miércoles, 12 de abril de 2017

Primera Entrada

12:51, como la canción de The Strokes. Mi boca sabe a todos los cigarros que fumé la noche anterior, de todas las marcas, sabores y hasta olores. Muchos humos en una sóla cavidad. Muchos momentos y ahora no es sólo mi boca quien lo siente, también mi garganta. Es incómodo pasar saliva, me raspa, es como si ésta fuera una formación rocosa y el agua cae entre una y otra piedra hasta llegar abajo, hasta formar un charco. Sin embargo, no soy un fumador 'novato' o algo por el estilo; tampoco es el fin de estas letras. 12:57 a.m. y ahora, más que en otro momento del día, se me antoja una taza de café. En mi mug de The Beatles, un souvenir del amor, es donde tengo la receta para el café perfecto, o tinto como le llamamos comúnmente. Una cucharada de café, dos de azúcar.  Simple. Delicioso. Glorioso. La imagen mental del tinto hace que unas gotas de saliva se resbalen por mi garganta y no puedo más, necesito de ese elixir bendito. Me dirijo a la cocina y a unos tres pasos de llegar recuerdo una frase que me cala hasta lo más profundo de la conciencia y me detiene en seco. La oigo con la misma entonación y voz de la oradora -mi madre- quien siempre me recuerda lo mismo cada vez que voy a tomar café a altas horas de la madrugada: 'Si toma tinto a esta hora, después no duerme'. Me pongo a pensar. Será que preparo el café? Pues ya estoy aquí, es cuestión de minutos y saciaré mi más próximo deseo, hasta ahora. Pero, si lo hago, podré conciliar el sueño? Adoro estas encrucijadas, esta reflexión acerca de cosas que se alejan de ser trascendentales, que no cambiarán el destino de la humanidad pero que se me antojan apremiantes, quizás por ser una cuestión meramente subjetiva. Regreso al escritorio y encuentro el link de un blog. Lo abro. Sólo tiene dos columnas, dos 'entradas'. La primera es de bienvenida a los lectores, la segunda -escrita más de un año después que la anterior- es sobre la escritura, sobre el hábito, el oficio o la pasión, cualquier intento de definición con la que ustedes se identifiquen -quizás las tres-, y nuevamente me pongo a reflexionar sobre la escritura. Estos días he garabateado mucho en mi libreta, pero no adquiero nada concreto. He intentado hacer poesía para que luego un amigo le ponga música y de esa forma hacer nuestra primera incursión al mundo musical pragmático, es decir, a vivir la música pero no desde mi cómoda posición de melómano, sino haciéndola con las manos, con la voz, con las uñas, sintiendo lo que es tocar. Siempre quise ser un rockstar, historia de la cual hablaré en la segunda columna de este blog. Es más, pondré el título o un remedo de título para así poder acordarme que tengo una deuda con este espacio y es para hablar acerca de la música. Siempre me presento como un 'escritor en potencia', pero soy un escritor a la antigua, de lápiz y papel, de tinto y cigarro, incluso de máquina de escribir. Asimismo, soy un escritor reservado, escribo para mí y mis demonios, para mis miedos, para mis angustias, mis nostalgias y mis anhelos. Lo que me lleva a abrir este blog es una completa banalidad, un sinsentido -aparentemente- pero también una inmensa pasión. O quizás todas las anteriores o ninguna. En fin, simplemente estoy tratando de abrir mi ser, mi alma y mis pensamientos a otras personas. Quiero llevar mis letras y que la gente las abrace, las sienta, las saboree y se regocijen. O en el caso contrario, que las arrojen, las desprecien y las vituperen. Y como último sentido de esto: quiero que al ser leídas, la gente pueda expresar una opinión acerca de esto, del fondo y la forma, del arte, del sentimiento, del pensamiento, de la vida.

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