llenan de profunda tristeza y nostalgia. Sin embargo, estoy lleno de valor y decidido a revelar los resultados que he encontrado tras años de búsqueda de la verdad sobre ese día, así como los nombres de los responsables tras los fatídicos acontecimientos, en honor a Angélica donde quiera que esté, en memoria a Jefferson, Pocahontas y Arturo, y a todos los compañeros y profesores desaparecidos y asesinados ese día.

 

Como acaba de leer, coronel Rangel, a partir de la sucesión de los hechos narrados en el diario, mi hipótesis es que el profesor Manrique fue asesinado por miembros del Ejército Nacional. Sabemos que el profesor ha estado exiliado en Inglaterra desde el año 1984 cuando ocurrió la masacre, y a partir de ahí no ha escatimado esfuerzos en investigar quiénes fueron los responsables de los asesinatos y las desapariciones de sus amigos y, en general, de los demás estudiantes, además de buscar arduamente dar con el paradero de la mujer Angélica. Desde esa fecha, el profesor Manrique no parecía ser amenaza alguna a los altos mandos de la fuerza pública ya que no tenía muchos datos sobre lo ocurrido. No obstante, cuando presentó su libro en la conferencia, mencionó con nombre propio al coronel Echandía y el alias de ‘Simón’ para el soldado infiltrado y, asimismo, responsabilizó a otros militares de las ejecuciones, de quienes recuerda los apellidos en sus uniformes.

No creo que sea simple casualidad que él aparezca muerto justamente un día después de provocar revuelo nacional y mediático al hacer la revelación de esos nombres tan contundentes en el escalafón de las fuerzas militares. Mi coronel dispondrá de esta información como le parezca. Hasta aquí el informe de la investigación del caso no. 655321 del dieciocho de mayo de 2004.    


Escrito por: Sebastián Mejía F.

07 de marzo de 2021

lunes, 8 de marzo de 2021

Auto-ficción sobre el 16 de mayo de 1984 - Parte I

Bogotá D.C.

18 de mayo de 2004

Señor

Coronel Rangel

Asunto

Aportes a la investigación del caso no. 655321.

 

Respetado coronel:

A continuación transcribo algunos apartados del diario del profesor Manrique, encontrado en el cajón de la mesa de noche de su apartamento en Bogotá, el día diecisiete de mayo de 2004 a las veintitrés horas con catorce minutos. Me parecen pedazos importantes porque podrían aclarar un poco el móvil del asesinato, así como intentar dilucidar la identidad de el/los perpetradores del mismo. Al final de la presente encontrará mi hipótesis. Lo siguiente es información clasificada:

 

Lunes, 6 de febrero de 1984

Seis de la mañana. No me sonó la alarma pero mi compañero de cuarto, Jefferson, me despertó quitándome las cobijas y diciendo a grito herido: «levántate, huevón. No vayas a empezar el semestre llegando tarde», mientras me alcanzaba una taza de café caliente recién traída de la greca del pasillo del tercer piso de las residencias estudiantiles. Pensé en la clase de siete y la pereza me empezó a hablar con voz de mala conciencia: igual hoy es el primer día, nunca dicen nada importante en la primera clase. Quería seguir en mi cama por lo menos un par de horas más, hasta que vi que se abría la puerta y contra ella se apoyó Angélica en una blusa vinotinto, jean de bota ancha y sandalias de tacón. A través de sus negros lentes semi-redondos de marco grueso pude ver los ojos color miel que brillaban con ayuda del sol de la mañana. «Santi, ¿vamos a desayunar antes de clase o ya comiste?» me dijo, a lo que Jefferson le respondió: «Este haragán apenas se despertó, o bueno, lo desperté yo, o si no ahí seguiría durmiendo». Qué vergüenza con ella, no puedo negar que odié un poco a mi compañero por ese comentario, pero en lugar de reprocharle algo lo ignoré, le pedí a Angélica que me diera cinco minutos mientras me vestía.

     La cafetería estaba atestada de estudiantes. Mientras hacíamos la fila para llegar al mostrador y pedir el desayuno, algunas personas nos repartieron volantes para un cine-club que recién inauguraban ese semestre en algún auditorio del edificio de Ciencias Humanas. ‘El Anti hollywoodense’ se complacía en presentar ‘A bout de Souffle’ de Jean-Luc Godard, será este viernes y al finalizar nos darán vino para celebrar su primera función. Espero que Angélica me diga que sí.

     A la hora del almuerzo me encontré con Arturo Ortega. Me contó que ya este semestre comienza sus prácticas en psicología organizacional. Probablemente le pagarán según él, así que ya tendrá con qué invitar a salir a Jennifer, aunque eso depende de la empresa que acceda a contratarlo, por ahora está en veremos. Me presentó a un compañero que conoció jugando ajedrez en el Jardín de Freud, su nombre es Simón González. Me cayó muy bien, aunque la verdad no sabía nada de las cosas que hablábamos entre Arturo y yo, sólo asentía o negaba con la cabeza para llevarnos la idea y supongo que para sentirse incluido en la conversación. Es su primer semestre acá en Bogotá, viene desplazado de Nariño por los paramilitares. Allá era estudiante de universidad pública, por lo que los paras ya le habían montado inteligencia pensando que hacía parte de un grupo subversivo, y por eso se ensañaron con su casa, le prendieron fuego y cuando la familia percibió el olor a quemado les tocó salir corriendo con lo que pudieron agarrar. Llegaron a Bogotá hace menos de un mes. Simón está buscando que la universidad le pueda dar una cama en las residencias.

     Lo percibí bastante interesado en la universidad y me dio tanto gusto que fuera así, últimamente los estudiantes nuevos no quieren conocer ni el campus, ni las historias de sus compañeros, nada, sólo vienen a clase y se van. Simón, en cambio, sí nos preguntó muchas cosas a nosotros, algunas hasta muy personales. Me causó mucha curiosidad que preguntara insistentemente dónde quedaba el edificio de Química, pues él es estudiante de Sociología, así que nada que ver una cosa con la otra; sin embargo, lo llevamos.

     Ahora en la noche destapamos un aguardiente que Simón nos compró como muestra de gratitud por haberlo acompañado en su primer día, por haberle mostrado el campus y por hacerlo sentir bien en una gran ciudad desconocida para él. Éstas son las últimas líneas de este día porque la borrachera que cargo se empieza a hermanar con Morfeo, así que la cama me espera... y mañana otra clase de siete.

Viernes, 10 de febrero de 1984

     Estuvimos en la sesión de bienvenida del cine-club ‘El Anti hollywoodense’. Arturo llevó a Jennifer, yo fui con Angélica, y Jefferson fue solo a conocer a las primíparas, a ver quién le paraba bolas. Al final de la proyección tomamos el vino que nos prometieron en el volante del lunes, y el ambiente estuvo bastante animado, pusieron salsa y Angélica me quiso enseñar a bailar. Si no hubiera tenido unos tragos encima me habría negado, pero la valentía –y el deseo- que despertó el vino me hizo soltarme un poco y poder dar unos pasos al lado de esa rubia que me tenía loco desde hacía un par de semestres atrás. La salsa y la mona me hicieron sentir en la novela de Andrés Caicedo, yo la veía moverse al ritmo de la música, con esa sonrisa que a su vez me hacía sonreír a mí como un bobo, y repetía en mi mente: ‘Soy rubia. Rubísima. Soy tan rubia que me dicen: ‘mona, no es sino que aletee ese pelo sobre mi cara y verá que me libra de esta sombra que me acosa’’. Aunque admito que ya ese libro no me gusta tanto como en 1978 que llegó a mis manos, un año después que su autor se suicidara en Cali.

     Al caminar de regreso a las residencias estudiantiles, Angélica me dijo que tendría que tomar clases de salsa, pero con ella, y le prometí que sería la única de la que me dejaría enseñar. Y se rio dejando ver sus dientes delanteros de conejo, tan bellos que no pude evitar tomarla de la nuca y dulcemente acercarla a mi boca para estrellarnos en un beso suave y prístino. Era el primero que nos dábamos. Ella me miró y dijo: «Tonto», y me asusté porque pensé que había sido imprudente, o que no le había gustado, hasta que complementó con un «te estabas demorando demasiado», y nos echamos a reír, y luego era ella la que tomaba la iniciativa y me acercaba a sus labios con su mano puesta en mi cabello. Duramos besándonos unos diez minutos hasta que Jefferson apareció de la mano de una joven con el cabello negro, liso y larguísimo, hasta la cintura, y nos gritó: «Ya era hora, carajo. Rompan toda esa tensión acumulada».

     Nos despedimos, ella se fue a las residencias femeninas y cuando yo me acercaba a la puerta de las residencias masculinas, vi a Simón sentado en las escaleras junto a Arturo, quién daba largos sorbos a una botella de whisky barato. Había estado llorando, lo noté cuando él abrió los ojos y los vi vidriosos y un poco rojos, adiviné lo que estaba pasando. Me dijo que me había visto desde su cuarto besándome con Angélica, pero que él no había corrido con tanta suerte: Jennifer le había confesado que estaba saliendo con un muchacho de ingeniería, que entre ella y Arturo no había más que un lazo de amistad que sería inquebrantable, porque no tenía interés romántico alguno en él. Simón me miró y me advirtió: «No busque que entre en detalles, está ebrio, dolido y violento», y me enseñó su rostro hacia la luz de la farola donde tenía una pequeña herida sangrante debajo del ojo, producto de un puño.

     Estuvimos hasta las dos de la madrugada hasta que Arturo ya no podía más de la borrachera, y nos tocó subirlo con Simón, prepararle un tinto bien cargado y casi que hacérselo tomar a la fuerza. Después de eso, lo acostamos en su cuarto y se durmió instantáneamente. Cuando salimos, invité a Simón un cigarrillo, y mientras fumábamos en el frío amanecer bogotano, me contó que Arturo tenía ideas algo subversivas, que era un comunista, y se rio. Habían estado hablando de política, y en un punto de la discusión, Ortega se calentó y le dijo a Simón que era un facho, de ahí la herida debajo de su ojo. Me advirtió que tuviera cuidado con él, lo que me pareció bastante impertinente de su parte porque he sido amigo de Arturo durante tres años, y él lleva apenas una semana hablando con nosotros.

Martes, 13 de marzo de 1984

Todo marcha perfectamente bien: el semestre, mi relación con Angélica, la relación de Jefferson con su ‘Pocahontas’ –como él la llama- y mi situación familiar, porque por fin me arreglé con mis papás. Estuvieron aquí el domingo visitándome, me trajeron dinero y algunas cosas de comer. ¡Cómo extraño la comida casera! Arturo poco a poco va superando la decepción que le produjo Jennifer, y Simón se ha venido incorporando más a nuestro grupo. Ahora forma parte de un grupo de estudios en Química, por eso es que quería que le mostráramos ese edificio, dice que él siempre ha tenido interés por la ciencia, pero que al ingresar a la universidad sintió que su misión de cambiar al país no estaría entre los átomos, las fórmulas y los números, sino en las ciencias sociales. Aun así, no desaprovechó la oportunidad de trabajar su gusto en el laboratorio, con las reuniones de química para aficionados. Además, últimamente se le está despertando el radicalismo, nosotros le decimos por molestar que sólo bastó un mes en Sociología para que ya la ideología le hubiera absorbido la identidad.

Yo siempre he estado alejado de los grupos radicales de la universidad; sin embargo, me gusta hablar con ellos en los prados, sentarme a oír sus ideas, debatir con argumentos y objetividad, aunque en ocasiones –si lo siento adecuado- expreso mis opiniones personales. A algunos les molesta que les cuestione la violencia como método, pero otros aceptan que es un error y por eso trabajan desde la intelectualidad, desde los grupos de estudio. Simón está buscando uno para unirse. Arturo no es militante de ninguno, pero simpatiza con los ideales de ‘El Eme’, así que conoce a algunas personas dentro de ese movimiento. Ninguno de sus conocidos es defensor de la violencia ni de las armas, yo he cruzado palabras con algunos de ellos y son estudiantes y profesores que viven con libros bajo el brazo, con sacos de lana y mochilas arhuacas, los típicos mamertos salidos de una caricatura. Es gente muy inteligente que ha leído la historia del país desde distintos puntos de vista, y por eso es que cada vez que hablamos me dejan una nueva reflexión y varios títulos que voy a ojear con curiosidad a la biblioteca. Arturo quedó de presentar a Simón ante esos muchachos para que hablen entre ellos y quizás lo puedan aceptar en el grupo.

Miércoles, 28 de marzo de 1984

     Simón ha sido aceptado en el grupo de estudios de ‘El Eme’, nos lo contó cuando lo vimos en el jardín de Freud compartiendo unos aguardientes con un muchacho alto, flaco, de lentes circulares y boina, y una incipiente barba de chivo con más parches que pelo en sí. Él era el responsable de decidir quién entraba y quién no, y la historia del desplazamiento de Simón lo cautivó, además de haber observado en él unas ganas inmensas de cambiar el país mezcladas con el pueril idealismo de los estudiantes de primer semestre: era el elemento perfecto. Nos sentamos con el flaco Landinez en el césped para seguir tomando mientras escuchábamos a Rubén Blades y cantábamos bastante desafinados pero con sentimiento. «Lo que este tipo canta es la realidad de los pueblos latinoamericanos, nos invita a despertar, compañeros», dijo el flaco. Simón, enérgica y lambonamente respondió: «Sí, señor, así es la vaina». Yo sólo asentí y bebí para no tener que responder nada. «Acá el compañero ya tomó la decisión de unirse a nuestro grupo de estudios, lo veo ávido de conocimiento. Su primera tarea es leerse ‘Las venas abiertas de América Latina’, del gran Eduardo Galeano, para que se vaya despertando del sueño en el que nos tienen los gobiernos opresores de todo el continente» soltó Landinez y nos miró a todos con ojos expectantes, a ver quién sería el primero en aplaudir o vitorear su oratoria. Nadie dijo nada.

Un rato después, él comenzó a bombardearnos con un montón de nombres que ya ni recuerdo, pero que González anotó en una libreta: que éste, que aquel, que fulanito, que zutanito, que todos ellos eran estudiantes comprometidos, sensibles a la realidad política, que ellos se sentían inconformes con la injusticia, que la universidad y el movimiento estudiantil les debían mucho, etc., y Simón, como fiel escribano, anotaba cada detalle con atención. En algún punto soltó un nombre que yo conocía, era un gran profesor que nos había dictado la materia de ‘Psicoanálisis, cultura y política’ el semestre anterior. José Iván Castillo, qué increíble maestro, nos hizo cuestionarnos la realidad política y social del mundo, del ser y su interacción con los otros, no sabía que tenía afinidad con ‘El Eme’, mucho menos que impartía sus lecciones también al grupo de estudio. Eso fue lo que le expliqué a Simón apenas abrió sus grandes ojos que buscaban referencias de aquel hombre, pareció bastante interesado en su figura sobre todo.

«Es un profesor de estatura media, con barba poblada y canosa, cabello medio corto y desordenado que intenta formar bucles. No está gordo pero tiene un poco de panza, viste siempre con chalecos de lana puestos sobre camisas, sus anteojos son de carey y cuando piensa se pone a peinar sus bigotes con los dedos índice y pulgar, del centro hacia afuera», le dije yo. Después de eso, seguimos tomando un poco más y Simón se fue a llamar a su mamá que estaba en Nariño.

Jueves, 19 de abril de 1984

     El día de ‘El Eme’. Me levanté a las nueve de la mañana porque la clase fue cancelada. Los profesores y en general toda la universidad saben que este día siempre hay algún tropel conmemorativo a la fundación del Movimiento. Sin perder este detalle, quise buscar a Simón para felicitarlo de alguna forma, ya que sería el primero de quién sabe cuántos años en los que él debería celebrar la fecha junto a su grupo de estudio y demás simpatizantes en mayor o menor grado de ellos. Arturo era afín a su ideología, pero yo nunca lo felicitaba ya que no era militante. Fui hasta la greca para servirme mi café y el de Simón, luego, aún en pijama y sin peinarme, lo busqué en su cuarto, pero su cama estaba tendida, la ropa recogida, el suelo barrido y limpio. Nadie me supo dar razones de él, ni siquiera lo vieron salir, por lo que creo fue muy temprano en la mañana. Me vestí rápidamente y salí a desayunar, supuse que él estaría allí.

     Me encontré a Jefferson, quien estaba explicándole a Pocahontas unas cuantas cosas acerca de cómo son los distintos tipos de discursos que Lacan había tipificado. «Carajo, Jefferson, está muy temprano para que enredes así a la niña. Hombre, no hay derecho», le dije mientras me acercaba a su mesa, esbozándoles una sonrisa. Pocahontas me saludó con un beso en la mejilla, y Jefferson me dio un abrazo mientras me decía: «Lacan, viejito, para recordar al maestro», y Pocahontas le pegó un codazo en las costillas mientras le reprendió: «No digas eso, oye. Dijeron que había desaparecido, no que había muerto». En ese momento mi semblante cambió, entendí que por ‘maestro’ no se referían a Lacan sino a algún profesor de la universidad.

Cuando me senté -y ante mi desconcierto que se me notaba en la cara, supongo-, Jefferson comenzó a explicarme que desde hacía una semana no se había vuelto a ver al profesor Castillo por el campus, ni por el edificio de la Facultad. Se rumoraba que había desaparecido porque una profesora de psicología social, muy cercana a él, lo había intentado contactar no sólo por teléfono, sino yendo a su propio apartamento una noche, y duró como media hora timbrando en su puerta hasta que una vecina salió y le dijo que desde hacía unos días él no había ido a su domicilio. En seguida recordé que el flaco Landinez lo había mencionado en su discurso aquella tarde en el jardín de Freud, al calor de unos aguardientes. «Mierda, eso fue por su filiación al Eme», dije yo, y ellos que aparentemente ya lo sabían no hicieron otra cosa que asentir y darme la razón en silencio.

     En la tarde, a eso de las dos, después de almuerzo, se formaron los encapuchados en la Plaza Ché, dieron su discurso conmemorativo, gritaron algunas consignas, exhortaron a los estudiantes a defender sus derechos y a la Universidad Pública como institución a nivel nacional, repudiaron la opresión, la injusticia y la persecución política, y finalizaron con la noticia de la desaparición del profesor Castillo. «El Ejército colombiano ha secuestrado vilmente a un miembro de nuestra Alma Máter, un docente muy valioso para la institución: el compañero José Iván Castillo, del departamento de Psicoanálisis y Cultura. No podemos permitir que este crimen de lesa humanidad pase desapercibido, no dejemos que su desaparición quede en indiferencia y olvido. Los invito, comunidad universitaria, a que nos hagamos oír en las calles de la capital. ¡Adelante!», y la alocución finalizó con las ‘papas bomba’ a todo dar en medio de aplausos y silbidos de júbilo.

La multitud se dividió en dos: unos fueron con rumbo a la portería de la calle Veintiséis y otros con rumbo a la calle Cuarenta y cinco. A lo lejos, al otro lado de las calles, se veía a la fuerza pública formada, preparada para la acción, y dio comienzo el tropel. Nosotros nos quedamos unos pasos más atrás de espectadores.

     A eso de las seis y media de la tarde todo acabó, quedaron los escombros de piedras, ladrillos y palos por todo el camino arbolado que lleva a la Plaza Ché. Tenía ganas de un tinto y una empanada y me fui con mis amigos a la cafetería. Al llegar, nos encontramos un montón de gente indignada, gritando y rodeando algo, o a alguien. Preguntamos qué pasaba allí, y un estudiante nos contestó: «cogieron a un hijueputa tira». Nos acercamos más a ver de quién se trataba y me quedé de una pieza cuando vi que Simón González se encontraba en el suelo sangrando y golpeado fuertemente quién sabe por cuántos, mientras Arturo Ortega trataba de calmar a la multitud y asegurarles que Simón no era ningún tira, que era un estudiante nuevo, venía desplazado de Nariño por los paras, no había manera en la que él fuera un policía o un militar infiltrado, ya llevaba siendo amigo de él más que de nosotros desde febrero, a comienzos de semestre. Vivía en el segundo piso de las residencias estudiantiles y asistía a clases puntualmente, además, se encontraba en dos grupos de estudio.

     «Ése fue el que vendió al profe Castillo», «este chino hacía parte del grupo del Eme, los estudió de pies a cabeza y fue a ‘sapear’ todo», decían por ahí distintas personas. Yo no lo podía creer, a pesar que no fuera un amigo cercano sabía que no podía ser porque Arturo no metía las manos al fuego por nadie pero por él lo estaba haciendo y frente a una horda enfurecida de estudiantes, además. De repente, los recuerdos de Simón tomando nota de todos los nombres que decía el flaco Landinez y su interés por el profesor Castillo me vinieron a la mente y, claro, mi profunda estupidez al describirle de forma detallada al profe. Maldita sea, metí la pata. ¿Sería verdad que él era un tira y todo este tiempo nos había estado sacando información?

     Una estudiante que revisaba con cuidado la mochila de Simón gritó de repente: « ¡Miren! Esta es la cámara con la que estaba fotografiando a los compañeros y en su libreta tiene anotados todos los lugares donde se reunían con el grupo de estudios, incluso tiene la descripción física de Castillo». Carajo, sí la embarré, soy un imbécil por haberle dicho eso a alguien que en realidad no conocía bien, pero pensé que se trataba de puro interés académico, quizás para hacerle preguntas o yo qué sé. Vi que Arturo se volteó y miró a Simón, y éste no le dijo nada. La decepción se le notaba en los ojos a Ortega, quien no supo qué decir y simplemente se hizo a un lado caminando cabizbajo.


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sábado, 20 de febrero de 2021

Breve descripción

    De repente, la puerta del bar se abrió y entró alguien. Era un joven de estatura media, con el cabello un poco largo que se iba ondulando más a medida que se acercaba a las puntas. Vestía de negro, lo que hacía que su rostro pálido resaltara a pesar de la tenue luz que había adentro. Se sentó a escasos metros de la única persona que había allí, frente a la barra. En el bolsillo de la camisa resaltaba un paquete de cigarrillos, del cual sacó uno, se lo llevó a la boca y al encenderlo el fuego iluminó su cara, dejando ver un par de ojos cafés claros. Pidió un whisky y una canción de los Rolling Stones para acompañar su trago.

    Toda la vida había vivido en Bogotá. Le gustaba recorrerla a pie, meterse por calles que nunca antes había visto, esperando que lo llevaran a algún lugar interesante. Uno de sus lugares favoritos en la ciudad era la Universidad Nacional. Pasaba allí casi todo el día, y cuando no estudiaba la recorría con sus amigos de arriba a abajo, acostándose de cuando en cuando en el césped a descansar, a hablar de todo y de nada, a jugar cartas, y a reír entre sorbos de cerveza.

    Coleccionaba música en formato de vinilo, decía que así las canciones sonaban más fieles a las versiones originalmente grabadas, y la experiencia de escuchar un disco era más completa, más real. Sus grandes pasiones eran la literatura y los Beatles. Aunque en realidad escuchaba de todo: salsa, jazz, música clásica, electrónica y música de los ochentas. Iba mucho a cine, no importando la compañía; sin embargo, en esos espacios le gustaba disfrutar de su entera soledad. Siempre le había huido a ésta, pero desde que las circunstancias empezaron a demandarle tiempo a solas, se fue acostumbrando a no estar más que con sus propios pensamientos, y finalmente descubrió que sin alguien a su lado también podía disfrutar de los planes que le gustaban: desde tomarse un café hasta ir a un concierto.

    Vivía fascinado y enamorado del pasado que nunca vivió, sobre todo con las décadas de los sesentas y setentas, no sólo porque de esos años era su música favorita, sino por el estilo de vida, la cultura y demás. Al vivir en los tiempos actuales no le quedaba más remedio que vivir esos años desde la añoranza y la literatura. 

domingo, 18 de octubre de 2020

Retrato sincero de un fumador

    Pocas cosas en la vida me gustan más que fumar. Mi historia con el cigarrillo podría remontarse al comienzo de mi historia misma. Desde pequeño me gustó el olor que salía de esos pequeños tubitos humeantes y quemados que la gente se metía a la boca, y que se consumían al tiempo que el licor en los vasos de cristal. Sumado a esto, me parecía digno de un acto de magia ver que los fumadores expulsaran humo, algunos con refinada técnica, otros con torpeza cuando no afán. Mi padre olía a los tubos humeantes, mi padre sabía expulsar el humo por cada fosa de la nariz cuando yo, emocionado, le decía «papi, haz como un dragón». Esa es una imagen que conservo viva en mi memoria, fresca como un óleo en un taller de artista. Fue un fumador consumado, asiduo al mundo de Marlboro where the flavour is; claro que en el ocaso de su hábito se había cambiado a los Mustang, -que por ese entonces era una marca nacional de cigarrillos, hoy desaparecida- porque eran más baratos. 
    Siempre que veía a alguien entregado al tabaco en alguna esquina, en algún centro comercial, en las afueras de algún restaurante me llegaba el olor y yo me deleitaba como quien está en una pradera oliendo cada flor que se le aparece en el camino. Además, veía en el fumar y en los fumadores un dejo de sofisticación, de elegancia, y me sentía atraído por estas presencias. En mi casa siempre me dijeron que no fumara, que era malo para la salud, que mi papá había caído en eso porque se había dejado tentar por las malas amistades, pero era demasiado tarde: sin yo haber probado el primer cigarrillo de mi vida ya estaba embelesado por su olor y su ser, me faltaba conocer el sabor. 
    Mi padre comenzó como yo, o más bien, yo comencé como él: en la adolescencia y con los amigos del colegio. Aunque en realidad mi primer contacto fue en la terraza de mi primer apartamento. Tendría yo diez años cuando mi afición por quemar cosas con una lupa me llevó una soleada mañana de sábado a  recoger hojas secas para verlas arder bajo el lente. Tras unos minutos quemándolas, decidí probar con nuevos objetos, y saqué una vela, luego una caja de leche, luego un sobre de mentas, en fin, hasta que en una matera vacía había una colilla de cigarrillo. Yo la tomé, y antes que nada la olí: el perfume de tabaco que me encantaba. Examinándola mejor me di cuenta que no era sólo el filtro, sino que aún quedaba un poco de papel blanco con la triturada planta dentro. En ese momento tuve una epifanía, la vida me hablaba, me decía que esa era la oportunidad que siempre había esperado para probarlo y saber si mi gusto validaba la experiencia completa, o si me quedaría sólo con el deleite de su olor, renunciando así para siempre a ser uno más de los profetas del humo. Al quemar el extremo, se quedó encendido y el humo comenzó a danzar con el viento, frente a mí -cosa extraña, ya que para encender un cigarrillo y mantenerlo prendido hay que aspirar un poco, 'carburarlo' que llaman-. La serie de coincidencias me hicieron ver que era el momento ideal: no podía dejarlo pasar, y me lo llevé a la boca, aspiré y... una picazón en la garganta me provocó un ataque de tos y el humo salía en estertores. «¿Cómo alguien podía gustar de semejante tortura? Y para colmo, varias veces al día», pensé. 
    Esa tarde le pregunté a mi papá que por qué fumaba si eso daba una tos terrible, según decía una revista, hmm hmm. Me contestó que por pura adicción, que ya lo hacía automáticamente, que más que gusto era una necesidad adquirida por su insensatez de haberse decidido a probarlo, y me instó a jamás hacerlo. Sentí sabio ese consejo después de haber probado en carne propia las molestas sensaciones y pensé que debería conformarme con la estética ajena de los cigarrillos y con los olores que me llegaran. Pero eso, como cualquier patada de ahogado, sería vano. 
    A la edad de dieciséis, estando en grado once, teníamos que asistir a los famosos pre-Icfes todos los sábados, de ocho de la mañana a medio día. En las tardes ya éramos seres libres y digamos que autónomos, y fue en ese año que comencé a coquetear con la vida casi adulta de poder salir solo o con amigos sin que hubiera algún papá acompañándonos. Las calles eran nuestras y nos paseábamos a nuestro antojo, tomábamos tinto creyéndonos señores, jugábamos fútbol en cualquier parque hasta que se nos iba el sol y se nos hinchaba el pecho cuando llegábamos a la casa de algún amigo y nos daban una cerveza. ¡Qué lindo era ser grande en un mundo de adolescentes!, que por supuesto no era el mundo real. En una de esas tardes, me bajé con un amigo en la autopista porque iríamos a explorar unos parques al norte de Bogotá, y cuando le íbamos a hacer la parada al bus, un compañero de nosotros que había estado ese día en pre-Icfes se bajó con nosotros. Empezamos a charlar los tres mientras él caminaba hacia su casa, y se detuvo en una chaza a comprar un Kool, un cigarrillo mentolado. Nos miró y dijo:
—¿Quieren uno?
—Sí —respondió mi amigo. Yo sólo dije: —bueno.
    Lo prendió, se despidió fumando y se fue. Yo sabía que era mentolado porque alguna vez mi papá se quejó que en el domicilio de la cigarrería le habían enviado unos por error, y esos cigarrillos eran completamente blancos, no tenían el filtro anaranjado con las pinticas. Mi amigo se acercó a una chaza distinta, pidió fuego pero no tenía ni idea de cómo prenderlo y ya lo iba a quemar por el filtro, hasta que yo le dije que no. Él estaba nervioso, el encendedor llevaba un vaivén en su mano temblorosa y el dueño de la chaza lo notó, rió un poco y apartó la vista de nosotros. Yo tomé el cigarrillo, le di vuelta -y por el lado correcto-, lo puse entre mis labios y lo encendí. Aspiré el humo pero contuve la tos, aunque no fue la misma sensación de la primera vez en mi terraza, porque esta vez el humo no pegaba en la garganta, sino que deslizaba suavemente por ella, hasta que el mentol hacía cosquillas en el pecho y tocaba expulsar el humo. Mi amigo me miró y me creyó un experto en el asunto, cuando la realidad distaba mucho de esa premisa, pero por esa situación me gané su confianza, y cada vez que él quería volver a fumar, esperaba a que estuviera solo conmigo para entregarnos al humo en junta amistad. 
    Un día nos cansamos de los mentolados -los fumábamos porque eran más suaves y además no dejaban olor en la ropa- y quise probar de nuevo el tan mentado Marlboro rojo que furtivamente había tosido a mis diez años. Al probarlo, sentí que la tos recorría el cuerpo, pero mucho más tenue que la primera vez. Asumí que ese efecto de blindaje en la garganta se debía a los tantos y tantos Kool que ya habían pasado por mi boca hasta ese entonces. Su sabor era totalmente diferente a los cigarrillos con menta: era más fuerte, raspaba y dejaba un sabor que, como no era extraño, me gustaba. A partir de ahí, me volví asiduo fumador de Marlboro, pero el precio a pagar sería empezar a llevar conmigo un pequeño frasco de colonia y de gel antibacterial, para eliminar todo rastro de olor de la ropa, el cabello, el cuello y los dedos. Así fue hasta que en mi primer año de universidad me decidí a catar todos los cigarrillos que existieran en el mercado, y fue así como pasé por el Lucky Strike clásico (pero también su gama de mentolados), el famoso Pielroja paisa sin filtro -o 'peche', una deformación de 'rompepecho', como era conocido en la época de mi papá-, el extinto Mustang, cigarrillo colombiano que aún hoy es nombrado así entre los fumadores, a pesar de que ahora se llama Rothmans, llegando a fumar hasta los cigarrillos más baratos, cuyo sabor horrible no colmaba la experiencia enriquecedora del tabaco, pero sí las ansias, como los L&M, los Pall Mall, los Belmont y los Caribe. Aún siento el sabor acartonado cuando escribo sus nombres. Un amigo ex-fumador decía que «esos cigarrillos saben a aserrín de jaula de hámster», y a lo mejor sí, pero cuando el dinero escaseaba en noches en que el licor y los gastos diarios de transporte y comida no dejaban lugar para el placer y vicio, eran casi una bendición del cielo. 
    Así, y hasta ahora, se me ha ido la vida entre pucho y pucho, entre humo que se lleva el viento, entre días y noches de soledad o cálida compañía, en momentos felices, tristes, de angustiosa espera, de total calma, de quietud o de agitación. Es la compañía perfecta. Decía Sigmund Freud: «Fumar es indispensable si no se tiene a quién besar». Y Joaquín Sabina: «Escribir sin fumar es inhumano. Vivir sin fumar es inhumano». A cuántos artistas no ha acompañado a lo largo de la historia: escritores, músicos, poetas, pintores, cineastas. No es casualidad que hay una magia, un pacto secreto entre el tabaco y la inspiración. De repente, se está en el banco de un parque, contemplando la nada, y se saca un cigarrillo del bolsillo, y la mente comienza a maquinar grandes historias que, si bien algunas han sido contadas, otras se han apagado tan pronto se aplasta la colilla con la suela del zapato. Un paseo nocturno exhalando humo puede ser el nacimiento de una idea que cambie el mundo para siempre. Me he perdido incontables veces en disquisiciones tanto inútiles como verdaderamente apremiantes, y la llama de la inspiración se pierde ante la última calada. Es un ritual, es un signo, una marca indeleble de la personalidad: «¡Ay, qué pesar de Julio que se murió! y con lo bueno que era. Me acuerdo tanto de que siempre, después de almuerzo, se sentaba en su mecedora a seguirle los pasos a la gente que iba y venía por la calle, mientras tomaba un tinto y se fumaba un puchito. Pielroja, claro, eran sus favoritos. Los llevaba a donde fuera.». Cuántas conversaciones, amistades o hasta romances no han iniciado con un «disculpe, ¿tiene un cigarrillo que me regale?», «¿me podría prestar fuego, por favor?». En las fiestas y reuniones sociales, familiares o de trabajo presenta una excusa perfecta para abandonar conversaciones fútiles o poco estimulantes, y se encuentra uno ante su soledad en un balcón silencioso, acariciando cada momento y cada soplo de vida -o muerte-. Podría seguir discurriendo sobre diversos aspectos del tabaco, pero si el texto se extiende terminaría por aburrirlos a ustedes, lectores.
    Fumadores, fumadoras: estamos en extinción, les digo. Ya no estamos en los gloriosos sesentas ni setentas, donde se podía fumar en un restaurante, en un cine, incluso en un avión, y no habían malas miradas, o falsas y malintencionadas toses que disfrazan un 'lárguese a fumar a otro lado', solapado y tartufo. El rito muere lentamente, y con él los chamanes dueños del humo que aliviana el alma, que adormece los sentidos pero explota la mente. La censura, los buenos hábitos y la que yo llamo 'sociedad Fit' nos están castrando el placer mismo. Basta ver cómo mezquinamente han eliminado la publicidad de las marcas de tabaco de los automóviles de Fórmula 1. La Scuderia Ferrari Marlboro, ¿llegará a ser Ferrari Prozac?, o la West McLaren-Mercedes, ¿será Xanax McLaren-Mercedes? Porque, claro, son medicamentos, drogas igualmente legales, pero que se pasean a sus anchas entre los norteamericanos más que nadie, y quizás haciendo daños mucho peores. La sociedad y su frenético ritmo de vida las hacen necesarias para mantenerse adormecido y no ver al horror de frente cada vez que salimos a la calle. En fin.
    No animo a nadie a que lo pruebe, nunca he ofrecido un cigarrillo a quien no me lo pide, simplemente este es un texto salido de la experiencia, el placer, y, por qué no, el amor a algo que me ha acompañado casi una tercera parte de lo que llevo de vida. Si algún lector/a se identifica, bienvenidos sean a este club de exhaladores de humo, dejemos que nos embriague la inspiración y el placer de unos cuantos cigarros, acompañados de música, literatura, y buenos tragos. Y si en buena o mala hora me muero uno de estos días, háganme el favor de llevarme un cigarrillo a la tumba, para que me recuerden diciendo: «Marlboro rojo, su favorito». 






domingo, 28 de junio de 2020

Oda a «Los Fumadores»

Nicolás y Los Fumadores, la banda bogotana que me hizo volver los ojos a Colombia para apreciar el rock local.

Bogotá D.C., año 2018. Después del festival Estéreo Picnic, mi Twitter estaba invadido con un nombre: Mac DeMarco. No había asistido a su concierto porque no lo conocía, pero ante la inundación virtual decidí buscar al hombre en cuestión y me topé con canciones que, entre psicodélicas y oníricas como My Kind Of Woman, Passing Out Pieces y Ode To Viceroy, me engancharon a la primera escucha. Me emocionaba identificarme con un artista tan vigente, porque entre The Beatles y yo hay una cantidad de años, enmarcados en tres o más generaciones. Y así mismo con los Stones, Zeppelin, Sabbath, en fin, todo lo que escuchaba. Lo más moderno y actual que me gustaba eran The Strokes, Arctic Monkeys y Tame Impala. Pare de contar. Así que descubrir a Mac DeMarco fue recibir una bocanada de aire fresco, renovado, que aún hoy, a mitad del 2020, me acompaña a cada cigarrillo.

Después de escuchar su álbum 2 y Salad Days, apareció en la sección de recomendados un video titulado «Nicolás y Los Fumadores – Como pez en el hielo (álbum completo)». Su portada era igualmente onírica, alucinada, y su nombre me atrajo de inmediato: Los Fumadores. Había, entonces, otra referencia al acto de fumar y a los cigarrillos, que más que un vicio es un estilo de vida para mí. Esto no podía ser más sino el destino. Apenas comencé a oírlo, sentí conexión instantánea con sus guitarras y reconocí ese estilo tan Mac DeMarco que me fascinaba. Desde la presentación del disco -Primer Llamado-, empezó el viaje delirante en el que sigo metido con esta maravillosa banda, pero en ese momento escuchaba con atención para saber el instante en que me dejarían de gustar, para así poder seguir poniendo más canciones de DeMarco. Pero ese momento nunca llegó.

Paseo Submarino me dejó sin palabras, sin aliento. Una canción romántica que me gustaría dedicar, con el toque psicodélico y limpio de la guitarra de Nicolás Correa, la voz hipnótica y ensoñadora de Santiago «el Profe» García, acompañados por el bajo de Pipex y el ritmo de Juan Carlos Sánchez. «Y quizás podamos fumar […] te prometo que habrán cigarrillos […] te aseguro que vamos a fumar». Me Quiero Ir, tan  melancólica como yo, me aseguró la estadía en el disco. Yo pensaba «esta gente debe ser argentina, todas las bandas buenas de rock latino vienen de Argentina», y de inmediato añoré que vinieran al país. Ya me imaginaba en primera fila, cantando sus canciones como su más fiel seguidor. Así hasta que llegó Bailando Triste con su famoso verso «pagué veinte lucas, ¡veinte lucas!» y me sorprendió que, supuestamente en Argentina, dijeran «lucas» también, aunque no era del todo extraño: en Chile fue donde surgió el término, y de ahí a Argentina hay un paso.

Seguía encantado con el sonido que estaba escuchando, me identificaba con sus letras y quería más y más. Cada canción era un nuevo descubrimiento, un nuevo éxtasis, una fumada más al cigarrillo. Me estaba enganchando a su música. De repente, en Brisa dicen «ya llegamos a Melgar». Un momento, paren todo. ¿Me están diciendo que estos tipos son de acá de Colombia? Imposible, esto está muy bueno para ser colombiano, no lo creo. Abrí la pestaña descriptiva de YouTube y me encontré, al final de la lista de canciones y los nombres de los miembros, con:

«Grabado en Estudiolago, Bogotá; y en la vereda San Jorge, Zipaquirá.
©Los Fumadores 2018»

Una inmensa alegría me llenó el alma, sentía cómo me estremecía por dentro al saber que, la banda que en ese momento me tenía alucinado, era de mi propio país, y no sólo eso, ¡de mi propia ciudad! Era increíble que una música tan buena, de semejante calidad en melodía, de semejante calidad en letra, fuera de acá. En Bruce y Margaret mencionan «… y me dejó el TransMilenio». No lo podía creer, estaba atónito. De inmediato, los busqué y los seguí en todas las redes, esperando el primer toque, el primer evento donde se presentaran, para engrosar las filas de sus seguidores. Al finalizar el disco, me declaré fan absoluto. Ya no había vuelta atrás: era ahora un fumador más.

Los videos que había de ellos en la red, los vi todos de corrido esa misma noche. Al ver el poco –pero completamente devoto– público que en esos años tenían, me sentí en un momento histórico, y mi beatlemanía saltó a la vista, haciendo un símil de lo que estaba pasando en Bogotá con Los Fumadores, con lo que casi sesenta años atrás pasaba en Liverpool y en Inglaterra en general: una banda llenaba bares y pequeños venues en las noches, con acérrimos seguidores que cantaban sus canciones a todo pulmón, y el nombre de la banda, que corría de voz a voz, se iba haciendo más grande con cada presentación. Pero me faltaba estar ahí para verlo con mis propios ojos.

Un día, en Facebook, me llegó la notificación de un evento que podría interesarme, basado en mis últimas actividades en el mismo. Se llamaba «Vulgar Bogotá 2018», en Boogaloop, y entre sus toques programados estaban Nicolás y Los Fumadores. Había un link para comprar las boletas en preventa y no lo pensé dos veces, ingresé y pagué virtualmente y al correo me llegó la confirmación de la compra: era el segundo de todos los tiquetes que tenían a la venta. Estaba tan emocionado, no podía creer que iba a ver en vivo por primera vez a esa banda que desde mayo me hacía sentir tantas cosas y me había abierto los ojos a nuevas experiencias, y hasta ese diciembre se volverían tangibles ante mis sentidos. Me dediqué a buscar compañía para no bailar solo después de haber pagado veinte lucas, mostrándoles las canciones de ellos a mis amigos, a las mujeres con las que salía, a compañeros de la universidad con los que ocasionalmente compartía algunos ratos, a mi primo, pero nada. Si a algunos les gustaban las canciones, no tenían plata para ir; a los otros no les gustó para nada ni la música, ni las letras ni el nombre de la banda, entonces descartados totalmente.

Llegó el 20 de diciembre del 2018, día del evento, y no encontré a nadie para que fuera conmigo. Era la primera vez que salía enteramente solo a algo –aparte de ir a caminar por ahí ocasionalmente–, pero no dejé que eso se interpusiera con la felicidad, la ansiedad y la emoción que tenía, así que me arreglé y a las seis de la tarde salí hacia Chapinero, hacia Boogaloop. Me bajé en la sesenta y siete con trece, y al caminar unas cuadras encontré una cigarrería esquinera, repleta de gente de mi edad, comprando cerveza, cigarrillos y comida. Supuse que ahí era el lugar, aunque no veía dónde era la entrada. Me acerqué a la tienda, compré dos Póker y una cajetilla de Marlboro rojo, y me senté en una banca frente al edificio del Sena. De repente, vi que de una puerta pequeña salían cuatro muchachos con sus instrumentos en la espalda y se sentaron en unas escaleras: eran ellos, Los Fumadores, así que estaba en el lugar correcto. Las personas comenzaban a llegar y vi cómo varios de ellos estaban solos también, un alivio porque no sería el único sin compañía. Destapé una cerveza, la cajetilla de cigarrillos y di comienzo a mi noche. En esas, un muchacho se me acerca y me pregunta:

—Parce, qué pena, ¿dónde compró la pola?
—Ahí —le dije señalando hacia la cigarrería— donde está todo ese montón de gente.
Fue a la tienda, compró una Póker y regresó a donde yo estaba, pero se quedó de pie a unos dos metros, mientras miraba a su alrededor. Después de un rato, y a medida que llegaba gente a formarse en una fila para entrar, se dirigió a mí y me dijo:
—¿Vino solo al toque?
—Sí, mis amigos no conocen estas bandas, o si las escucharon alguna vez, no les gustaron—. Respondí.
—¡Yo igual! Le dije a una nena con la que estaba saliendo y me dijo que no los conocía, entonces que no le interesaba. Pero aun así vine.
—Claro, para mí tampoco fue impedimento. Yo vengo por Los Fumadores. Y usted?
—Yo vengo por ellos, por The Kitsch, por Árbol de Ojos y por Código Rojo— me respondió.
—Uy, por todos. Yo la verdad sólo conozco a Los Fumadores, pero voy a quedarme a verlos a todos.
—Hágale, son buenos. ¿Entramos?

Nos formamos, entregamos las boletas, y entramos a Boogaloop por esa pequeña puerta sobre la carrera trece, y como en Alicia en el País de las Maravillas, pasamos a un lugar mucho más grande que lo que la fachada nos hacía imaginar. Al entrar, escuché una canción de Tame Impala, con la que un DJ ambientaba mientras comenzaban las bandas a explotar el lugar con sus sonidos. Pedimos un whisky con cereza cada uno, coctel al que comúnmente llaman «El Padrino» y hablando de todo un poco, escuchando la música y esperando el toque, comenzó el show. Esa noche conocí a The Kitsch, cuyo sonido de garaje y surf rock me dejó atónito, además de la actitud de la banda en escena: todo un espectáculo digno de presenciar muchas veces en la vida. Cuando los escuché, sentí una energía como de los años 60’s, muy californiana y playera, y me parecieron el soundtrack perfecto para una película de Quentin Tarantino. Me encantaron y al día de hoy sigo escuchándolos y yendo a sus toques.

Era el turno de Nicolás y Los Fumadores. Me fui a la primera fila y canté todas las canciones desde el fondo de mi alma, comenzando con Triste Otra Vez –con la que abrieron– hasta Bailando Triste, donde en sus compases finales, Juan Carlos Sánchez, el baterista, agradecía por un 2018 lleno de éxitos cosechados por la banda, a raíz del lanzamiento de su primer álbum, y el reconocimiento cada vez mayor que tenían no sólo en Bogotá, sino en el país. Esa noche fue mágica. Eran tan buenos tocando en vivo, hasta llegaban a sonar mejor que en el estudio, con solos y arreglos más elaborados de Nicolás Correa, el guitarrista, y cambios de voces de Santiago «el Profe» García. Definitivamente eran tan talentosos como imaginaba y había quedado marcado por esa experiencia. Hoy puedo decir que esa noche conocí a mis Beatles, a los cuatro de Bogotá. La conexión que sentí con la banda, con su puesta en escena, con la personalidad de cada uno y con el público, fue única. Ver a todos corear junto a uno las mismas líricas, reír con alguna parte jocosa y gritar a todo pulmón –lo que nos quede a los fumadores– los momentos más efervescentes de las canciones es algo indescriptible, inigualable y que vale totalmente la pena repetir.

Me fui feliz de ahí. Feliz de haber estado en un concierto de ellos, feliz de comprobar que eran verdaderos artistas, feliz de sentir el doble de lo que ya sentía al escuchar sus canciones mientras caminaba o mientras iba en Transmilenio, feliz de saber que por fin, ¡por fin! había una banda bogotana de gente de mi edad, de gente que pasaba por lo mismo que yo, que describía episodios de mi vida cotidiana sin habérselos contado, que sonaban como yo quería. Ya no tenía que soñar con haber sido un joven inglés en los años 60’s para saber lo que era ver a una banda desde sus orígenes, hasta convertirse en lo más grande de ese país y del mundo. Ahora tenía, a escasos metros, a esas personas que podía admirar, seguir y disfrutar en cada presentación que hicieran, y verlos crecer hasta llenar escenarios grandes, como lo hicieron en el 2019 en el Festival Estéreo Picnic –donde también estuve en primera fila para verlos–, mismo donde justamente un año atrás había estado Mac DeMarco, su gran referente.

A partir de esa noche de diciembre en el 2018, me convertí en un portavoz de ellos, mostrándoles a cuantas personas conociera, su música. Mandé a hacer una camiseta negra con el logo del pez y el nombre «Nicolás y Los Fumadores» en letra blanca, y la usaba en cada toque de ellos y en el mismo Estéreo Picnic, donde Juanita Ortega, fotógrafa y amiga de la banda, me tomó una foto para mostrárselas. Aún no sé si lo hizo o no, pero esa fue la premisa con la que me abordó ese día. Cada toque, cada evento, cada vez que se presentan, asisto sin falta, con mi camiseta ya icónica. En el 2019, tuve una novia a la que le mostré su música y me acompañó siempre que pudo a los conciertos. Ahora es una fan más desde la distancia y el olvido.

En el momento en que escribo estas letras, Junio 28 de 2020, a las 4:33 am, ya Los Fumis, como les digo con cariño, han sacado tres singles más: El Verano que fue un éxito rotundo y que les ganó muchos más adeptos, La Pálida y La Gloria, su más reciente sencillo, y que a título personal, me parece la mejor canción que han sacado hasta ahora. Sigo escuchándolos con el mismo fervor de la primera vez, sigo gozándome sus conciertos como esa noche en Boogaloop, sigo compartiéndole su música a muchísima gente que nunca los ha oído o que más o menos ya reconocen el nombre de la banda. Seguiré pagando veinte lucas, así tenga que bailar solo. ¡VEINTE LUCAS!


sábado, 30 de mayo de 2020

Letra de 'La Gloria', de Nicolás y Los Fumadores

No sé cómo puedo yo esperar
que algo tan perfecto nos dure
toda la vida,
si un segundo de esto ya es
la eternidad,
ya es el cielo en la Tierra,
la Gloria.

No nos vayamos a estrellar
No nos vayamos a estrellar

No sé si será mucho pedir
que durmamos en cucharita
toda la vida,
quedarme en tu cuarto hasta la
eternidad.
Eres el cielo en la Tierra,
la Gloria.

No nos vayamos a estrellar
No nos vayamos a estrellar

(Hablado): Santifícame, sálvame
confórtame, consiénteme
esúchame, escóndeme
no permitas que me lleve el putas
y hazme llegar a ti.



sábado, 30 de marzo de 2019

Temor a las siete

Tenía miedo de entrar. La sola idea de tener que sincerarme conmigo y con el mundo me aterraba, así que cada vez que tenía la determinación de pararme de la cama e ir a paso firme, esta duraba un par de segundos hasta que me sumía de nuevo en el letargo. Nunca había sido así: a veces era por pereza, otras por pura negligencia, pero siempre terminaba yendo y salía renovado, distinto. Hace una semana salí con el mechón de cabello sobre la frente, hace tres días con el flequillo hacia la izquierda, y ayer con el peinado hacia atrás, dejando a la vista las incipientes entradas que trae la adultez temprana. Había días en los que me miraba al espejo y me encontraba bello, bien afeitado, con las patillas arregladas, el rostro jovial y juvenil. Había otros en los que odiaba aquella imagen y prefería pasar de largo para no reparar en un sinnumero de defectos que me dolían menos en conjunto que cuando los examinaba al detalle, por separado.

Esa mañana, después de veinte minutos de escuchar las primeras noticias en la radio y divagar con la ayuda de las figuras del techo de mi habitación, que dependiendo del estado de somnolencia o vigilia solían bailar y formar figuras entre sí, sentí que no podía engañarme más y debía enfrentar el hecho de entrar de nuevo. Pero no pude hacerlo al primer intento. Debí pasar primero a la cocina y prepararme un tinto en mi taza especial para café, de lo contrario sería un sacrilegio para con el grano. La significación que le damos a los objetos, el endiosamiento de lo concreto, la puesta en el pedestal de la materia: si no era en esa taza no sería en ninguna otra, así estaba escrito en el libro de mi ritual matutino. Cada sorbo me sacaba más del ensueño y me atornillaba al suelo de lo real. ¿Por qué tenía que ser así?, ¿por qué todos los días?

La purificación era necesaria, la expiación de mis pensamientos a punta de agua y jabón, el desdibujamiento de mi ser, pero ¿en realidad era mi ser? Podría ser mi verdadero ser el nuevo ser que se obtiene a partir de borrar el que uno cree que es el ser. El ser que ven los demás. Uno es por los demás, ¿no?, es decir que uno solo es lo que los demás le dicen a uno que es, lo que uno recoge de los otros. La construcción de la realidad se da a partir de todos pero también de nadie, porque cada quien aporta con una mano y borra con la otra. Carajo, me volvieron los soliloquios. ¿Entonces qué borra el agua y cómo salgo a enfrentar la realidad: con el ser que soy siempre que salgo o con el que vuelvo en la noche a la casa? Lo único seguro era que debía eliminar uno ya porque se me hacía tarde, «sincerarme conmigo y con el mundo», como bien lo puse en la primera línea. De ahí el miedo: de no saber cuál de los dos era el que debía caer por el sifón y perderse en el vacío de las aguas negras. Así que me acabé en dos sorbos lo que quedaba de café , me paré frente a la puerta, tomé aire, me quité la ropa y entré sin titubear. Iba a ser alguien nuevo otra vez, como cada mañana cuando salía de la ducha. 

viernes, 21 de diciembre de 2018

Letra de 'Verano' de Nicolás y Los Fumadores

Las matas se me están secando
y a mí también me tiene seco este calor,
yo no sé con qué apagar esta sed,
ya no hay aguapanela con limón
en el congelador.

La cara se me está quemando
no sé qué hice el bloqueador,
lo refundí,
ya llevo tanto a la intemperie,
ni una sombrita pa' sentarse por ahí.

Y yo que me quejaba
del frío bogotano,
hoy me estoy muriendo de verano,
hoy me estoy muriendo de verano.

Hasta las piedras se están derritiendo
y veo espejismos por la insolación,
ya no aguanto ni una noche más
metido aquí, durmiendo con ventilador.

(Hablado): Las matas se me están tostando,
la carne se me está quejando,
y si se fijan
tengo el corazón deshidratado,
la mirada seca, suplicante,
la carne sedienta y la sed picante.
A mi alrededor todo se hace polvo
menos yo,
yo ni un polvito,
yo a duras penas me derrito.

Y yo que me quejaba
del frío bogotano,
hoy me estoy muriendo de verano.

Y yo que me quejaba
del frío bogotano,
hoy me estoy muriendo de verano.

Muriendo de verano
Muriendo de verano





domingo, 2 de diciembre de 2018

La gente rota

Me gusta la gente rota, los melancólicos, los desalmados,
los que se sientan al borde del andén a llorar la vida en vasos de alcohol, 
a fumar la desesperanza, volverla humo que se pierde en el aire.

Me gusta la gente destrozada que se casó con el sinsentido del mundo,
que no espera nada de su existencia, pues nada es lo que se volverá
y no le dan vueltas al asunto.

Me gusta la gente sola que no le reza a un dios 
y camina bajo la lluvia con las manos en los bolsillos,
con la cabeza hacia al suelo y con los pies saltando charcos. 

Me gusta la gente que no es como la gente, 
los que no llevan una falsa sonrisa dibujada en el rostro,
los que pasan desapercibidos, los que esconden ideas, magia y poesía,
los que llevan arte y tristeza en las extrañas. 

Me gustan los que no buscan nada,
pues ya lo perdieron todo.

viernes, 2 de marzo de 2018

Cómo tomarse una cerveza

    En una noche de fin de semana, cuando las obligaciones se toman una licencia para escapar de nuestra mente; para celebrar un esperado reencuentro o la amistad cotidiana; en un día caluroso; en el sofá de la casa al compás de nuestra música favorita; en todos estos momentos y muchos más, una cerveza podría ser la mejor aliada.

    Es más efectiva para la sed que un vaso de agua, pero no es desabrida; más fría que el café, pero igualmente estimulante; menos contundente que un vodka, un ron o un buen whisky, pero con la misma función de desinhibirnos. Este néctar amargo presenta un punto medio entre todas las bebidas, es el justo equilibrio en un universo líquido y el catalizador social por excelencia. En este breve —pero preciso— manual encontrará el paso a paso, o mejor, el sorbo a sorbo que lo guiará hasta reunirlo con la catarsis que se ha propuesto antes de comenzar a tomar.

    Para empezar, debe haber surgido una situación que busque la presencia de una cerveza y un fin, una meta que se quiera alcanzar con la ayuda de la bebida. Puede ser que un amigo suyo ha propuesto tomar una para celebrar, para olvidar, para pasar un buen rato, para la sed; puede que usted quiera dedicarse un tiempo a sí mismo, estar a solas, o, por el contrario, no tenga más remedio ni compañía para su vacío que una pola.

    Con la situación y el propósito claros, elija el lugar donde sus deseos serán saciados. Así pues, puede ser su lugar de confianza —aquel donde los alcohólicos más entregados al acto son reconocidos por su asidua presencia y por sus gustos particulares—, o un lugar de paso: una tienda o un pequeño bar que se les presenta a los transeúntes más desprevenidos y que les alivia su dolor de vida. También su propia casa es una opción. Recuerde que este punto puede verse afectado en caso de haber hecho una elección de compañía, al gusto de cada seguidor de esta guía.

    Luego de tener elegido el sitio, diríjase allí y examine el lugar: ¿está muy lleno o muy vacío para su gusto?, ¿quiere una mesa cerca de la barra, en la terraza —si fuma*— o en el fondo del bar para  quiere hablarle a esa mujer de cabello castaño que está sola en la mesa frente a los baños, o quiere estar sólo y sumergirse en la música y en sus pensamientos, es de su agrado la música? Si todas las condiciones ambientales están dadas para su deleite, proceda a sentarse y a ordenar.

    Al recibir su cerveza, huélala, pero no más de veinte segundos, ya que su humor podría estropearla: recuerde que usted ha acudido a ella con un propósito, es su elixir de salvación -al menos temporal- y si se mezcla externamente con usted, todo el ritual habrá sido un fracaso. Luego de haberla olido, revise el contenido a contraluz para ver su patético reflejo, desfigurado por la espuma y las burbujas de la amarillenta misericordia, ¡es eso lo que queremos borrar a sorbos! Un pequeño y prístino chorro al suelo por las ánimas, el vaso a la boca y tras un brindis -en caso de haber optado por la compañía- y la palabra 'salud', fúndase en un sólo espíritu con la viva liquidez. Al primer sorbo, ud habrá empezado su cura.

    Tras ver su cristal ya menos lleno de cerveza, el líquido ingerido lo irá llevando cada vez más y más adentro de sus pensamientos y su inconsciente aflorará a cada trago que vaya tomando. En el segundo sorbo sentirá que es su momento, que nada ni nadie lo pueden hacer romper ese clima de perfecta omnipotencia. Al tercer traguete, sentirá el desorden de su vida, su visión de un futuro prometedor convertido en un presente monótono e incierto. La llegada del cuarto beso a su cerveza lo llevará a un momento del pasado, imborrable y ruin, en el que pensó que su vida estaba por fin resuelta junto a la mujer de sus sueños. Después del quinto usted pensará que ese recuerdo es tan perfecto que fue un idiota al no poder haberlo comprendido en su momento y que toda esa situación de imperturbabilidad y ensoñación no era algo normal que le pasara a usted o a las personas en general: algo raro le había jugado la vida, y le había dado la vuelta a la partida, después de la calma se avecinaba la tempestad y no al revés como popularmente se ha dicho. Sorbo largo y profundo de rabia, el sexto. Una vez 'bebido el recuerdo', mano en la quijada y ojos perdidos hacia algún punto del bar, será el primer momento de la noche en el que le preste atención a la música y con sus dedos en la mesa tamborilee un poco al compás de la pista. Tras varios segundos de pausa y silencio en la conversación y en la mente, en caso de estar acompañado agardecerá a la/s persona/s presente/s por su amistad y por la acogida a su discurso. Último sorbo que, aún no digerido completamente, sale un poco de su boca mientras en voz alta y un poco enredada pide la cuenta. El ritual ha finalizado.

    Llegado este momento, el ligero estado de ebriedad que la cerveza le ha proporcioando le será suficiente para estar aturdido un momento, antes de volver a sus quehaceres, a su monótona y rota vida, a su inexplicable e inútil existencia. Es por esto que la cerveza es la bebida más popular alrededor del globo: no nos deja pensar en cuán miserables somos, en cuán vacuo es nuestro paso por aquí, no nos cruza por la cabeza el sinsentido de la vida. Y en caso de que usted, lector, sea una excepción a esto dicho y por el contrario piense más en ello cuando está ebrio, pues a usted la famosa rubia también le tiene agarrado el pulso, y lo envuelve en sus nubes intoxicadas y le pinta un cielo prometedor, un mundo mejor y, cuanto menos, aguantable y pasable -cómo no- con unas cuantas gotas de licor. Y ya para finalizar: una 'pola', porque en estas líneas me agarró la desesperanza, si no es que a usted también. ¡Salud!









martes, 27 de junio de 2017

Veinte Años

    Tengo veinte años y un corazón roto. Veinte años y el alma agujereada, tanto que cuando el viento sopla siento el aire pasándome a través de ellos, como recordándome que aún debo llenarlos, ¿pero con qué? El denso y pesado humo de los Marlboro me dice que tantos cigarros tampoco podrán con tan vastas aperturas. Ni el anís del aguardiente, ni la música retumbante de una noche de fiesta, donde el abarrotado salón hace rebotar las ondas sonoras a su antojo y me golpean con todas sus fuerzas, me sacuden, me dicen con vehemencia que algo en mí está mal, pero que no me preocupe, que al menos durante las horas que pase allá estaré ajeno al dolor y a la miseria que rodean mi condición, que la música y el alcohol están ahí para reconfortarme banal y superfluamente, para hacerme sentir bien. Es una satisfacción efímera: va y viene como las olas que se agolpan en la playa. Es tan así que sólo me dura lo que los compases musicales tardan en viajar entre las gotas de lluvia que apenas se desprenden de los nubarrones en la madrugada bogotana, volando en el humo de los cigarrillos y entre sueños de aguardiente, que caen como agua al estanque. Esa noche logro olvidar. Pero al día siguiente no lo sé.

    Tengo veinte años, el alma agujereada y resaca. Me dirijo a la cocina y en medio de mi deshidratación acabo con el primer líquido que encuentro en la nevera: una botella con casi medio litro de jugo de naranja. Parece que la noche cumplió con su objetivo, ya que no recuerdo nada. Desempolvo mi tocadiscos y saco un vinilo negro con un círculo amarillo en el centro, donde un londinense ‘Parlophone’ asoma. La aguja tiene su primer contacto con el disco y entre los zumbidos iniciales se escuchan los instrumentos de la banda del Sargento Pimienta de los Beatles. ¡Cuánta magia allí contenida! Sellada entre cuatro scousers se encuentra la música de mi vida. Ella había dilucidado ese secreto y por eso, en un caluroso día de enero, ella me había regalado este disco recién salido de una tienda de Haight-Ashbury, en San Francisco. «Qué tiempos aquellos», pienso yo mientras rememoro esos días en los que era feliz junto a ella. El amor entre María del Mar y yo no era sólo un capricho juvenil, era un sinfín de cosas que nos unían de forma inexplicable, todo resumido bajo lo que nosotros gustábamos llamar ‘destino’, y nos besábamos al sentirnos afortunados de habernos encontrado en medio de un caos poblado de personas despreciables. Me gusta re-construir nuestra vida juntos al ver en cada rincón del corazón con ojos de viejo nostálgico.

    Tengo veinte años y una lágrima rodando por mi mejilla. También me gusta pensar que entre los surcos de este disco está ella, su voz, su olor, su mirada y su sonrisa. Comienza a llover y ya el disco va por ‘I’m fixing a hole’, curiosa coincidencia. Yo siempre digo que Bogotá cuando llueve es doblemente Bogotá. Es casi una epifanía que esa canción esté sonado en este momento del día, cuando el cielo se torna gris ante la estupefacta mirada de todos quienes presenciamos esa fulgurante mañana de hacía unas horas. 'I’m fixing a hole where the rain gets in, and stops my mind from wandering.’ No sólo me sorprende la extraña coincidencia entre la música y el cambio de clima, sino con este momento de mi vida, donde también la lluvia comienza a caer en los agujeros de mi alma.

Auto-ficción sobre el 16 de mayo de 1984 - Parte II final

  Martes, 01 de mayo de 1984      Día del trabajo pero día en que no se trabaja. Me levanté a eso de las ocho de la mañana y salí a recorrer...