martes, 27 de junio de 2017

Veinte Años

    Tengo veinte años y un corazón roto. Veinte años y el alma agujereada, tanto que cuando el viento sopla siento el aire pasándome a través de ellos, como recordándome que aún debo llenarlos, ¿pero con qué? El denso y pesado humo de los Marlboro me dice que tantos cigarros tampoco podrán con tan vastas aperturas. Ni el anís del aguardiente, ni la música retumbante de una noche de fiesta, donde el abarrotado salón hace rebotar las ondas sonoras a su antojo y me golpean con todas sus fuerzas, me sacuden, me dicen con vehemencia que algo en mí está mal, pero que no me preocupe, que al menos durante las horas que pase allá estaré ajeno al dolor y a la miseria que rodean mi condición, que la música y el alcohol están ahí para reconfortarme banal y superfluamente, para hacerme sentir bien. Es una satisfacción efímera: va y viene como las olas que se agolpan en la playa. Es tan así que sólo me dura lo que los compases musicales tardan en viajar entre las gotas de lluvia que apenas se desprenden de los nubarrones en la madrugada bogotana, volando en el humo de los cigarrillos y entre sueños de aguardiente, que caen como agua al estanque. Esa noche logro olvidar. Pero al día siguiente no lo sé.

    Tengo veinte años, el alma agujereada y resaca. Me dirijo a la cocina y en medio de mi deshidratación acabo con el primer líquido que encuentro en la nevera: una botella con casi medio litro de jugo de naranja. Parece que la noche cumplió con su objetivo, ya que no recuerdo nada. Desempolvo mi tocadiscos y saco un vinilo negro con un círculo amarillo en el centro, donde un londinense ‘Parlophone’ asoma. La aguja tiene su primer contacto con el disco y entre los zumbidos iniciales se escuchan los instrumentos de la banda del Sargento Pimienta de los Beatles. ¡Cuánta magia allí contenida! Sellada entre cuatro scousers se encuentra la música de mi vida. Ella había dilucidado ese secreto y por eso, en un caluroso día de enero, ella me había regalado este disco recién salido de una tienda de Haight-Ashbury, en San Francisco. «Qué tiempos aquellos», pienso yo mientras rememoro esos días en los que era feliz junto a ella. El amor entre María del Mar y yo no era sólo un capricho juvenil, era un sinfín de cosas que nos unían de forma inexplicable, todo resumido bajo lo que nosotros gustábamos llamar ‘destino’, y nos besábamos al sentirnos afortunados de habernos encontrado en medio de un caos poblado de personas despreciables. Me gusta re-construir nuestra vida juntos al ver en cada rincón del corazón con ojos de viejo nostálgico.

    Tengo veinte años y una lágrima rodando por mi mejilla. También me gusta pensar que entre los surcos de este disco está ella, su voz, su olor, su mirada y su sonrisa. Comienza a llover y ya el disco va por ‘I’m fixing a hole’, curiosa coincidencia. Yo siempre digo que Bogotá cuando llueve es doblemente Bogotá. Es casi una epifanía que esa canción esté sonado en este momento del día, cuando el cielo se torna gris ante la estupefacta mirada de todos quienes presenciamos esa fulgurante mañana de hacía unas horas. 'I’m fixing a hole where the rain gets in, and stops my mind from wandering.’ No sólo me sorprende la extraña coincidencia entre la música y el cambio de clima, sino con este momento de mi vida, donde también la lluvia comienza a caer en los agujeros de mi alma.

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