lunes, 15 de marzo de 2021

Auto-ficción sobre el 16 de mayo de 1984 - Parte II final

 Martes, 01 de mayo de 1984

    Día del trabajo pero día en que no se trabaja. Me levanté a eso de las ocho de la mañana y salí a recorrer la Ciudad Universitaria aún con niebla de la madrugada que comenzaba a disiparse. Sobre el auditorio León de Greiff estaban los cuatro tradicionales pendones amarillos y rojos con los rostros de Marx, Engels y otras figuras. En algunas calles se veía a la gente externa a la universidad que usaba el campus para trotar y ejercitarse. Me compré un tinto y un cigarrillo y me senté en los escalones frente a la biblioteca, pensando en Simón y cómo había sido desalojado a las malas por todos los estudiantes enfurecidos que habían encontrado su libreta y su cámara. No podía creer lo estúpido que yo había sido al haberle descrito físicamente al profesor Castillo y con tanto detalle. Eso me hacía sentir culpable de su desaparición de cierto modo, era un error que no me perdonaría jamás.

    El día que Simón –a estas alturas ya ni creo que ese sea su verdadero nombre- fue descubierto como infiltrado no lo dejaron siquiera regresar a su habitación en las residencias estudiantiles. Cuando yo pasé por ahí la vi tal cual la había dejado esa mañana: limpia y arreglada. Al abrir su clóset estaba totalmente vacío, no dejó nada, lo que me hizo pensar que por supuesto él ya sabía que ese día debía irse de ahí. Nunca fue muy cercano a mí tanto como a Arturo Ortega, sin embargo, me sentí usado, traicionado, y por un momento pensé si había hablado cosas de mí a sus superiores. Aunque él sabía que yo no tenía ninguna filiación política particular, mucho menos militancia. En cambio Ortega y su simpatía por El Eme... Carajo.

Miércoles, 16 de mayo de 1984

     Fui a desayunar a la cafetería y en el camino de diez minutos que hay desde mi habitación hasta allá vi muchos graffitis en los muros que hablaban de la desaparición y tortura de un compañero estudiante, un tal Cucho Mariño. «Hoy volverá a haber tropel», pensé. En la Perola, frente a la cafetería, estaban reunidos más de cien estudiantes quienes hablaban de cómo se organizarían para la pedrea de la tarde, otros a un lado pintaban una bandera con el nombre de Mariño y agregaban que no olvidarían su crimen. Era evidente: un nuevo enfrentamiento con la policía. Pensé en Simón.

     En la tarde fui con Angélica, Jefferson, Pocahontas y Arturo a la portería de la Veintiséis para observar todo desde la comodidad del césped mientras nos tomábamos unas cervezas, porque las clases habían sido canceladas ese día. Me prendí un cigarrillo y no alcancé a darle ni dos caladas cuando se escuchó un bombazo durísimo hacia la calle y vi cómo la reja de la portería se desplomaba en medio de una humareda y policías caídos. Todos nos pusimos de pie de un salto, y mientras la policía reorganizaba su bloque de uniformados les vimos la ira en el rostro. Inmediatamente después y sin pensarlo, comenzaron a ingresar a la universidad en motocicletas de a dos policías: uno que conducía y otro que iba atrás cogiendo a los estudiantes que se les atravesaran en el camino, disparando a mansalva sin preocuparse por quien tenían delante. Fue una escena aterradora.

    Cuando miré a Angélica, ella tenía lágrimas de miedo y horror en sus ojos, y mis amigos estaban paralizados del miedo. Yo en ese momento no lo pensé, tomé a Angélica de la mano y echamos a correr lo más lejos posible de la puerta caída de la Veintiséis, sin rumbo, sólo esperando alejarnos. Cuando pasamos por las residencias femeninas, ella me pidió que me escondiera con ella allá arriba, y subimos. Las mujeres adentro del edificio corrían de un lado a otro, desesperadas, sin saber qué hacer, a dónde ir. Yo me encerré con Angélica en su habitación del cuarto piso. Se escuchaban disparos por doquier, gritos de la gente y el sonido de los motores de los vehículos policiales. Nunca nos hubiéramos imaginado semejante situación, todo estaba terriblemente mal. Me asomé discretamente por la ventana y vi cómo en los caminos y en las calles de la Ciudad Universitaria se esparcían los cuerpos, algunos malheridos y otros muertos, de estudiantes y profesores que iban siendo arrasados al paso demoledor de las motos de la policía.

Nos golpearon en la puerta. Con mucha cautela, la abrí lentamente para ver por una rendija quién era y se trataba de una estudiante muy asustada que nos decía: «¡Váyanse! El Ejército se está metiendo a la residencia y se están llevando gente. ¡Corran!». Salimos al pasillo y en efecto, por un ventanal que daba hacia la calle Veintiséis vi cómo todo un bloque del Ejército bajaba de un camión y entraban al trote a la universidad. Estábamos jodidos: los militares y la policía en el mismo lugar y con los ánimos convulsos y violentos eran una pésima combinación. Corrí a las escaleras y al asomarme hacia abajo, vi cómo unos soldados ya estaban alcanzando el segundo piso. Se escucharon ráfagas de metralleta y muchos gritos. Estábamos rodeados, era cuestión de tiempo para que alcanzaran el cuarto piso y nos dispararan o nos capturaran. El desespero era tal que algunas estudiantes comenzaron a arrojarse por los ventanales hacia el césped, la mayoría se partían las piernas al caer, otras echaban a correr en medio de una dolorosa cojera, y algunas otras ni se levantaban del suelo. Fue algo macabro. Angélica me tomó del brazo y dijo: «Nosotros ni locos», refiriéndose a saltar por las ventanas, así que se me ocurrió ir a escondernos en el cuarto del aseo. Cerramos la puerta y pusimos todo lo que pudimos contra ella: escobas, traperos, baldes con agua, sillas, incluso una mesa pequeña. El cuarto estaba totalmente oscuro y no me animé a averiguar dónde estaba el interruptor, ya que si los militares veían luz en el cuarto sabrían que estábamos allí.

Los disparos sonaban cada vez más duro hasta que escuchamos uno que nos reveló la angustia: ya estaban en el cuarto piso. El sonido de las botas pisando fuerte se acercaba a nosotros, pero siguieron de largo, hacia el final del pasillo donde todas las mujeres estaban agolpadas, huyéndole cada centímetro posible a las escaleras por donde el Ejército estaba subiendo. Una ráfaga tronó por todo el edificio y gritos ahogados tras de sí. De repente, escuché cómo intentaban forzar la puerta del cuarto de aseo donde nos escondíamos. Angélica abrió la boca aterrorizada y yo le puse mi mano encima para que no pudiera gritar, la abracé con fuerza y la acerqué a mí. Ella de los nervios comenzó a morderme la mano y en ese momento el dolor era algo que pasaba a formar parte de otro plano, lo importante era no ser encontrados y sobrevivir.

Tras varios intentos, la puerta se abrió de golpe y todo lo que habíamos puesto para trancarla salió a volar. Un soldado se asomó adentro del cuarto y gritó: «Aquí hay una parejita», y él tomó a Angélica y se la llevó mientras sollozaba y me miraba como un animalito que sabe que va al matadero. Después, otro soldado entró al cuarto y me tomó por el brazo. Vi cómo sus ojos se agrandaron y sentí una punzada en el pecho: era Simón. Lo reconocí, me reconoció, ninguno pronunció palabra. Cuando me sacó de ahí, eché un vistazo a la pared del final del pasillo, donde todas las mujeres se encontraban tumbadas en el suelo, algunas llorando, y en el muro manchas escarlata de sangre. Había soldados que iban y tomaban a alguna y se la llevaban, a otras les daban toques con las botas para comprobar si estaban vivas o muertas. Simón me llevó escaleras abajo y mientras iba mirando a mi alrededor para tratar de ver dónde tenían a Angélica, pero ni rastro de ella, todo cuanto pude observar eran cuerpos, no sabía si vivos o muertos, y mucha sangre en el suelo, en las paredes y en algunas puertas de los cuartos, muchos vidrios rotos y caos.

    El recorrido fue silencioso, ni Simón ni yo hablábamos, se sentía una gran tensión. En un punto cerca del estadio, Simón me miró a los ojos y me dijo: «Corra, váyase de aquí, no diga que yo lo dejé de ir» y se dio vuelta con rumbo a las residencias de nuevo. Salí corriendo hacia el barrio Pablo VI y llegué después hasta el parque Simón Bolívar y me perdí entre sus árboles. Me senté en el tronco de un árbol caído a limpiarme el sudor de la cara y encendí un cigarrillo. Mientras fumaba con aparente apacibilidad, sentí lágrimas resbalándose por mis mejillas. Era increíble haber salido vivo de semejante campo de batalla. Miré dentro de mi mochila y aún tenía un saco de lana que me puse encima para disimular mi aspecto y poder tratar de engañar a quienes me hubieran visto en la universidad y así no ser capturado. Pensaba en Angélica y en mis amigos, a quienes dejé de ver justo en el momento en que todo explotó. Ya estaba oscureciendo y no podía ir a la universidad, tuve que pasar la noche en ese parque, con frío, hambre y sobre todo miedo.



Jueves, 17 de mayo de 1984

     No dormí nada, no comí nada. Apenas el sol comenzó a asomarse por los cerros orientales me dirigí a la universidad a buscar a mis amigos y a Angélica. Apuré mi paso para aprovechar la neblina y la poca luz de la mañana para no dejarme ver e ingresé por la portería vehicular. No había portero porque la caseta de vigilancia estaba calcinada, y dos soldados que hacían la guardia estaban descansando bajo un árbol. El sigilo y la rapidez fueron mis aliados y me permitieron entrar. La Ciudad Blanca estaba desierta no sólo porque no había gente, sino porque los jardines se encontraban chamuscados, agrietados, áridos. No reconocía aquel lugar de alegrías y saberes, de libros y placeres, de amistades y amores, de tranquilidad absoluta, mi universidad ya no era la misma de un día atrás, sentí temor por primera vez en mi vida de estar en el campus.

     Pasando por el edificio de Medicina vi una pared que parecía pintada de sangre de arriba a abajo con brochazos gruesos y, al acercarme cada vez más, descubrí un gran hoyo cavado en el jardín con un montón de cuerpos adentro, algunos blancos de cal. En el fondo distinguí los rostros de Pocahontas y Jefferson, ¡mataron a mis amigos! No tuve tiempo de llorarlos porque enseguida escuché pasos y voces que decían cosas ininteligibles, así que me escondí tras un muro. Pasaron unos soldados llevando algunos muchachos y los pusieron con la frente contra el muro rojo. Más atrás, otro militar gritaba contento: «¡Esperen! Acá les traigo a uno del Eme», y arrastró a un joven que no tardé en identificar como a Arturo Ortega, aunque por otro lado estaba distintísimo: con los párpados morados e hinchados de la golpiza que le habían dado, con sangre en los labios y con la ropa medio roída y rasgada de tantas arrastradas a las que lo habían sometido. «Entonces el líder revolucionario va primero» y lo pusieron también con la frente contra la pared. Mientras lo giraban, él me vio y sonrió débilmente, luego cerró los ojos y sonaron tres disparos secos.

Sábado, 15 de mayo de 2004

     Volveré a la Universidad Nacional de Colombia, regresaré a mi Alma Máter. Apenas me comunicaron hace dos días por correo electrónico que querían tenerme en una conferencia en Bogotá para conmemorar los veinte años de la masacre, empaqué lo primero que se me ocurrió y salí ansioso y expectante al aeropuerto Heathrow de Londres. Eso sí, me aseguré de traer una copia de mi libro para leer algunos pasajes y revelar nuevos datos de las investigaciones que he estado realizando. Al final de la ponencia lo estarán vendiendo allí mismo a la salida del auditorio. Mi sueño de toda la vida cumplido: publicar un libro, aunque las historias que me llevaron a escribirlo me persiguen hasta el día de hoy y me llenan de profunda tristeza y nostalgia. Sin embargo, estoy lleno de valor y decidido a revelar los resultados que he encontrado tras años de búsqueda de la verdad sobre ese día, así como los nombres de los responsables tras los fatídicos acontecimientos, en honor a Angélica donde quiera que esté, en memoria a Jefferson, Pocahontas y Arturo, y a todos los compañeros y profesores desaparecidos y asesinados ese día.

 

Como acaba de leer, coronel Rangel, a partir de la sucesión de los hechos narrados en el diario, mi hipótesis es que el profesor Manrique fue asesinado por miembros del Ejército Nacional. Sabemos que el profesor ha estado exiliado en Inglaterra desde el año 1984 cuando ocurrió la masacre, y a partir de ahí no ha escatimado esfuerzos en investigar quiénes fueron los responsables de los asesinatos y las desapariciones de sus amigos y, en general, de los demás estudiantes, además de buscar arduamente dar con el paradero de la mujer Angélica. Desde esa fecha, el profesor Manrique no parecía ser amenaza alguna a los altos mandos de la fuerza pública ya que no tenía muchos datos sobre lo ocurrido. No obstante, cuando presentó su libro en la conferencia, mencionó con nombre propio al coronel Echandía y el alias de ‘Simón’ para el soldado infiltrado y, asimismo, responsabilizó a otros militares de las ejecuciones, de quienes recuerda los apellidos en sus uniformes.

No creo que sea simple casualidad que él aparezca muerto justamente un día después de provocar revuelo nacional y mediático al hacer la revelación de esos nombres tan contundentes en el escalafón de las fuerzas militares. Mi coronel dispondrá de esta información como le parezca. Hasta aquí el informe de la investigación del caso no. 655321 del dieciocho de mayo de 2004.    


Escrito por: Sebastián Mejía F.

07 de marzo de 2021

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